Autohipnosis

Arte

Se dice que nos escuchan; que algoritmos silenciosos, invisibles porque habitan en lo que para nosotros es casi una dimensión paralela, contemplan todo lo que hacemos y lo anotan. Con ello trazan caminos que recorremos cual replicantes rebeldes, pensando que navegamos sin rumbo y que cada hallazgo es un premio que celebra nuestro espíritu aventurero, que el único laberinto está en nuestro cerebro y que la intuición nos guía. Creemos que no hay un destino y que el periplo lo hemos ido trazando nosotros, eligiendo en cada momento el siguiente sendero. Hasta que descubrimos que esa rara joya encontrada al azar y que se encuadra perfectamente en el tipo de cosas que últimamente nos han despertado curiosidad —eso tan personal, tan único— es un canal de Youtube que ven millones de personas. Y se rompe el encanto. Desaparece nuestra valoradísima humanidad y se revela que somos un muñeco, un robot, algo que alguien está soñando.

Por todo ello, quizá no tenga mucho sentido recomendar algo hacia lo que los entes que nos dirigen nos están llevando. En cualquier caso, podemos comentarlo. O, en este caso, sumarnos a los comentarios.

Las masas anónimas coinciden en que los vídeos de Baumgartner, un restaurador de Chicago, tienen algo de hipnótico. A medida que avanzan parece que van cobrando vida esas pinturas ajadas, oscurecidas, maltratadas. Emociona ver aparecer como por arte de magia los colores sepultados bajo un rancio barniz, seguir los metódicos pasos que invierten el sentido del tiempo y acompañar esa progresiva resurrección. De algún modo, por detrás de esa voz pausada que nos acuna nos está diciendo que, si se hace del modo adecuado, es posible revertir los estragos y regresar a los orígenes.

Es relativamente fácil descubrir, en alguno de esos desvíos que creemos voluntarios y arbitrarios, que Youtube tiene todo un arsenal de videos sobre restauraciones de pinturas, y que las realizadas en museos de prestigio son bastante más laboriosas y complejas que las que nos muestra Baumgartner. Las reproducciones, sin embargo, no son ni de lejos tan cautivadoras. En parte es porque la mayoría muestran apenas algunas fases del proceso, y en parte porque no nos transportan a un solitario taller para contemplar callados cómo trabaja sin descanso un ordenado y pulcro hombre delgado, que debe ser una pesadilla como compañero de piso, pero parece haber encontrado su propio nirvana en la artesanal tarea de limpiar cuadros.

CV

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