Pueden apuntar: empiezo a sentir que algunas series son como los buenos libros. Densidad en los personajes, secuencias de mínimos recursos, historias que importan por la forma en que están contadas. Esa vida que pasa. Rectify tiene ya ocho años y no había escuchado hablar de ella. Al empezar, no pude parar (como a la novela El Traductor, de Salvador Benesdra, que también terminé hoy) por la complejidad que atrapa sin darnos cuenta.
Lo primero que asocié al descubrirla fue The Wire: cuatro temporadas para profundizar con gestos imperceptibles lo que la vida hace con nosotros y nosotros con ella: cambiar. Ser otros siendo los mismos, modificados todo el tiempo y juzgados por las circunstancias.
La segunda pestaña de mi computadora empezando por la izquierda tenía meses. Hace uno me fijé qué había guardado, no tenía la menor idea. Se trataba de una nota donde mencionaban la serie. Algo debió haber llamado mi atención (no la suficiente para buscarla en ese momento, pero la mínima para no cerrar nunca la ventana). Dice Daniel Holden, el protagonista de este reparto coral, que Dios es una rana de la lluvia. La anoté para no olvidar que además de sutileza, la serie tiene tiene poesía. Interviene el misticismo, la sensualidad, la opresión y una atmósfera Lyncheana en más de un capítulo. Nadie me había hablado nunca de ella y no quiero cometer el mismo error con ustedes. Acabo de terminarla y sé que me va a costar mucho encontrar otra que despierte la misma admiración y agradecimiento (entra en el podio junto con The Wire y The Knick).
Marina Eleonora Rubio
