Cosas que se atesoran

Cine y Series, Libros

En el tiempo que transcurrió entre descubrir que Netflix había colgado La princesa prometida y encontrar un momento para verla pasaron varias cosas. La primera, notar ese golpecito que sale de dentro del pecho justo antes de identificar la nostalgia. Luego, sentir el miedo de estropear el recuerdo tratando de evocarlo, porque es innegable que casi todo lo grabado pierde cuando se ve treinta años después (aunque se haya tenido presente en conversaciones o —absolutamente recomendable— visitas a youtube para ver escenas dobladas en italiano). Un poco más tarde, recuperar una nota mental dejada en algún cajón del cerebro hace unos meses, tras leer la noticia de que el autor del libro había muerto. Ese autor firmó también los guiones de algunos de los clásicos de los setenta que protagonizaron Dustin Hoffman, Robert Redford y Paul Newman, con lo que obtuvo prestigio y algunos premios. Sin embargo, fue esta historia de Florín la que hizo que ganase un lugar en muchos corazones.

Como casi todos los adolescentes de la época, descubrí la película cuando empezaba a convertirse en una ‘obra de culto’. Es decir, no en el cine sino un par de años después, en esas sesiones de video que montábamos en las casas de los padres de unos u otros los fines de semana, previo paso por el videoclub y por la tienda de chucherías. Un mundo vintage. Por aquel entonces nos parecía ya que aquello era una película ‘antigua’, un clásico. Con aquella percepción del paso del tiempo tan propia de la edad —esos años que se hacen tan largos como los meses de invierno— descubrir otro par de años después que todo aquello venía de una novela fue mágico. Téngase presente el contexto: hablamos del mundo pre-Internet, en el que la información circulaba por otras vías, los libros se pedían en la biblioteca municipal o se encargaban en la librería, y cuando alguien se hacía con uno aquello pasaba de mano en mano hasta perder —en este caso— el dorado de las letras de la sobrecubierta.

Se dice que este es uno de los pocos casos en los que gustan por igual película y novela. En la novela no hay un niño impaciente al que su abuelo lee un cuento de princesas, piratas, espadachines y magos. Tampoco música de Mark Knopfler, acantilados irlandeses, escenas de esgrima a lo Errol Flynn o cameos de Colombo y Billy Cristal. La historia es más larga y más compleja, el tono es más irónico y el final es más abierto. En vez de una comedia que homenajea a los clásicos de aventuras pretendiendo parodiarlos, es un diálogo del autor con el lector en el que el primero está tratando de ‘sacar las partes buenas’ de una vieja crónica de un viejo país centroeuropeo. Tras una discusión con su editora, el autor decide eliminar un capítulo a condición de que los lectores puedan escribir a una dirección de Nueva York para pedir que se lo envíen. Nosotros escribimos esa carta, pero nunca nos respondieron.

CV