Las mariposas del alma

Varios

A veces me aparece de repente una nueva vocación, como si fuese un lunar, y me entristezco pensando en lo corta que es la vida y la poca facilidad que tengo para estirar las horas. Porque hacen falta muchas durante muchos años para aprender a tocar decentemente el piano, ser buen acuarelista o escribir ruso, pero algunas disciplinas requieren una dedicación que no soluciona ni el día de la marmota.

Desde hace unos meses a mis muchas vocaciones frustradas se ha sumado una nueva: la neurociencia. Podría haber sido tras observar los fascinantes dibujos de Ramón y Cajal que, a raíz de una exposición itinerante y de una publicación, han recibido bastante atención por parte de medios variados. O tras leer en sus escritos cosas tan deliciosas como esta:

¡Como el entomólogo a caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la substancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental!…

¿Cómo no querer dedicar más horas de las que tiene el día a una ciencia cuyo objetivo es esclarecer el secreto de la vida mental? ¿A quién no le gustaría seguir los pasos de alguien que llama ‘mariposas del alma’ a las neuronas piramidales (en la imagen superior su representación de una de ellas)?

Y, sin embargo, tampoco han sido estos poéticos propósitos los que han encendido en mi sala mental una linterna que apunta a la neurociencia, sino los últimos descubrimientos en relación con cómo funciona la memoria. De esas cosas que hacen que te plantees el ahora de un modo completamente diferente a como veías el ayer. De las que te hacen desear ser Punset por un día; es decir, alguien que escucha durante horas a neurocientistas mientras les hace todas las preguntas que se le ocurren (ver video al final de este post).

Para quien no esté al día en este tema, como me pasaba a mí hasta no hace mucho, lo que los investigadores vienen a decir es, básicamente, que la memoria no reproduce: reconstruye. Porque memorizar es un acto creativo. En vez de un arcón que atesora relatos en imágenes con frases exactas, lo que hay es una especie de almacén con información dispersa y fragmentaria con la que el cerebro arma un rompecabezas, siempre diferente, cuando recordamos. Se evoca, y al hacerlo se crea una versión lo más sólida posible de lo ocurrido.

Lo que más me sorprendente de todo ello son los paralelismos entre este proceso y el de construcción de las memorias colectivas. Porque esto revela que el cerebro (cada cerebro) hace lo mismo que las sociedades. Dicho en una sola frase, ambos crean nuevos relatos, cada vez que el pasado es evocado/reconstruido, asumiendo (o imponiendo) una versión única de lo que ocurrió en cada momento de un presente (vital o histórico) que es siempre autoexplicativo.

Ese ‘proceder’ es el axioma de la Historia oficial. De todas las Historias oficiales, y de todas las que pretenden serlo. También es algo que no siempre quieren entender los individuos cuando se aferran a una idea de identidad colectiva (y excluyente) inmutable. En parte porque se niegan a creer que esa idea es más reciente de lo que imaginan; que deriva de la invención decimonónica de las naciones, origen de las peores guerras que se recuerdan, pero también envueltas en un romanticismo que aún nos atrapa. En este tipo de cosas, dicho sea de paso, parece estar pensando últimamente Enric González, y leer sus pensamientos siempre merece la pena. Pero no nos dispersemos aún, que este post pretende conectar la neurociencia con la actualidad, y está a punto de llegar a ello.

Entendamos la actualidad como este presente que nos ha tocado vivir, y al que muchos comenzamos a asistir como espectadores aterrorizados. En dicho presente, tal y como yo lo veo, los americanos de Trump, los británicos del Brexit y un volumen espeluznante de colectivos, tanto en la América no estadounidense como en la nueva-vieja Europa (la península Ibérica es en esto, como en tantas otras cosas, paradigma y nota aparte), están canalizando todo lo que (casi) todos sufrimos —desde la corrupción política hasta el cambio climático (reconocido o no), pasando por la inflación, el precio de la vivienda, las migraciones, el desempleo, la desaparición de las pensiones, y un largo etcétera— hacia proyectos que prometen un imposible regreso a un pasado ficticio poblado por utópicas naciones soberanas amuralladas.

Frente a este panorama, me pregunto si los avances en neurociencia podrán llevarnos a un futuro en el que asumamos que tanto la identidad individual, que elaboramos en cada instante de nuestra existencia reconstruyendo recuerdos, como las colectivas que creamos o aceptamos, son efímeras y maleables; ergo, siempre recientes y cambiantes. La larga sombra del XIX sigue aquí, evidentemente; pero quizá el XXI pueda aportar algo más que la muerte de lo analógico. Como la autoconsciencia mundial de que vivir es dedicarse constantemente a reconstruir pasados plurales, siempre nuevos y nunca únicos, en presentes fugaces. Y la sensación de que eso es bueno. Porque, como dice una amiga, reinventar las vidas es lo mejor que existe.

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Universos paralelos

Varios

Se dice que una de las virtudes de los libros de Harry Potter es posibilitar el escapismo: asumiéndonos dóciles y predispuestos muggles, descubrimos de la mano de la narradora un mundo mágico al que se accede a través de andenes ocultos, puertas que abren calles y cartas entregadas por lechuzas. Luego vamos a Londres y vemos lugares como King’s Cross o Charing Cross Road con otros ojos, pensamos durante unos segundos que la magia existe y está en la literatura, sonreímos y seguimos con nuestra vida sintiéndonos un poco mejor; porque hemos recordado que, si la realidad se vuelve demasiado árida, siempre tendremos ventanas de escape.

A muchas de esas ventanas se llega hoy navegando por la red, y en una sencilla travesía se puede descubrir que J.K. Rowling eligió para ilustrar la última edición de Animales fantásticos a Olivia Lomenech Gill, una artista que vive en el norte de Inglaterra y se viste con ropas bretonas que hace ella misma. En su web pueden verse algunas de sus obras: dibujos y acuarelas en diferentes soportes, estampas a la antigua, esculturas de caballos. En Instagram, en donde apenas tiene mil y pico seguidores, comparte el día a día en una campiña idílica. Bocetos de animales, tartas caseras, ropa blanca en el jardín, flores de manzanilla, pan recién comprado, niños que juegan al fútbol, la luz entrando en un estudio de madera, … Una ventana por la que asomarse a un cotidiano bucólico, en el que las mayores preocupaciones se concentran en un huerto ecológico. Porque a veces no apetece escapar a Hogwarts sino a una de esas vidas alternativas que nunca nos decidimos a tener.

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Las ilusiones perdidas

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He empezado a pensar que, quizá, en mi generación hay un involuntario reflejo de las series de Matt Groening. Crecimos con Los Simpsons, una cruel sátira de algo que nos pillaba muy lejos (la clase trabajadora estadounidense) que normalizó (en España en horario infantil) reírse de todo desde un palco abstracto, alto y privilegiado. Adoramos Futurama, una oda a la nostalgia que convertía en vintage el pasado más reciente homenajeando a las sitcoms noventeras, y que pintaba un improbable futuro muy poco apetecible mientras idealizaba, aunque fuese parodiándolo, un presente placentero. Tras el sarcasmo y la autocomplacencia ha llegado (Des)encanto, animación ambientada en un cuento de hadas a la que le cuesta arrancar, pero que, según los expertos, a partir del capítulo 4 entretiene. Una princesa que no quiere serlo y un elfo al que le agobia la felicidad están en el centro de la trama, no se sabe si como dianas de las burlas o para que nos identifiquemos con ellos. Mi sospecha es que, en los tiempos que corren, probablemente para lo segundo.

Ya me explico, o lo intento.

Parto de la premisa de que la mayor parte de mis amigos tiene más o menos mi edad, nació dentro de eso que suele llamarse “una familia de clase media”, fue a la universidad y ha desempeñado trabajos muy diversos, muchos de ellos condicionados por la necesidad de poseer determinadas competencias. Hablo de un grupo formado por personas de diferentes países, con distintos niveles económicos, estudios, lenguas, profesiones, sexos, géneros, situaciones familiares, estados civiles, apariencias físicas, saludes, gustos, aficiones. Lo que caracteriza a este crisol es que casi todos comparten —y yo con ellos— dos fantasmas que acechan de un modo constante: la precariedad y el fracaso.

La primera no siempre se palpa, pero su presencia amenazante alimenta el miedo a perder un sueldo que cubre poco más que las facturas y empuja a aceptar encargos mal pagados, muchos casi ad honorem. El segundo es una especie de sabor amargo que se acentúa al pensar en las expectativas creadas en la infancia, cuando te preguntaban qué querías ser de mayor y te venían a la mente mil cosas; en la adolescencia, cuando las hormonas te volvían impaciente y veías el futuro como un oasis de libertad; a los veinte, cuando llegar a fin de mes era todo lo que necesitabas, porque estabas en una fase de exploración y pensabas que con el tiempo acabarías por amortizar las penurias.

El tema es conocido y el vocabulario con el que se aborda muy amplio: ansiedad, frustración, pereza, procrastinación, victimismo, … Llama la atención que en él abundan los términos que empiezan con d: dejadez, desazón, desencanto, desengaño, desidia, desilusión, … Utilizarlos no siempre garantiza que el texto materialice en palabras lo que se siente. Aquí dejo el enlace a un breve ensayo que creo que lo consigue, en parte; pero que me ha dejado una duda: ¿lo que queremos es ascender socialmente, para sentirnos realizados y privilegiados, o que no haya clases, ni privilegios, ni oportunidades, sino un mundo en el que todos vivimos mejor? En otras palabras, ¿somos trepas frustrados o idealistas decepcionados? ¿princesas sin corona o inconformistas desterrados? Sospecho que, quizá, las dos cosas a la vez. Y también que en el camino hemos perdido algo que, tal vez inconscientemente, estamos echando de menos: ver los cuentos, y la vida, con un poco, al menos un poco, de romanticismo. ¿Deberíamos, quizá, hacernos un Interrail? Confieso que este texto me ha llevado a planteármelo.

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Dinoflagelados

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Hay quien ve en el ¡Hola! una entrega semanal de pequeños episodios de novelas protagonizadas por personajes variados, de escaso o nulo interés, que simplemente entretiene. A mí me gusta del ¡Hola! que mantenga, con relativa regularidad, secciones fijas medio anticuadas. Es algo que me tranquiliza, como esas imágenes de movimientos perpetuos. Una de esas secciones es “Mundo singular”. Y, revelando que no todo en el ¡Hola! es banal, fue en “Mundo singular” en donde descubrí la existencia de la cleptoplastia.

La ciencia define la cleptoplastia como una endosimbiosis que consiste en la asimilación de plastos por parte de aquellos organismos que no los poseen con el objeto de aprovechar su capacidad autótrofa. Dicho con otras palabras, es una asociación en la que un organismo habita en otro, uno tiene plastos y el otro no, y el segundo asimila los plastos del primero. Los plastos sirven para sintetizar sustancias esenciales a partir de sustancias inorgánicas, como el dióxido de carbono o la luz solar. Por tanto, quien consigue hacerse con los plastos de otro y asimilarlos puede comenzar a generar sus propios alimentos. Es lo que se conoce como ser autótrofo, y parece que va mucho más allá de tener un huerto en el balcón.

Desde que sé que hay cleptoplastas quiero ser uno de ellos. Digamos que me han traído esperanza, porque veía la fotosíntesis como un sueño imposible y ahora es tan solo un sueño muy lejano. Sin embargo, parece complicado. Si lo he entendido bien, la cosa consiste en comer algas reservando los cloroplastos, cosa que no sé muy bien cómo se hace, o cómo se le dice al cuerpo que lo haga. Además, con ello uno se coloca en el nivel trófico primario de la cadena alimentaria, con todo el peligro que ello conlleva.

Un problema no menor es que los cleptoplastas conocidos no parecen, de entrada, el tipo de seres con los que apetece socializar. Unas babosas marinas, unos microorganismos unicelulares que giran, … Nadie, pensé, con pinta de tener buena conversación. O eso creía, hasta que vi a estos dos dinoflagelados dorados y me quedé hipnotizada, elucubrando sobre el sentido de sus extraños movimientos e imaginando qué se estarán contando. Algo parecido a cuando, hojeando el ¡Hola!, te detienes en las fotos de la familia real sueca. La diferencia es que esas fotos nunca las ves dos veces, pero los videos de los dinoflagelados son una especie de remanso de paz al que puedes acudir, vía net, cada vez que quieres relajarte. O ejercer de cotilla.

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Vacaciones en el sur de Encélado

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En estos tiempos tan raros —en los que no sabemos hacia dónde vamos, pero parece haber referencias para todo— la NASA ha lanzado una colección de quince pósteres llamada Visions of the Future en la que se fantasea con la idea de pasar las vacaciones en lugares tan improbables como un observatorio sobre Venus, el pequeño Ceres, una Europa bajo hielo o el exoplaneta Kepler-16b. Aunque los creadores se inspiraron en las imágenes diseñadas por el gobierno estadounidense para anunciar los parques nacionales durante la Gran Depresión, la estética también recuerda a la de la ciencia-ficción de los cincuenta y los sesenta; y son tan bonitos que merece la pena darse una vuelta por la galería, se fantasee o no con vacaciones en o fuera de la Tierra.

El que aparece al inicio de este post es mi favorito y promociona una visita al sur de Encélado, la luna de Saturno. En la imagen se representan las llamadas “plumas” del hemisferio sur del satélite, una especie de géiseres que emanan de depósitos de agua líquida y que llegan a alcanzar más de cien quilómetros de longitud. La sonda Cassini confirmó que ese vapor de agua es el que genera el anillo E de Saturno, y también que existe un océano subsuperficial en Encélado. Este océano, las fuentes hidrotermales y la presencia de hidrógeno en el vapor han llevado a los científicos a pensar que podría haber enceladianos. De existir, quizá se trate apenas de microbios; pero no dejarían de ser vecinos en el Sistema. Los que ya casi no tenemos vecinos gracias a Airbnb acogemos con alegría la idea.

Para profundizar más allá de lo (mucho) que dice Wikipedia sobre Encélado, o bien para acompañar los pasos que siguió la sonda Cassini —una verdadera millennial, con Twitter, Facebook y demás—, puede echarse la tarde en la página de la NASA.  

Los pósteres de la colección Visions of the Future decoran las paredes de una habitación en Legión, una serie de FX basada en unos cómics de Marvel que me tiene fascinada. Pueden verse y descargarse —y después imprimirse y compartirse— en https://www.jpl.nasa.gov/visions-of-the-future/

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