Aprendimos a pensar con más tiempo, a dudar de lo aprendido, de las frases hechas, del pudor que las equivocaciones nos provocan de noche, y en la cama. Yo también me movía incómoda, en mi adolescencia, cuando escuchaba la palabra feminismo. Todavía no entendía por qué lo personal es político; y, aunque quería (y quiero) cambiar el mundo, no había aprendido a cambiarme a mí misma. Era (y soy) una mujer fuerte. La indiferencia con que fui criada (no todo es amor) fortaleció mi sistema de supervivencia. Así es cómo asociaba la lucha feminista (tan mal entendida por mí durante esos ochenta en mi Rosario natal) con un reclamo de igualdad. Y decía (y digo) ‘no somos iguales, exigimos los mismos derechos’. (Ahora, además, veo también el peso del patriarcado en el hombre, en la esclavitud de esa fortaleza constante, de ese poder muchas veces no optativo). Hoy, estrenando otoño (o primavera) nada detiene el dorado constante en las hojas verdes de ayer (o el verdor repentino, en lo muerto hasta antes de ayer).
Todos los que vivimos el llamado ‘escándalo’ de la separación entre Woody Allen y Mia Farrow podemos repetir como la tabla del dos la versión de Allen sobre la denuncia de abuso contra su hija Dylan: una estrategia de Farrow para desacreditarlo por despecho sufrido (Woody, en pareja con Mia por más de doce años, confirmaba un vínculo sexual con una de las hijas de Mia, Soon Yi). Lectura simple (fácil, diría Cristina Morales) a los tiempos que corrían.
Pasó tanta agua sobre el río Kwai que ya podemos pensarlo de vuelta. Debemos pensarlo de vuelta. Como a todas las frases hechas y a las canciones viejas (no todas), como a los juegos y al color y forma de la ropa para nenes y para nenas de la infancia que nos formó. Para aprender a no repetir, animarnos a ver y a pensar si fuimos idiotas felices mirando películas sucias.
Ahora que todo entró en revisión de la mano de las series, seamos bienvenidos al otro lado de la historia.
No conozco en profundidad la obra y el pensamiento de John Berger. Más aún, puedo decir que aún no he leído ninguno de sus libros.
Sin embargo, me pasa una cosa curiosa: cada vez que tuve ocasión de leer alguna cosa suya -por lo general artículos o ensayos breves, aunque también algunas reflexiones en forma de párrafos reproducidos por algún amigo- me ha resultado decididamente vivificante, como un shock de inteligencia y potencia vital . No puedo decir esto de mucha gente, más bien tendría que hacer magia para decir algún otro pensador similar.
Es por ello que no resultó un esfuerzo ponerme a ver un documental suyo, máxime si lleva como nombre «El Arte de ver» y está hecho por la BBC. Bueno, quizás aquí se da una situación similar con los documentales de la BBS: tienen una factura tal que pocas veces he acabado decepcionado luego de ver alguno.
El documental de marras es una pieza sencilla, que no trata de mostrar toda la vida de JB sino su forma de ver y su relación con las imágenes, lo que le permite estructurar la narración de manera muy certera y construir un repaso muy creativo sobre el pensamiento de Berger. Así, pueden pasar por la película tanto sus colaboradores más cercanos, como su traductor, así como sus dos hijos. Una maravilla que os recomiendo.
Este artículo fue escrito en marzo de 2019 para el sitio indiecinema.es, habida cuenta nuestra -la de la gente del sitio y la mía- admiración por Errol Morris y nuestra ansiedad por el hecho de que su último documental –American Dharma– aún no tenía fecha de estreno. Al día de hoy (07.11.2020) tampoco la tiene pero si es noticia el personaje a que hace referencia la cinta –Steve Bannon– ya que su cuenta en Twitter fue suspendida porque en un vídeo pidió que el Dr. Anthony Fauci y el Director del FBI, Christopher Wray, debían ser decapitados y expuestos en una pica públicamente.
En la actualidad hay dos cuestiones que están generando todo tipo de controversias en boca de periodistas, políticos y opinólogos en general: las llamadas Fake News y la irrupción de nuevos partidos llamados de derecha populista. Esas cuestiones están marcando la agenda mediática y quizás no pueda explicarse lo segundo sin el uso destacado de las primeras.
Steve Bannon es el principal ideólogo de esa nueva derecha en Estados Unidos – llamada alt right – y probablemente el mayor responsable de haber logrado lo que parecía imposible: llevar a Trump a la presidencia del “gran país del norte”. Con un uso magistral de las redes sociales y su articulación con la parte más conservadora del aparato mediático, Bannon es considerado el alma mater de este movimiento, que tiene su reflejo en todo el mundo, desde Europa a Latinoamérica.
De ahí que entrevistar quien se considera el cerebro maquiavélico de la derechización del mundo haya generado tanto expectativas como rechazo en muchos sectores. El culpable de ello es Errol Morris.
Para quien no conozca al susodicho y su trayectoria, aquí unas líneas de su extensa bio. Nacido en un pueblo de New York en 1948, Morris es un director de documentales que combina magistralmente una alta carga de dosis política con una estética que articula los mejores recursos del cine. Su filmografía se extiende por más de cuatro décadas, pero ganó cierta fama cuando a raíz de la investigación para su documental “The Thin Blue Line” (1988), sobre el Corredor de la Muerte en USA, un reo se salvó de morir al demostrarse su inocencia. Su consagración definitiva le llegó al recibir el Oscar por el documental “The Fog Of The War” (2003), un descomunal retrato del ex Secretario de Defensa de Nixon durante Vietnam: Robert McNamara. Además de realizar otro documental impresionante sobre Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa de Bush (h) y artífice de la Guerra de Irak –“The Unknown Known” (2013)-, su carrera está salpicada por la realización de comerciales y otros trabajos por encargo (a los que volveremos en algún otro momento) como las series realizadas para la cadena ESPN o para el NYT.
La entrevista (o las, porque se trata de varias) de marras se plasmó en el documental “American Dharma”, que se estrenó el año pasado en Venecia -causando la misma conmoción que todas sus últimas producciones- y que sufre la extraña paradoja de no tener distribución seis meses después de su estreno.
Esta situación, unida a la actualidad y espesor del personaje[i]-quien además se declara admirador del cineasta- y las críticas de algunos sectores que reprochan cierta “blandura” del documental en el trato hacia Bannon, han motivado una proliferación de artículos que intentaré resumir para situar el caso y –objetivo oculto- poner mi granito de arena para que esa distribución se concrete.
Me centraré en cuatro de esos artículos, por la importancia de los medios que los contienen y por la diversidad de opiniones que vierten. Ellos son: “Five Misconceptions of Errol Morris’sAmerican Dharmaand Why It’s Still Without Distribution”[ii], publicado el 05.12.2018 en Filmmaker Magazine; “American Dharma’ Review: Errol Morris’ Steve Bannon Documentary Is the Most Disturbing Movie of the Year — Venice”[iii], apareció en Indie Wire el 05.09.2018; “’American Dharma’ Reviewed: Errol Morris Lets Steve Bannon Off the Hook”[iv], publicado el 01.10.2018 en The New Yorker; y “Errol Morris Defends Decision to Make Steve Bannon Documentary”[v], escrito para Variety el 5.09.2018.
Imagen de izquierdaweb.com
El primero de ellos, de Anthony Kaufman, intenta buscar el porqué de la falta de distribución del documental en cinco malentendidos que podría haber alrededor de la película de Morris, a saber: uno, negando que sea parte de una trilogía –lo que “rebajaría” su interés- junto a los retratos de McNamara y Rumsfeld que cito más arriba, ya que no le asigna la misma importancia a Bannon que aquellos otros dos ex Secretarios de Defensa; dos, rebatiendo que la cinta tuviera malas críticas, en especial por ser “demasiado blanda” con el personaje, de las que cita solo un crítico importante (veremos que entre las críticas también está la de The New Yorker) versus una mayoría favorable al documental; tres, el autor no cree que Morris dejara a Bannon “libre de culpa”, señalando que la forma de Morris de desarmar los argumentos de Bannon son siempre sutiles y con armas muy propias del cine -«¿Iba a hacer más feliz a la gente si le pegaba con un ladrillo?», bromeó el director en otra entrevista-; cuatro, ligado al punto anterior, Kauffman desmonta la idea de que los distribuidores no quieren American Dharma porque “no persigue a Bannon de forma más firme”, afirmando que esa severidad no es muy comercial hoy en día, en especial en el público de Morris; y cinco, el artículo rebate la idea de que el documental haya perdido vigencia, afirmando que el mismo es “es –y no es- un placer político” gracias a los debates cinéfilos atemporales entre Morris y Bannon, y las (a veces increíbles) interpretaciones de este de algunos filmes clásicos.
El artículo Indiewire fue firmado por Eric Kohn y se centra en ver cómo hace Morris para desmontar todas y cada una de las perversas argumentaciones de su oponente. Así, Kohn llega a la conclusión de que es la película “más perturbadora del año” porque, a pesar de considerar que Morris sale vencedor en la mayoría de las batallas, también cree que hay cuestiones donde las argumentaciones de Bannon no triunfan, pero quedan sin una respuesta contundente. Pone como ejemplo de esto la visión supremacista del entrevistado, a raíz de los incidentes de Charlottesville, donde un grupo racista blanco atacó violentamente una manifestación con gente mayoritariamente de color. Además, el artículo destaca el esfuerzo de Morris por buscar el trasfondo filosófico del pensamiento bannoniano y rebatirlo en ese mismo terreno, como cuando hablan del personaje Falstaff de Shakespeare – asimilándolo a Bannon y su devoción por Trump – cuando el personaje del escritor inglés ayuda primero y luego se siente traicionado por Enrique IV. El artículo enumera algunos méritos cinematográficos del documental, para luego cerrar remarcando la necesidad de pensar lo que está pasando en la situación política a partir de esta película, pero preguntándose si habrá mucha gente dispuesta a pagar el precio de pasar 90 minutos con un personaje tan tóxico.
El tercer artículo, escrito por Richard Brody, se muestra particularmente crítico con Morris, señalando que a pesar de sus buenas intenciones el desafío de Morris termina siendo inconsistente en su enfrentamiento con Bannon. El autor de la nota describe cómo el personaje utiliza el cine clásico hollywoodense (y en especial la película “Twelve O’Clock High”, de 1949) para estructurar su idea del mito americano –principalmente encarnado por hombres blancos, con carácter y sin miedo- y le reprocha a Morris el hecho de no contra argumentar mostrando otros ideales americanos que también proporciona el cine, como el “activismo de los derechos civiles”, o la misoginia, la persecución de personas de color o el antisemitismo de la política sostenida por Bannon. Y si bien le otorga a Morris ciertos aciertos confrontacionales con el personaje, como cuando habla del “Bannon bueno” y el “Bannon malo” para arrinconarlo, el articulista rechaza el entorno filosófico de muchas respuestas del director y finaliza señalando que la película es “un fracaso estético”, marcando que “aunque Morris es un analista reflexivo de la práctica documental, aquí sus métodos se pierden en sus intenciones” y “se hunde en el mismo lodo que dio lugar a los actuales atropellos políticos a la ley y la decencia que él mismo teme y desprecia”.
En el último artículo, escrito por Leo Barraclough, el periodista se centra en la defensa que hace el propio Morris de su trabajo al realizar este documental, justificándose en las “cosas perturbadoras” que están ocurriendo en Estados Unidos y en el mundo, y la “necesidad de entender mejor lo que están sucediendo”. El cineasta afirma que no podía quedarse callado ante este tema tan espinoso y que ha intentado “explorar la naturaleza de lo que [Bannon] llama populismo nacional, lo que significa, lo que significa para el mundo, lo que significa para mi país es absolutamente esencial». Morris concluye que con la cinta había conseguido hacer “algo diferente”, explorando el tema de una manera “más profunda e interesante”.
A modo de cierre, agregar que muchos de estos mismos debates han acompañado a Morris en sus películas, en especial desde «The Fog Of The War». Aquí la diferencia radicaría en que todas las críticas y alabanzas a su trabajo se ve amplificadas, probablemente porque -tanto en esta como en la que entrevista a Rumsfeld- se trataba de personajes que ya había salido de la vida pública y su peso en la misma era muy relativo, mientras que en el caso de Bannon se trata de alguien de mucho peso en la actualidad política y en el marco de una situación en la que muchos opinan que se está produciendo un cambio de paradigma a otro más inquietante y desesperanzador.
Claro que, en mi caso, se trata nada más que de meras especulaciones fruto de la ansiedad de no saber cuándo podremos ver “American Dharma” en España. Cualquier sugerencia será bien recibida.
[i] Bannon acaba de realizar un periplo por Europa con la idea de forjar un movimiento en alianza con los partidos emergentes que representan esa idea de “nueva derecha” en el viejo continente, como Salvino en Italia, Le Pen en Francia el mismo Vox en España (ver https://elpais.com/politica/2018/12/04/actualidad/1543949909_697562.html).
Retrato más bien de cierta dulzura anómala. O de la compasión que viene, pues Todd Philips, en esta película que no deja indiferente a nadie, habla ante todo del sufrimiento del ser humano, un tormento del perdedor que podría ser cualquiera de nosotros. Cuando el protagonista vacía la nevera y se mete dentro, después de un sinfín de humillaciones, está indicando que quiere retirarse de la presión incansable de este orden social que llamamos piadosamente capitalismo, como si fuera solo un régimen de economía ajeno a nuestra alma. En realidad, ¿quién no ha sentido la urgencia de esconderse, tal vez para siempre, de un régimen social omnipresente, temible como pocos?
Lo que no vale la pena es pararse otra vez en la «impresionante actuación» de J. Phoenix, que las ha tenido tan buenas o mejores (¿nadie ha visto María Magdalena?). Tampoco tiene mucho sentido volver a insistir en la magnífica «paleta de colores» y el uso calibrado de la banda sonora. Todo eso es cierto, pero se ha repetido cien veces, ya forma parte de los tópicos y es lo más estándar de la película. Como tampoco es estimulante volver otra vez sobre las comparaciones, sea con Taxidriver, con anteriores trabajos de Todd Philips u otras versiones de Joker, sean las de Heath Ledger o las de Jack Nicholson.
«No sé por qué todos han de ser tan groseros» -dice Arthur- hablando de sí mismo y de la gente rara como él. Corazón torturado, alma melancólica. Desde su tragicomedia, Arthur consigue por fin pensar y encadenar actos medidos. La cadencia es lo que hace a esta película, un uso combinado de los tiempos del suspense, la acción, la introspección, la parálisis y la reflexión que hace al film un poco magnético, aunque siempre haya quien se queje de que el resultado es demasiado lento y haya de dividirlo en partes, que gustan más o menos. Sea como sea, la música de Joker está antes en la cadencia temporal de la narración, y su fluida concatenación de escenas, que en el registro sonoro. Sin que sea tampoco una obra de arte que parte en dos la historia del cine (en este punto nuestro aburrimiento doméstico puede hacer estragos), lo que hace tan apreciable Joker es otra cosa. Se puede ir a ver como un cómic más de superhéroes (otra vez el satanizado símbolo de los oprimidos frente al aristocrático Batman) y se encuentra uno con la estupenda hechura de un realismo sucio que nos recuerda, y esto no ocurre tantas veces, en qué mundo real vivimos, bajo las pantallas policromadas que nos entretienen.
La primera virtud de este trabajo de Philips es un primer plano de cómo sufre la gente común, tras el espectáculo de la radiante America. Una incursión bruta en lo real, que ningún maquillaje puede ocultar. Arthur no pertenece ni se adhiere a ninguna de las minorías mimadas por un sistema que maltrata a la mayoría no reconocida de la humanidad. Blanco, joven, heterosexual, Arthur Fleck (no lo imaginamos ilusionado ni con Obama ni con Trump) sufre un trastorno mental que es sistemáticamente desatendido e injuriado por todo el espectro social que le rodea, estado y sociedad civil incluidas. Y maltratado también por una juventud despiadada y unos comunicadores (la estrella mediática que encarna Robert De Niro) que no hacen más que, tal moscas en la carne, parasitar la desgracia ajena. No solo no queda ya ni rastro del sueño americano, sino que se ha convertido en una pesadilla para la gente de a pie. En cierto modo, Arthur es un moralista. Para él solo se salvan de un comportamiento perverso u horrible (awfull) los enanos y alguna otra subespecie de monstruos sociales, igual de zarandeados que él. El resto, enfermeras y asistentes sociales incluidas, participan de esa masacre acéfala de los don nadie que caen del lado de la invisibilidad. Arthur es un perdedor, pero se niega a dejar de serlo. Mejor dicho, se resiste a apuntarse a una salida en falso para convertir su desgracia en empresa cómica, sonriendo sin cesar como si nada grave pasase. Delante de su asistente social (negra, por más señas), a la que acusa de no escucharle, Arthur dice: «Lo peor es que toda la gente que sufre y está enferma debe actuar como si no lo estuvieran y parecer normales».
La segunda virtud es que Arthur se arma desde su «enfermedad», no huyendo de ella. Precisamente cuando el estado neoliberal le corta el suministro de medicamentos paliativos, convierte su dolencia en instrumento de otro saber, otro modo de vida e iniciativas de acción. Arthur apunta en un cuaderno sus pensamientos, algunos chistes y dibujos de su infierno personal. Sin nada que perder, escribe frases lapidarias: «Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida». De hecho, su risa expresa sin palabras el desprecio que le inspira un orden social demócrata-republicano que es tan grotesco que ya no admite más críticas ni caricaturas. Digamos que no articular una crítica discursiva, sino desarticular una risa imparable, es una decisión política, aunque no plenamente consciente (ni falta que hace). No llorar es lo que hace Arthur, no quejarse como una víctima más y desatarse en un risa abierta que anuncia lo peor: el perdedor nato está conspirando, resurgiendo desde sus cenizas. ¿Es esto lo que en los intelectuales instalados preocupa de esta película? Bienvenido sea.
El baile de un cuerpo escuálido, a veces muy grácil, anuncia la alegría de la destrucción, punteando la ofensiva que está tramando el tormento de Arthur. Él está tan atónito por la crueldad que le rodea que ya no puede ni llorar ni articular palabra, por eso ríe de pronto, sin freno. A la risa desatada le suceden crímenes, en parte de los cuales el público participa con cierto regodeo disimulado. A la asistente negra que le cuida llega a espetarle: «Nunca me escucha, siempre repite la misma letanía. ¿No ve que, con la vida que me ha tocado, solo puedo tener pensamientos negativos?
Nos parece una concesión despistante, un guiño a los temas de moda, la alusión a un oscuro abuso infantil y a la irresponsabilidad de una madre, también horrible, que acaba siendo una víctima más de la justificada ira de Arthur. Pero en fin, nadie es perfecto, tampoco Philips. Aparte de esos despistes efectistas, pocas veces hemos visto (a veces en Moore) cómo la radiante sociedad de barras y estrellas trata realmente a sus súbditos. No sería tan extraño que la Academia estadounidense no la premie tanto como Venecia. O sí, pues el cinismo gringo es capaz de cometer la peor masacre y al poco tiempo sacarle partido con la crítica más espectacular.
La cinta de Todd Philips es oscura, compleja, con varios niveles de narración, difíciles incluso para los que se consideran expertos. En todo caso, Joker es mucho más política de lo que el director cree. Es normal que la aclamación popular sea masiva (muchos nos desahogamos con el asesinato de los tres ejecutivos que le patean en el metro), a la vez que el progresismo ilustrado, norteamericano o europeo, exprese sus reservas ante este uso directo de la violencia. Pero matando, Arthur solo está devolviendo a la sociedad lo que ésta ha hecho con él, acribillarlo a plazos. Que los progresistas, desde su limbo, llamen a esto terrorismo donde quieran. Sentimos el mismo desahogo cuando Arthur acribilla a balazos a esos tres hijos de perra como el que sentimos cuando por fin el protagonista de La caza (Th. Vintenberg) le parte la cara al carnicero del supermercado que le maltrata.
Los crímenes de Arthur, en cuanto le coge el gusto a esa venganza extremadamente conceptual, son todo lo exagerados que se quieran. Sin embargo expresan, y esto es lo inquietante para los intelectuales, que mucha gente vulgar (fea y pobre) no tiene más salida que la violencia directa. O eso o convertirse en víctima profesional que mendiga subvenciones. No es el caso de Arthur, demasiado digno moralmente y demasiado político (sin serlo) para eso. Digamos que la furia desatada, la fuerza autónoma de su risa le salva de convertirse en víctima. Las máscaras de los clowns que siguen al Guasón no son más que réplicas de las máscaras que todo el mundo lleva para ejercer la banalidad del mal, despersonalizada, irresponsable, acéfala. Todo ello en una sociedad mucho más hipócrita que las viejas sociedades de antaño. ¿Por qué esta obligación de sonreír? Pues bien, si es necesario sonreír sin parar Arthur decide reír a pierna suelta mientras mata. Es normal que los intelectuales, al fin y al cabo parásitos del aire climatizado de sus privilegios, se preocupen.
Joker es brutal. Ante todo, mostrando la cruel indiferencia de los poderosos. Frente a ella, lejos de estas series televisivas donde el crimen autista está justificado por un espectáculo sin entrañas, la violencia de Arthur es visceral y posee algo tan humano como el odio. Se dirige así contra los culpables de un orden social intrínsecamente perverso. Es seguro que Philips no tiene esta conciencia subversiva en mente, pero es algo lo que salió de sus manos.
Lo peor de ser pobre, perdedor o lisiado de guerra, es que la gente espera que no molestes y actúes como si no fueras más que una víctima que pide ayuda. No es el caso de Arthur Por eso acaba combinando tan bien comedia y tragedia. De la comedia barata a la que se ve obligado pasa a provocar la tragedia y, así, una comedia de orden superior, nada fácil para el público cautivo del espectáculo. Le devuelve entonces a la sociedad, Arthur, lo que ella misma ha generado. Él no puede, y tal vez no quiere, ir a la consulta del psicoanalista: se cura matando. Se dirá, con razón, que esta salida es inmoral. Pero es que también es inmoral el orden social que le rodea, ese círculo vicioso de maltrato y reacción criminal que nuestra sociedad del conocimiento genera.
¿De qué se ríe Arthur, finalmente? De un mundo que ha rebasado toda caricatura y que solo puede reencontrarse en el apocalipsis, mientras todo se lleva al extremo de la crueldad. Su adorable vecina negra, a la que también (como mínimo) llega a asustar, representa un poco la solidaridad entre marginados. Igual que el beso que le da Arthur al enanito asustado: «No quiero herirte, siempre me has tratado bien». Pero queda muy poca gente con corazón en la metrópoli, pocos que no estén, como mínimo, muy estresados y a la defensiva. Cuando Arthur le sigue la corriente a un niño negro en el autobús e intenta entretenerlo con muecas, enseguida tiene que oír la dura reprimenda de la madre, como si se tratase de un pervertido a la caza de niños inocentes.
Tropezamos entonces, era inevitable, con la moderna historia de la banalidad del mal. Casi nadie en esta película, tampoco Arthur, es un malo de cuento. Quizá tampoco el conductor de televisión, antiguo ídolo juvenil de Arthur, que se limita a hacer circular la crueldad que dispara el índice de audiencia. Germanwings, Columbine, Nanterre (Richard Durn) y cien lugares más nombran esos jóvenes que no hemos dejado llegar a adultos. Les empujamos a morir matando. Y en masa. ¿Por qué? Porque esos seres ya no veían la vida por ningún lado. En tono de comic, posiblemente sin saberlo, Philips no deja de tratar esta gravísima cuestión que, entre otras muchas, se cierne sobre unas metrópolis que han olvidado cualquier misericordia, cualquier piedad humana sin carnet. Es posible que, finalmente, el Norte tenga lo que se merezca. Es éste uno de los mensajes inconscientes de Philips. Gracias, es un poco más que nada.
La atmósfera, en teoría, es esa mezcla de sonido y fotografía que hace que una película sea un mundo en sí mismo; un lugar en el que entramos, del que salimos y al que, si queremos o podemos, volvemos. Probablemente es uno de los motivos por los que algunos directores se endiosan y, desde mi punto de vista, tiene que contener mucho más que efectos sonoros, música, tonalidades y luz.
Pienso en ello al recordar la oda al mundo analógico que fue —quizá involuntariamente— Los tres días del cóndor. El guion era bueno pero no redondo. El ritmo muy notable y el final impactante, pero había lagunas. Robert Redford, por muy bien que le quedase el chaquetón y muy especializado que estuviese en coger el teléfono, hacía los mismos gestos de siempre. Faye Dunaway se deshacía en su rol de belleza fría y etérea sin que nadie llegase a creerse el postureo. La peli no fue perfecta, creo yo, ni entonces ni después. Diría que la pátina del tiempo incluso le ha dado un cierto encanto.
Con todo, lo
de ser de un servicio de inteligencia sin haberte pispiado muy bien de eso,
trabajar con papeles y totalmente aislado del mundo en general en medio de una
gran ciudad, descubrir por las malas que estás en un lío tremendo y tratar de
escapar valiéndote únicamente de tus modestas neuronas (porque lo de la
inteligencia no es un “puedo con todo”, como sabemos, y las neuronas se enfocan
en unas cosas pero pasan de otras) es algo que en una película que busca que te
mimetices con el prota engancha. Eso, y que gusta verla. Y que luego queda esa
idea de “y esta ‘atmósfera’ qué bien lograda está, ¿no?”.
Por ello seguí con entusiasmo Rubicon, una serie inspirada en Los tres días en la que los protagonistas trabajaban en un edificio gris de una ciudad gris que parecían colorados en comparación con sus vidas, tenían prohibido todo instrumento que no fuese lápiz y papel, descifraban códigos escritos con tinta en crucigramas, arrastraban profundas depresiones en procesiones diarias a un bunker que guardaba un supraordenador y comían con desgana en salas sin ventanas. Quizá porque les anunciaron pronto que no renovarían, o porque la historia se planteó mal desde el principio, el final fue precipitado y decepcionante, con un malo previsible y un bueno irritante. Una pena, porque la recreación de la atmósfera estaba lograda.
Lo contrario ha sucedido con una serie más reciente que sí ha ido abiertamente de remake. Protagonizada por el musculado hijo de Jeremy Irons y Sinéad Cusack (sí, así de mayores somos), un chaval que parece tener permanentemente cara de susto, empieza bien (ese es el punto fuerte del guion original, un golpe maestro que es difícil fastidiar, aunque aquí lo retardan un poco) pero va flaqueando a medida que avanza, tratando sin éxito de equilibrar actuaciones muy buenas con otras más bien malas, hasta que se pierde el interés.
Quizá es que antes pagabas la entrada y aguantabas hasta el final echasen lo que echasen. O vivías en un mundo en el que lo que ponían esa noche en la tele era una de las tres o cuatro oportunidades semanales de ver una película. Tal vez los niños mimados que somos ahora con el streaming y la cartelera infinita a un golpe de pantalla nos creemos más y mejores críticos. En cualquier caso, alargar para hacer serie es una de las consignas de nuestro tiempo, y si nos están pidiendo esas horas (que podríamos invertir en hacer tantas otras cosas, incluyendo ver tantas otras series) más les vale amortizar.
Sirva todo esto para recomendar, en esta edad de oro de las series que se está desarrollando en plena era de las tecnologías, ver o rever una película de los setenta con sus defectos, sus rubiales y su final impactante tan en boga en aquellos tiempos. Será nostalgia de lo analógico o cansancio ante tantas horas frente a las pantallas, pero el ver a alguien recorrer Nueva York sin móvil como que relaja.