Un antes y un después

Libros

En casa no teníamos una gran biblioteca, pero los libros que tenían que estar, estaban. Hermann Hesse, Roberto Arlt, Herbert Marcuse, Haroldo Conti, Macedonio Fernández, Los cuatro jinetes del apocalipsis, la colección completa de Transformaciones del Centro Editor de América Latina. Eso había leído cuando lo conocí. Yo tenía diecisiete; él, veintitrés. Dijo: ‘«hay un antes y un después de Faulkner» y desapareció para siempre de mi vida. Tapa dura y letras mínimas, colección «Los libros del mirasol», editorial Compañía General Fabril, 1961. Lo encontré en la librería de usados de San Lorenzo 983, en Rosario. Una mancha roja y pinceladas amarillas bajo el título «El sonido y la furia».

Hay muchas cosas que no se entienden durante la adolescencia, y muchas que se entienden mal. Yo no sabía todavía la diferencia. Leía, releía y volvía a empezar. Debe ser uno de los comienzos que más veces leí. No terminaba de entender qué pasaba. Por qué no entendía. Había un ruido, sí. Y un poco de furia. Le pregunté a mis amigos, nadie lo había leído. Todavía no existía internet para sacarse dudas. En la contraportada solo decía algo de un monólogo de Macbeth en el que estaba inspirado el título. Decidí avanzar. Olvidarme de entender. Tirarme de cabeza a las imágenes. De golpe todas las piezas encajaron. Algo hizo clic: ¡el narrador del comienzo tiene discapacidad intelectual! En palabras de Shakespeare, un idiota: «La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». Macbeth, 5º acto, escena 5. Esa era la cita completa que el libro no citaba. La referencia. Y de ruido, no de sonido. Faulkner construyó desde ese verso una novela monumental: la decadencia de los Compson, una familia tradicionalista del sur profundo de Estados Unidos. Cada uno de los tres primeros capítulos está narrado a partir de la voz de tres hermanos: Benjy, de treinta y tres años, pero con una mentalidad de tres (como consecuencia de su discapacidad); Quentin, que estudia en Harvard y atraviesa una depresión profunda (en parte por el enamoramiento de su hermana Caddy); y Jason, el único frío y cínico de los hermanos. El capítulo cuarto lo lleva adelante el narrador omnisciente de la historia a través de la mirada de la matriarca Dilsey Gibson, la sirvienta negra que estuvo toda su vida al servicio de la familia Compson. Cada parte sucede en un día, pero el presente y los recuerdos se presentan en un mismo plano de continuidad. En la novela, de 1929, no existe un tiempo lineal, ni en los personajes ni en el relato. La historia se desarrolla con un fluir de hechos que no necesitan de ningún consenso para ser comprendidos.

Era verdad. Fue un antes y un después. Descubrí en ese clic que el único límite es el que nos autoimponemos. Que, en la literatura —como en todas las expresiones del arte— las posibilidades son tantas como queramos que sean. Los modos, las formas, los recorridos.

Lo terminé y le pegué una calcomanía para reconocerlo si alguna vez me lo volvía a cruzar. Los libros prestados son entes libres, no tienen la costumbre de volver. Se lo di a una amiga sin decirle nada de lo que para mí era ya un secreto místico. No quería privarla de la epifanía que viví cuando entendí lo que estaba leyendo.

Veinte años después llegó a mis manos ‘Las Primas’, esa gran novela de Aurora Venturini escrita a sus ochenta y cinco. Otra vez esa voz. Esa cadencia. Esa ruptura sintáctica. Me dieron ganas de volver a leer a Benjy, el hermoso idiota que iluminó mi vida. Quería la misma edición: chiquita, con rojo, amarillo y negro en la tapa. Ya vivía en Buenos Aires, la ciudad con más librerías por habitantes del mundo. Así que esta vez la encontré en una de las tantas de usado de avenida Corrientes. Lo que no encontré fue esa calcomanía del CUDAIO (Centro Único de Donación, Ablación e Implante de Órganos de Santa Fe) que le había dejado como huella. Si quien lee esto tiene ese libro, busque en la segunda hoja. Si encuentra la calcomanía, ahora conoce su historia.

Marina Eleonora Rubio

‘Lo más despreciable de todo es tener miedo’

Libros

William Faulkner me deslumbró a las diecisiete años cuando llegó a mis manos ‘El sonido y la furia’. No entendía nada y no podía parar. Todavía no sabía el principio de la primera persona, la tercera, el narrador omnisciente y esas cosas que los años nos regalan. Todavía leía todo ingenuamente. 

Nunca más lo abandoné. 

Su discurso cuando ganó el primero Nobel de literatura, a mediados del siglo pasado, es su forma de vivir, que es siempre una manera de escribir, y la única de amar:

“Siento que este premio me ha sido otorgado, no a mí como persona, sino a mi trabajo: a una vida de trabajo en la agonía y el sudor del espíritu humano, no en procura de gloria y menos aún de dinero, sino de crear, a partir de los materiales del espíritu humano, algo que no existía antes. Por eso, no soy más que un guardián de este premio. A su parte representada en dinero no será difícil encontrarle una destinación acorde con el propósito y el significado que le dan origen. Pero querría hacer lo mismo con el reconocimiento, usando este momento como un pináculo desde donde me escuchen los hombres y las mujeres jóvenes que ya están dedicados a las mismas angustias y tribulaciones que yo, entre quienes está aquel que algún día ocupará el mismo lugar que ocupo ahora. 

Nuestra tragedia de hoy es un miedo físico general y universal tan largamente padecido, que a duras penas lo podemos soportar. Ya no quedan problemas del espíritu; tan sólo una pregunta: ¿cuándo seré aniquilado? Es por eso que el hombre o la mujer joven que escribe actualmente ha olvidado los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, que solos bastarían para producir buena escritura porque son lo único sobre lo cual vale la pena escribir, lo único que justifica la agonía y el sudor. Debe aprenderlos de nuevo. Debe enseñarse a sí mismo que lo más despreciable de todo es tener miedo; y una vez aprendido, olvidarlo para siempre sin dejar espacio en su taller para nada distinto de las verdades y certezas del corazón, de las verdades universales sin las cuales cualquier relato es efímero y fatal: el amor, el honor, la piedad, el orgullo, la compasión, el sacrificio. Mientras no lo haga, su trabajo está bajo maldición. No escribe sobre amor sino sobre lujuria, sobre derrotas en las que nadie pierde nada valioso, sobre victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Su dolor no llora sobre fibras universales y no deja huella. No escribe con el corazón; escribe con las glándulas.

Mientras no aprenda estas cosas, escribirá como si estuviera viendo el final del hombre e inmerso en él. Me rehúso a aceptar el fin del hombre. Es demasiado fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque permanecerá; que cuando repique y se desvanezca el último campanazo del Apocalipsis con la última piedra insignificante que cuelgue inmóvil en la agonía del fulgor del último anochecer, que incluso entonces se oirá un sonido: el de su voz débil e inagotable, que seguirá hablando. Me niego a aceptarlo. Creo que el hombre no sólo perdurará, prevalecerá. Es inmortal, no por ser el único entre todas las criaturas que posee una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión y sacrificio y fortaleza. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a resistir aligerándole el corazón, recordándole el coraje, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión, la piedad y el sacrificio que han enaltecido su pasado. La voz del poeta no debe ser solamente el recuerdo del hombre, también puede ser su sostén, el pilar que lo ayude a resistir y a prevalecer.”

Marina Eleonora Rubio