Los tres días del cóndor

Cine y Series, Películas, Series

La atmósfera, en teoría, es esa mezcla de sonido y fotografía que hace que una película sea un mundo en sí mismo; un lugar en el que entramos, del que salimos y al que, si queremos o podemos, volvemos. Probablemente es uno de los motivos por los que algunos directores se endiosan y, desde mi punto de vista, tiene que contener mucho más que efectos sonoros, música, tonalidades y luz.

Pienso en ello al recordar la oda al mundo analógico que fue —quizá involuntariamente— Los tres días del cóndor. El guion era bueno pero no redondo. El ritmo muy notable y el final impactante, pero había lagunas. Robert Redford, por muy bien que le quedase el chaquetón y muy especializado que estuviese en coger el teléfono, hacía los mismos gestos de siempre. Faye Dunaway se deshacía en su rol de belleza fría y etérea sin que nadie llegase a creerse el postureo. La peli no fue perfecta, creo yo, ni entonces ni después. Diría que la pátina del tiempo incluso le ha dado un cierto encanto.

Con todo, lo de ser de un servicio de inteligencia sin haberte pispiado muy bien de eso, trabajar con papeles y totalmente aislado del mundo en general en medio de una gran ciudad, descubrir por las malas que estás en un lío tremendo y tratar de escapar valiéndote únicamente de tus modestas neuronas (porque lo de la inteligencia no es un “puedo con todo”, como sabemos, y las neuronas se enfocan en unas cosas pero pasan de otras) es algo que en una película que busca que te mimetices con el prota engancha. Eso, y que gusta verla. Y que luego queda esa idea de “y esta ‘atmósfera’ qué bien lograda está, ¿no?”.

Por ello seguí con entusiasmo Rubicon, una serie inspirada en Los tres días en la que los protagonistas trabajaban en un edificio gris de una ciudad gris que parecían colorados en comparación con sus vidas, tenían prohibido todo instrumento que no fuese lápiz y papel, descifraban códigos escritos con tinta en crucigramas, arrastraban profundas depresiones en procesiones diarias a un bunker que guardaba un supraordenador y comían con desgana en salas sin ventanas. Quizá porque les anunciaron pronto que no renovarían, o porque la historia se planteó mal desde el principio, el final fue precipitado y decepcionante, con un malo previsible y un bueno irritante. Una pena, porque la recreación de la atmósfera estaba lograda.

Lo contrario ha sucedido con una serie más reciente que sí ha ido abiertamente de remake. Protagonizada por el musculado hijo de Jeremy Irons y Sinéad Cusack (sí, así de mayores somos), un chaval que parece tener permanentemente cara de susto, empieza bien (ese es el punto fuerte del guion original, un golpe maestro que es difícil fastidiar, aunque aquí lo retardan un poco) pero va flaqueando a medida que avanza, tratando sin éxito de equilibrar actuaciones muy buenas con otras más bien malas, hasta que se pierde el interés.

Quizá es que antes pagabas la entrada y aguantabas hasta el final echasen lo que echasen. O vivías en un mundo en el que lo que ponían esa noche en la tele era una de las tres o cuatro oportunidades semanales de ver una película. Tal vez los niños mimados que somos ahora con el streaming y la cartelera infinita a un golpe de pantalla nos creemos más y mejores críticos. En cualquier caso, alargar para hacer serie es una de las consignas de nuestro tiempo, y si nos están pidiendo esas horas (que podríamos invertir en hacer tantas otras cosas, incluyendo ver tantas otras series) más les vale amortizar.

Sirva todo esto para recomendar, en esta edad de oro de las series que se está desarrollando en plena era de las tecnologías, ver o rever una película de los setenta con sus defectos, sus rubiales y su final impactante tan en boga en aquellos tiempos. Será nostalgia de lo analógico o cansancio ante tantas horas frente a las pantallas, pero el ver a alguien recorrer Nueva York sin móvil como que relaja.

la imagen es de aquí

Cosas que se atesoran

Cine y Series, Libros

En el tiempo que transcurrió entre descubrir que Netflix había colgado La princesa prometida y encontrar un momento para verla pasaron varias cosas. La primera, notar ese golpecito que sale de dentro del pecho justo antes de identificar la nostalgia. Luego, sentir el miedo de estropear el recuerdo tratando de evocarlo, porque es innegable que casi todo lo grabado pierde cuando se ve treinta años después (aunque se haya tenido presente en conversaciones o —absolutamente recomendable— visitas a youtube para ver escenas dobladas en italiano). Un poco más tarde, recuperar una nota mental dejada en algún cajón del cerebro hace unos meses, tras leer la noticia de que el autor del libro había muerto. Ese autor firmó también los guiones de algunos de los clásicos de los setenta que protagonizaron Dustin Hoffman, Robert Redford y Paul Newman, con lo que obtuvo prestigio y algunos premios. Sin embargo, fue esta historia de Florín la que hizo que ganase un lugar en muchos corazones.

Como casi todos los adolescentes de la época, descubrí la película cuando empezaba a convertirse en una ‘obra de culto’. Es decir, no en el cine sino un par de años después, en esas sesiones de video que montábamos en las casas de los padres de unos u otros los fines de semana, previo paso por el videoclub y por la tienda de chucherías. Un mundo vintage. Por aquel entonces nos parecía ya que aquello era una película ‘antigua’, un clásico. Con aquella percepción del paso del tiempo tan propia de la edad —esos años que se hacen tan largos como los meses de invierno— descubrir otro par de años después que todo aquello venía de una novela fue mágico. Téngase presente el contexto: hablamos del mundo pre-Internet, en el que la información circulaba por otras vías, los libros se pedían en la biblioteca municipal o se encargaban en la librería, y cuando alguien se hacía con uno aquello pasaba de mano en mano hasta perder —en este caso— el dorado de las letras de la sobrecubierta.

Se dice que este es uno de los pocos casos en los que gustan por igual película y novela. En la novela no hay un niño impaciente al que su abuelo lee un cuento de princesas, piratas, espadachines y magos. Tampoco música de Mark Knopfler, acantilados irlandeses, escenas de esgrima a lo Errol Flynn o cameos de Colombo y Billy Cristal. La historia es más larga y más compleja, el tono es más irónico y el final es más abierto. En vez de una comedia que homenajea a los clásicos de aventuras pretendiendo parodiarlos, es un diálogo del autor con el lector en el que el primero está tratando de ‘sacar las partes buenas’ de una vieja crónica de un viejo país centroeuropeo. Tras una discusión con su editora, el autor decide eliminar un capítulo a condición de que los lectores puedan escribir a una dirección de Nueva York para pedir que se lo envíen. Nosotros escribimos esa carta, pero nunca nos respondieron.

CV

Cosas que se rompen

Series

El otro día me he enterado —de nuevo por el ¡Hola!— de la existencia de otro nuevo término creado para designar otra de esas cosas en las que no habíamos reparado hasta que les pusieron un nombre en inglés: la slow life. Aunque probablemente no es tan nuevo, y tampoco necesita que se explique mucho, para los que compartan mi despiste existencial diré que se trata, como estas dos palabras indican y los tiempos presentes sugieren, de huir de la aceleración constante causada por la vida moderna, con sus tecnologías y su megaconsumo, para encontrar la paz desacelerando. Ni madrugones, ni comida de franquicias, ni prisas, ni agobios. Y al parecer engloba toda una serie de aplicaciones slow (comida, cosmética, sexo,…).

Lo que me ha hecho pensar que estoy inclinada a ella es que me molestan mucho las entradas de dos series que merecen ser recomendadas: The Good Fight, el spin-off de The Good Wife, y Press, de la BBC. Tratándose de series que parecen haber sido pensadas para llamar la atención sobre lo frágil que es el mundo en que vivimos —en una a través de un bufete de abogados con especial peso de mujeres y afroamericanos en plena era Trump, en la otra desmontándose la premisa maniquea de que hay un buen y un mal periodismo— se entiende que en ambos casos se haya optado por hacer caer o explotar objetos. Son imágenes efectivas, muy obvias como metáforas y que, por tanto, cumplen bien su función de definir el mensaje; pero siempre me las salto. Observar a personajes de ficción peleando en este complejo presente es casi tan relajante como para un jubilado pasar la mañana pendiente de cómo avanza una obra. El que algo se caiga o explote, sin embargo, tiene otro efecto. Desasosiega.

CV

Autohipnosis

Arte

Se dice que nos escuchan; que algoritmos silenciosos, invisibles porque habitan en lo que para nosotros es casi una dimensión paralela, contemplan todo lo que hacemos y lo anotan. Con ello trazan caminos que recorremos cual replicantes rebeldes, pensando que navegamos sin rumbo y que cada hallazgo es un premio que celebra nuestro espíritu aventurero, que el único laberinto está en nuestro cerebro y que la intuición nos guía. Creemos que no hay un destino y que el periplo lo hemos ido trazando nosotros, eligiendo en cada momento el siguiente sendero. Hasta que descubrimos que esa rara joya encontrada al azar y que se encuadra perfectamente en el tipo de cosas que últimamente nos han despertado curiosidad —eso tan personal, tan único— es un canal de Youtube que ven millones de personas. Y se rompe el encanto. Desaparece nuestra valoradísima humanidad y se revela que somos un muñeco, un robot, algo que alguien está soñando.

Por todo ello, quizá no tenga mucho sentido recomendar algo hacia lo que los entes que nos dirigen nos están llevando. En cualquier caso, podemos comentarlo. O, en este caso, sumarnos a los comentarios.

Las masas anónimas coinciden en que los vídeos de Baumgartner, un restaurador de Chicago, tienen algo de hipnótico. A medida que avanzan parece que van cobrando vida esas pinturas ajadas, oscurecidas, maltratadas. Emociona ver aparecer como por arte de magia los colores sepultados bajo un rancio barniz, seguir los metódicos pasos que invierten el sentido del tiempo y acompañar esa progresiva resurrección. De algún modo, por detrás de esa voz pausada que nos acuna nos está diciendo que, si se hace del modo adecuado, es posible revertir los estragos y regresar a los orígenes.

Es relativamente fácil descubrir, en alguno de esos desvíos que creemos voluntarios y arbitrarios, que Youtube tiene todo un arsenal de videos sobre restauraciones de pinturas, y que las realizadas en museos de prestigio son bastante más laboriosas y complejas que las que nos muestra Baumgartner. Las reproducciones, sin embargo, no son ni de lejos tan cautivadoras. En parte es porque la mayoría muestran apenas algunas fases del proceso, y en parte porque no nos transportan a un solitario taller para contemplar callados cómo trabaja sin descanso un ordenado y pulcro hombre delgado, que debe ser una pesadilla como compañero de piso, pero parece haber encontrado su propio nirvana en la artesanal tarea de limpiar cuadros.

CV

La tinta y la nostalgia

Libros

Aunque muchos no sabíamos que el quilo es algo tan romántico como un cilindro de platino e iridio depositado en un sótano a las afueras de París, causa cierta tristeza la noticia de que en unos meses dejará de serlo. Quizá por el vértigo que produce esa inmaterialidad que nos rodea, ahora que casi todo es digital y parece que puede desaparecer en un instante. Por lo mismo que entendemos que el protagonista de Her —esa bella historia sobre la soledad situada en un mundo que no sabemos si es utópico o distópico, ni si está lo suficientemente lejos del nuestro para no preocuparnos— aspire a que publiquen sus textos en papel, aunque en su minimalista casa no lo haya.

Nos fascinan las fases del proceso editorial, sus pautas casi melódicas. Idealizamos las editoriales pequeñas, y sobre todo muchas que ya desaparecieron. Como Black Sun Press, que publicaba libros ilustrados por personajes tan peculiares como el aristócrata, mimo, bailarín, pianista y traductor Alastair (la imagen superior viene de aquí y es una de las que acompañaban a la edición de 1920 del poema La Esfinge de Oscar Wilde) (aquí algunos otros de sus trabajos). Relacionamos estos dibujos —o, para no irnos muy lejos, los de Aubrey Beardsley, amante de Wilde y autor de esta maravilla— con una época dorada en la que lo nuevo convivía con una hermosa y estética decadencia. Y queremos que algunos de los muchos crepúsculos a los que asistimos a diario, algunos sin que nos demos cuenta y otros con la sensación de que son cada vez más acelerados, queden preservados, preferentemente en tinta.

CV