Elegidos y filisteos

Biografías y entrevistas, Cine y Series, Películas

Resulta, cuando menos, curioso que cuatro años después del referéndum de Escocia, y poco antes de que el Brexit se convirtiese en el atolladero sin ningún interés narrativo que es hoy, a un conjunto de mentes e inversores les diese por hacer una película sobre Robert the Bruce, autoproclamado rey y héroe de la llamada ‘primera guerra de independencia escocesa’ allá por principios del XIV. Las películas de este tipo —basadas en hechos reales y situadas en contextos históricos— dan para comentar muchas cosas. En este caso, por ejemplo, la relación con otras cintas de temáticas similares, la utilización de los tópicos o la absurdez de que lo más discutido tras su estreno haya sido que se muestre un desnudo frontal masculino. Dejando de lado todo esto, y sobre todo lo último, ¿merece la pena verla? Pues depende de los gustos del espectador. La historia es previsible, pero entretenida; la recreación del escenario pasable —no demasiado incorrecta pero, desde luego, nada notable—; casi todo son batallas, pero están muy bien representadas; el protagonista es muy atractivo, pero en general los personajes son muy planos. Cada cual tendrá sus ‘pros’ y sus ‘peros’. Para mí, merece la pena porque el que alguien haya querido presentar esta historia como un David contra Goliat da que pensar. Bastante en el David y mucho más en el Goliat.

Aunque en la Europa presente parece que casi todo lleva a ese ‘tema’ que, cual granada detonada, inunda los discursos sobre identidades y alteridades, convergencias y fronteras, lo colectivo y lo propio, lo consensuado y lo unilateral. Por ello parece natural haber pasado de ver una película en Netflix a fijarme en que una entrevista centrada en los nacionalismos comenzaba con una referencia a los mundiales de fútbol, presentados como prueba de que el Estado-nación no es un instrumento obsoleto. Y de ahí a recordar cómo, de cuatro en cuatro años, banderas, camisetas y pinturas demuestran que en buena parte del mundo se mantiene el espíritu tribal. Y cómo millones de personas nos dejamos fascinar por el espectáculo de la ‘lucha más o menos limpia’ entre esos equipos formados, en buena parte de los casos, por jugadores y técnicos cuyas nacionalidades —o las de sus padres— no se corresponden —o no hace mucho que se corresponden— con las que definen a los estados que representan. Y de qué modo esos símbolos despiertan simpatías y antipatías que se traducen en que la última final pareciese para muchos un David contra Goliat fallido; porque hubo quien vio justicia —no poética, pero sí lógica— en la victoria del más fuerte, joven y potente, y otros que lamentamos jornada a jornada el rosario de caídas de los que parecían llamados a ser héroes.

Comprendo que haya gente a la que no le guste el fútbol, entiendo algunos de sus motivos y empatizo con su pérdida del disfrute, porque tampoco yo consigo que mi paladar aprecie el whisky. Sin embargo, creo que, más allá de las inclinaciones de cada uno por los deportes en general o por este en particular, la intensidad creciente de las semanas del mundial tuvo su qué de catarsis. Y me acuerdo de que cuando acabó, aparte de vacío existencial, a muchos nos quedó una sensación de cierre de un espacio en el que se podían exorcizar, mediante símbolos, cosas que en el fondo nos afectan a todos, sea por ser quienes somos y vivir en el presente en el que vivimos, o porque tenemos que definirnos para vivir ese presente.

Lo que me ha llevado a preguntarme qué fue de la pareja del mundial, y a descubrir que en su canal de youtube siguen colgando vídeos periódicamente; y no solo sobre fútbol. Una auténtica evasión en estos días en los que cuesta alejarse de esas llamadas constantes a formar parte de los ‘nosotros’ frente a ‘los otros’, que ya no tienen nada de juego, y cuyo objetivo va mucho más allá de levantar una copa.

CV

La mejor serie policíaca es un programa de arte

Arte

La mayoría asociamos a las hermanas Brontë con un pequeño pueblecito de Yorkshire, tenemos idea de que Charlotte hizo una especie de erasmus en Bruselas y recordamos la terrorífica descripción en Jane Eyre del internado de Lancashire en el que estuvieron de niñas. Lo que pocos sabíamos hasta hace casi nada es que en la pared de la iglesia de Tunstall, cercana a ese internado, cuelga un cuadro italiano del siglo XVI que había sido donado apenas unos años antes de que las Brontë pasasen por allí. Con el paso del tiempo fue formándose una pátina que ocultó tanto las figuras como la historia del lienzo. Hasta que a los encargados de esa iglesia se les ocurrió llamar a un programa de la BBC.

Fake or Fortune? se dedica a descubrir tesoros (y falsificaciones) de la mano de tres personajes que hablan como los malos de Disney, se pegan unos viajes envidiables y explican de una manera muy clara (y entretenida) cómo funciona el mundo del arte. Cada episodio es una síntesis del trabajo detectivesco que un equipo (probablemente enorme) desarrolla durante meses para identificar un Pollock, un Rembrandt, una acuarela de Homer o un dibujo de Gauguin. Asusta (y emociona un poco) lo que puede llegar a pagarse por algunas obras. Se entiende que la gente sueñe con haber encontrado un boleto de lotería ganador entre los trastos de un mercadillo. Y se quiere, aunque eso sea aún más utópico, ser uno de esos especialistas que se acerca con una lupa y, tras examinar la obra, sabe si es o no del autor.

CV

The Kominsky Method

Series

La tercera entrada del diccionario de la RAE para la voz ‘recomendar’ reza “aconsejar algo a alguien para bien suyo”. Poético, con un deje arcaico.

Como en el caso de las autoridades parafrasear es seguir sus indicaciones, para el bien de quien lea esto le aconsejo que vea El método Kominsky. Es ‘otra’ serie de televisión concebida para y producida por Netflix, pero no se parece a ninguna. Ocho episodios de poco más de veinte minutos en los que se ríe y llora alternativamente, o al mismo tiempo, desde el primero. Aunque gran parte de los creadores, productores, actores y cameos son conocidos, lo hacen tan bien que eso se olvida al instante. Las metas que debieron plantearse al inicio del proyecto tampoco son evidentes. Lo que probablemente demuestra que las alcanzaron. Es posible que se propusiesen representar, con ambición y humildad, algo tan amplio y complejo como la vida. Eso que los mortales valoramos tanto, de lo que dependemos tanto, y que tanto nos cuesta comprender.  

CV

Los misteriosos Bartleby

Cine y Series, Libros, Literatura y Poesía, Películas

¿Por qué deja alguien de hacer algo que se le da bien? El enigma se formula en uno de los relatos más conocidos de Herman Melville, “Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street”, y abundan las interpretaciones. Algunas se deben a Jorge Luis Borges, autor de una versión en español —“Bartleby, el escribiente”— que tal vez sea las más célebre de sus traducciones; aunque el propio Borges dejó escrito —en “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”— que “la solución del misterio siempre es inferior al misterio mismo”. Y el relato de Melville lo prueba: las interpretaciones van y vienen, pero el texto permanece.

El enigma también.

Siguiendo la pista de muchos Bartleby de la literatura, Enrique Vila Matas escribió un ensayo absolutamente recomendable; probablemente uno de los mejores “libros sobre libros” que se pueden encontrar. Partiendo de un enfoque completamente diferente, pero retomando el tema, Nick Hornby publicó hace casi diez años Juliet, Naked, una novela sobre un músico que, como tantos otros Bartleby, lleva décadas sin publicar. La reciente adaptación cinematográfica de esta historia mantiene en equilibrio varias de las temáticas presentes en el libro: el compromiso, el paso del tiempo, la paternidad/maternidad, las relaciones románticas, las crisis existenciales, las no-decisiones que nos marcan, … Ethan Hawke encarna al artista retirado, y su sola presencia hace que recordemos cosas que en el pasado nos gustaron; lo que desencadena una nostalgia muy importante para empatizar con la trama. La solución del misterio tiene un efecto parecido. Es decepcionante, hace desaparecer la magia y nos trae a un presente muy real. Lo que ocurre es que, curiosamente, ese ‘aterrizaje’ es bonito.

CV

Imagen de https://en.wikipedia.org/w/index.php?curid=31695451

Un Londres borrascoso

Series

A pesar de que mis esfuerzos por recomendar Penny Dreadful no sirvieron para que nadie me hiciese caso —que si me da miedo, que si hay mucha sangre, que si la vi cenando—, y aunque todavía me choca de vez en cuando descubrir que hay cosas que a mí me hechizan y a muchos otros les repelen —pienso en Annihilation, en Melancholia—, realmente creo que es bueno compartir el entusiasmo. Por ello, y porque varios amigos la han visto y les ha gustado, aquí va una lanza por Taboo, serie de ocho episodios que Tom Hardy —ese actor que parece una bomba de relojería— produjo y protagonizó a partir de una historia escrita por su padre. Se estrenó a principios de 2017 y al parecer (léase lo siguiente con tono entusiasta) va a tener una segunda temporada.

En el año 1814 un hombre atormentado regresa a un Londres grisáceo que recuerda a un Mordor en el que la Compañía de las Indias sería la Torre Oscura y su presidente Sauron. Las visiones que le persiguen, sus tatuajes y el modo en que se mueve, habla y mira llevan a pensar que ha perdido la cordura. En realidad, él sabe lo que el espectador desconoce, y poco a poco se lo irá revelando como quien reparte por entregas las piezas de un puzle. Bailes, duelos, piratas, una África oscura y una América lejana; un amor prohibido; secretos mal ocultados; astilleros malolientes envueltos en la bruma; personajes dickensianos.

Si alguien alguna vez se ha preguntado qué hizo Heathcliff en los tres años en los que estuvo fuera de Yorkshire, Taboo ofrece una posible respuesta.

CV