Compuesta por Chico Buarque en 1978 e interpretada por Letícia Sabatella en 2011. Una pequeña joya.
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Compuesta por Chico Buarque en 1978 e interpretada por Letícia Sabatella en 2011. Una pequeña joya.
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A veces me aparece de repente una nueva vocación, como si fuese un lunar, y me entristezco pensando en lo corta que es la vida y la poca facilidad que tengo para estirar las horas. Porque hacen falta muchas durante muchos años para aprender a tocar decentemente el piano, ser buen acuarelista o escribir ruso, pero algunas disciplinas requieren una dedicación que no soluciona ni el día de la marmota.
Desde hace unos meses a mis muchas vocaciones frustradas se ha sumado una nueva: la neurociencia. Podría haber sido tras observar los fascinantes dibujos de Ramón y Cajal que, a raíz de una exposición itinerante y de una publicación, han recibido bastante atención por parte de medios variados. O tras leer en sus escritos cosas tan deliciosas como esta:
¡Como el entomólogo a caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la substancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental!…
¿Cómo no querer dedicar más horas de las que tiene el día a una ciencia cuyo objetivo es esclarecer el secreto de la vida mental? ¿A quién no le gustaría seguir los pasos de alguien que llama ‘mariposas del alma’ a las neuronas piramidales (en la imagen superior su representación de una de ellas)?
Y, sin embargo, tampoco han sido estos poéticos propósitos los que han encendido en mi sala mental una linterna que apunta a la neurociencia, sino los últimos descubrimientos en relación con cómo funciona la memoria. De esas cosas que hacen que te plantees el ahora de un modo completamente diferente a como veías el ayer. De las que te hacen desear ser Punset por un día; es decir, alguien que escucha durante horas a neurocientistas mientras les hace todas las preguntas que se le ocurren (ver video al final de este post).
Para quien no esté al día en este tema, como me pasaba a mí hasta no hace mucho, lo que los investigadores vienen a decir es, básicamente, que la memoria no reproduce: reconstruye. Porque memorizar es un acto creativo. En vez de un arcón que atesora relatos en imágenes con frases exactas, lo que hay es una especie de almacén con información dispersa y fragmentaria con la que el cerebro arma un rompecabezas, siempre diferente, cuando recordamos. Se evoca, y al hacerlo se crea una versión lo más sólida posible de lo ocurrido.
Lo que más me sorprendente de todo ello son los paralelismos entre este proceso y el de construcción de las memorias colectivas. Porque esto revela que el cerebro (cada cerebro) hace lo mismo que las sociedades. Dicho en una sola frase, ambos crean nuevos relatos, cada vez que el pasado es evocado/reconstruido, asumiendo (o imponiendo) una versión única de lo que ocurrió en cada momento de un presente (vital o histórico) que es siempre autoexplicativo.
Ese ‘proceder’ es el axioma de la Historia oficial. De todas las Historias oficiales, y de todas las que pretenden serlo. También es algo que no siempre quieren entender los individuos cuando se aferran a una idea de identidad colectiva (y excluyente) inmutable. En parte porque se niegan a creer que esa idea es más reciente de lo que imaginan; que deriva de la invención decimonónica de las naciones, origen de las peores guerras que se recuerdan, pero también envueltas en un romanticismo que aún nos atrapa. En este tipo de cosas, dicho sea de paso, parece estar pensando últimamente Enric González, y leer sus pensamientos siempre merece la pena. Pero no nos dispersemos aún, que este post pretende conectar la neurociencia con la actualidad, y está a punto de llegar a ello.
Entendamos la actualidad como este presente que nos ha tocado vivir, y al que muchos comenzamos a asistir como espectadores aterrorizados. En dicho presente, tal y como yo lo veo, los americanos de Trump, los británicos del Brexit y un volumen espeluznante de colectivos, tanto en la América no estadounidense como en la nueva-vieja Europa (la península Ibérica es en esto, como en tantas otras cosas, paradigma y nota aparte), están canalizando todo lo que (casi) todos sufrimos —desde la corrupción política hasta el cambio climático (reconocido o no), pasando por la inflación, el precio de la vivienda, las migraciones, el desempleo, la desaparición de las pensiones, y un largo etcétera— hacia proyectos que prometen un imposible regreso a un pasado ficticio poblado por utópicas naciones soberanas amuralladas.
Frente a este panorama, me pregunto si los avances en neurociencia podrán llevarnos a un futuro en el que asumamos que tanto la identidad individual, que elaboramos en cada instante de nuestra existencia reconstruyendo recuerdos, como las colectivas que creamos o aceptamos, son efímeras y maleables; ergo, siempre recientes y cambiantes. La larga sombra del XIX sigue aquí, evidentemente; pero quizá el XXI pueda aportar algo más que la muerte de lo analógico. Como la autoconsciencia mundial de que vivir es dedicarse constantemente a reconstruir pasados plurales, siempre nuevos y nunca únicos, en presentes fugaces. Y la sensación de que eso es bueno. Porque, como dice una amiga, reinventar las vidas es lo mejor que existe.
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Una de las claves de El nombre de la rosa se enuncia cuando Adso, el anciano narrador, registra una revelación que tuvo siendo novicio: «De pronto comprendí que, a menudo, los libros hablan de otros libros; o sea, que es casi como si hablasen entre sí». Tras una frase como esta el lector se acuerda de Borges, hace una pausa para meditar e imagina los múltiples diálogos, las infinitas tertulias, mientras visualiza una cuarta dimensión que tiene una forma parecida a la de la Biblioteca de Babel.
Umberto Eco dejó escrito en su testamento que no quería que se celebrase ningún homenaje, ni nada similar, hasta pasados al menos diez años desde su fallecimiento. Despuntaba en Europa la primavera de 2016 cuando se supo, y ya habían comenzado a organizarse multitud de congresos, coloquios, seminarios y demás reuniones científicas destinadas a considerar, discutir, comentar, releer y analizar su obra. Asistí al freno en seco de uno de esos proyectos. Tanto aquellos que pensaban en el autor de El nombre de la rosa, o El péndulo de Foucault, como los que admiraban al especialista en semiótica, o al medievalista, debieron aceptar y callar. Cientos de personas en múltiples lugares mordiéndose la lengua. En cierto modo, una cuarta dimensión alternativa.
En sus Apostillas a El nombre de la rosa dijo que el autor debería morirse después de haber escrito su obra para allanarle el camino al texto. También muchas otras cosas que ayudan a comprender el deseo de esa década de luto silencioso. Además, explicó cuántos tipos hay de laberintos, cómo se concibe una historia o cuál es el proceso de definición del lector modelo. Es un texto breve, muy ameno, que probablemente interesa más a los que leyeron la novela cuando fue un best seller. Respetando las leyes del universo borgiano, no revela soluciones ni traiciona misterios; pero sí subraya lo más divertido de un recorrido largo y complejo, describiendo la composición como un proceso creativo con un final feliz.
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Moll vive en la isla de Jersey, trabaja como guía en un autobús turístico, canta en el coro de la iglesia, es pelirroja, nunca se maquilla y suele vestirse de azul. Su padre está enfermo, su madre es estricta, sus hermanos la ignoran. El día que cumple veintisiete años decide escaparse de su fiesta para ir a bailar. Lleva un vestido amarillo y, horas más tarde, junto a un bosque, un cazador la salva de las garras de uno de esos lobos que abundan en las discotecas y los pubs. A partir de ese momento Moll no sabrá si se ha enamorado de un príncipe encantado o de un lobo de verdad.
Tras tantos cuentos clásicos —y tantas versiones— y tras tantas películas de suspense en las que la heroína no sabe si la quieren de veras o la quieren matar —aún no me ha quedado claro qué intenciones tenía Cary Grant con Joan Fontaine en Sospecha— es sorprendente, y muy gratificante, que una historia nos atrape como cuando éramos niños, transportándonos a un universo reconocible y captando toda nuestra atención. Quizá es porque entendemos muy bien a la protagonista y compartimos su necesidad de descubrir si ha de identificarse con Cenicienta, Caperucita, Bella o el monstruo. Si es víctima pasiva o heroína activa. Si es causa o pretexto de la trama. O cómo rellenar esos silencios —intensos y acertados— en los que se apaga la voz del narrador.
(Y aquí podría ir el enlace al tráiler, pero este es uno de esos casos en los que parece haber sido hecho por alguien que no ha visto la película, o que no quiere que otros la vayan a ver)
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Se dice que una de las virtudes de los libros de Harry Potter es posibilitar el escapismo: asumiéndonos dóciles y predispuestos muggles, descubrimos de la mano de la narradora un mundo mágico al que se accede a través de andenes ocultos, puertas que abren calles y cartas entregadas por lechuzas. Luego vamos a Londres y vemos lugares como King’s Cross o Charing Cross Road con otros ojos, pensamos durante unos segundos que la magia existe y está en la literatura, sonreímos y seguimos con nuestra vida sintiéndonos un poco mejor; porque hemos recordado que, si la realidad se vuelve demasiado árida, siempre tendremos ventanas de escape.
A muchas de esas ventanas se llega hoy navegando por la red, y en una sencilla travesía se puede descubrir que J.K. Rowling eligió para ilustrar la última edición de Animales fantásticos a Olivia Lomenech Gill, una artista que vive en el norte de Inglaterra y se viste con ropas bretonas que hace ella misma. En su web pueden verse algunas de sus obras: dibujos y acuarelas en diferentes soportes, estampas a la antigua, esculturas de caballos. En Instagram, en donde apenas tiene mil y pico seguidores, comparte el día a día en una campiña idílica. Bocetos de animales, tartas caseras, ropa blanca en el jardín, flores de manzanilla, pan recién comprado, niños que juegan al fútbol, la luz entrando en un estudio de madera, … Una ventana por la que asomarse a un cotidiano bucólico, en el que las mayores preocupaciones se concentran en un huerto ecológico. Porque a veces no apetece escapar a Hogwarts sino a una de esas vidas alternativas que nunca nos decidimos a tener.
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