Cada vez que recomiendo a alguien que lea Lectura Fácil, me pregunta cuál libro.
Insisto.
Insiste.
La genialidad del libro de Cristina Morales empieza por su título. Lo sabe. Sabe cómo hacer que lo agarres y no puedas soltarlo hasta la parada del colectivo, hasta que se te cae sobre el pecho a las dos de la madrugada, hasta que empieza a llover y se te ha mojado entero.
La tercera novela de esta escritora granadina es un cross a la mandíbula. Como las obras maestras, no importa de qué trata la historia, sino desde qué lugar decide contarla. Pero siempre alguien insiste, así que aquí va: cuatro mujeres con diferente grado de discapacidad narran en primera persona sus vicisitudes en un piso tutelado por la Generalitat de Cataluña.
La autora no utiliza ningún convencionalismo para cada una de esas voces, que priva de estratagemas (valga la coincidencia) morales: reconoce nuestra capacidad de disfrutar la ironía. Ejerce la libertad que extrañamos en la escritura (la editorial Seix Barral le había pedido que modificara partes que involucraban con nombre y apellido a personas e instituciones, eje del realismo radical de la autora, y claro, ella se negó) con humor. Así, sin adjetivos. Ese humor producto de la realidad, forma activa de resistencia y acción.
Retrato más bien de cierta dulzura anómala. O de la compasión que viene, pues Todd Philips, en esta película que no deja indiferente a nadie, habla ante todo del sufrimiento del ser humano, un tormento del perdedor que podría ser cualquiera de nosotros. Cuando el protagonista vacía la nevera y se mete dentro, después de un sinfín de humillaciones, está indicando que quiere retirarse de la presión incansable de este orden social que llamamos piadosamente capitalismo, como si fuera solo un régimen de economía ajeno a nuestra alma. En realidad, ¿quién no ha sentido la urgencia de esconderse, tal vez para siempre, de un régimen social omnipresente, temible como pocos?
Lo que no vale la pena es pararse otra vez en la «impresionante actuación» de J. Phoenix, que las ha tenido tan buenas o mejores (¿nadie ha visto María Magdalena?). Tampoco tiene mucho sentido volver a insistir en la magnífica «paleta de colores» y el uso calibrado de la banda sonora. Todo eso es cierto, pero se ha repetido cien veces, ya forma parte de los tópicos y es lo más estándar de la película. Como tampoco es estimulante volver otra vez sobre las comparaciones, sea con Taxidriver, con anteriores trabajos de Todd Philips u otras versiones de Joker, sean las de Heath Ledger o las de Jack Nicholson.
«No sé por qué todos han de ser tan groseros» -dice Arthur- hablando de sí mismo y de la gente rara como él. Corazón torturado, alma melancólica. Desde su tragicomedia, Arthur consigue por fin pensar y encadenar actos medidos. La cadencia es lo que hace a esta película, un uso combinado de los tiempos del suspense, la acción, la introspección, la parálisis y la reflexión que hace al film un poco magnético, aunque siempre haya quien se queje de que el resultado es demasiado lento y haya de dividirlo en partes, que gustan más o menos. Sea como sea, la música de Joker está antes en la cadencia temporal de la narración, y su fluida concatenación de escenas, que en el registro sonoro. Sin que sea tampoco una obra de arte que parte en dos la historia del cine (en este punto nuestro aburrimiento doméstico puede hacer estragos), lo que hace tan apreciable Joker es otra cosa. Se puede ir a ver como un cómic más de superhéroes (otra vez el satanizado símbolo de los oprimidos frente al aristocrático Batman) y se encuentra uno con la estupenda hechura de un realismo sucio que nos recuerda, y esto no ocurre tantas veces, en qué mundo real vivimos, bajo las pantallas policromadas que nos entretienen.
La primera virtud de este trabajo de Philips es un primer plano de cómo sufre la gente común, tras el espectáculo de la radiante America. Una incursión bruta en lo real, que ningún maquillaje puede ocultar. Arthur no pertenece ni se adhiere a ninguna de las minorías mimadas por un sistema que maltrata a la mayoría no reconocida de la humanidad. Blanco, joven, heterosexual, Arthur Fleck (no lo imaginamos ilusionado ni con Obama ni con Trump) sufre un trastorno mental que es sistemáticamente desatendido e injuriado por todo el espectro social que le rodea, estado y sociedad civil incluidas. Y maltratado también por una juventud despiadada y unos comunicadores (la estrella mediática que encarna Robert De Niro) que no hacen más que, tal moscas en la carne, parasitar la desgracia ajena. No solo no queda ya ni rastro del sueño americano, sino que se ha convertido en una pesadilla para la gente de a pie. En cierto modo, Arthur es un moralista. Para él solo se salvan de un comportamiento perverso u horrible (awfull) los enanos y alguna otra subespecie de monstruos sociales, igual de zarandeados que él. El resto, enfermeras y asistentes sociales incluidas, participan de esa masacre acéfala de los don nadie que caen del lado de la invisibilidad. Arthur es un perdedor, pero se niega a dejar de serlo. Mejor dicho, se resiste a apuntarse a una salida en falso para convertir su desgracia en empresa cómica, sonriendo sin cesar como si nada grave pasase. Delante de su asistente social (negra, por más señas), a la que acusa de no escucharle, Arthur dice: «Lo peor es que toda la gente que sufre y está enferma debe actuar como si no lo estuvieran y parecer normales».
La segunda virtud es que Arthur se arma desde su «enfermedad», no huyendo de ella. Precisamente cuando el estado neoliberal le corta el suministro de medicamentos paliativos, convierte su dolencia en instrumento de otro saber, otro modo de vida e iniciativas de acción. Arthur apunta en un cuaderno sus pensamientos, algunos chistes y dibujos de su infierno personal. Sin nada que perder, escribe frases lapidarias: «Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida». De hecho, su risa expresa sin palabras el desprecio que le inspira un orden social demócrata-republicano que es tan grotesco que ya no admite más críticas ni caricaturas. Digamos que no articular una crítica discursiva, sino desarticular una risa imparable, es una decisión política, aunque no plenamente consciente (ni falta que hace). No llorar es lo que hace Arthur, no quejarse como una víctima más y desatarse en un risa abierta que anuncia lo peor: el perdedor nato está conspirando, resurgiendo desde sus cenizas. ¿Es esto lo que en los intelectuales instalados preocupa de esta película? Bienvenido sea.
El baile de un cuerpo escuálido, a veces muy grácil, anuncia la alegría de la destrucción, punteando la ofensiva que está tramando el tormento de Arthur. Él está tan atónito por la crueldad que le rodea que ya no puede ni llorar ni articular palabra, por eso ríe de pronto, sin freno. A la risa desatada le suceden crímenes, en parte de los cuales el público participa con cierto regodeo disimulado. A la asistente negra que le cuida llega a espetarle: «Nunca me escucha, siempre repite la misma letanía. ¿No ve que, con la vida que me ha tocado, solo puedo tener pensamientos negativos?
Nos parece una concesión despistante, un guiño a los temas de moda, la alusión a un oscuro abuso infantil y a la irresponsabilidad de una madre, también horrible, que acaba siendo una víctima más de la justificada ira de Arthur. Pero en fin, nadie es perfecto, tampoco Philips. Aparte de esos despistes efectistas, pocas veces hemos visto (a veces en Moore) cómo la radiante sociedad de barras y estrellas trata realmente a sus súbditos. No sería tan extraño que la Academia estadounidense no la premie tanto como Venecia. O sí, pues el cinismo gringo es capaz de cometer la peor masacre y al poco tiempo sacarle partido con la crítica más espectacular.
La cinta de Todd Philips es oscura, compleja, con varios niveles de narración, difíciles incluso para los que se consideran expertos. En todo caso, Joker es mucho más política de lo que el director cree. Es normal que la aclamación popular sea masiva (muchos nos desahogamos con el asesinato de los tres ejecutivos que le patean en el metro), a la vez que el progresismo ilustrado, norteamericano o europeo, exprese sus reservas ante este uso directo de la violencia. Pero matando, Arthur solo está devolviendo a la sociedad lo que ésta ha hecho con él, acribillarlo a plazos. Que los progresistas, desde su limbo, llamen a esto terrorismo donde quieran. Sentimos el mismo desahogo cuando Arthur acribilla a balazos a esos tres hijos de perra como el que sentimos cuando por fin el protagonista de La caza (Th. Vintenberg) le parte la cara al carnicero del supermercado que le maltrata.
Los crímenes de Arthur, en cuanto le coge el gusto a esa venganza extremadamente conceptual, son todo lo exagerados que se quieran. Sin embargo expresan, y esto es lo inquietante para los intelectuales, que mucha gente vulgar (fea y pobre) no tiene más salida que la violencia directa. O eso o convertirse en víctima profesional que mendiga subvenciones. No es el caso de Arthur, demasiado digno moralmente y demasiado político (sin serlo) para eso. Digamos que la furia desatada, la fuerza autónoma de su risa le salva de convertirse en víctima. Las máscaras de los clowns que siguen al Guasón no son más que réplicas de las máscaras que todo el mundo lleva para ejercer la banalidad del mal, despersonalizada, irresponsable, acéfala. Todo ello en una sociedad mucho más hipócrita que las viejas sociedades de antaño. ¿Por qué esta obligación de sonreír? Pues bien, si es necesario sonreír sin parar Arthur decide reír a pierna suelta mientras mata. Es normal que los intelectuales, al fin y al cabo parásitos del aire climatizado de sus privilegios, se preocupen.
Joker es brutal. Ante todo, mostrando la cruel indiferencia de los poderosos. Frente a ella, lejos de estas series televisivas donde el crimen autista está justificado por un espectáculo sin entrañas, la violencia de Arthur es visceral y posee algo tan humano como el odio. Se dirige así contra los culpables de un orden social intrínsecamente perverso. Es seguro que Philips no tiene esta conciencia subversiva en mente, pero es algo lo que salió de sus manos.
Lo peor de ser pobre, perdedor o lisiado de guerra, es que la gente espera que no molestes y actúes como si no fueras más que una víctima que pide ayuda. No es el caso de Arthur Por eso acaba combinando tan bien comedia y tragedia. De la comedia barata a la que se ve obligado pasa a provocar la tragedia y, así, una comedia de orden superior, nada fácil para el público cautivo del espectáculo. Le devuelve entonces a la sociedad, Arthur, lo que ella misma ha generado. Él no puede, y tal vez no quiere, ir a la consulta del psicoanalista: se cura matando. Se dirá, con razón, que esta salida es inmoral. Pero es que también es inmoral el orden social que le rodea, ese círculo vicioso de maltrato y reacción criminal que nuestra sociedad del conocimiento genera.
¿De qué se ríe Arthur, finalmente? De un mundo que ha rebasado toda caricatura y que solo puede reencontrarse en el apocalipsis, mientras todo se lleva al extremo de la crueldad. Su adorable vecina negra, a la que también (como mínimo) llega a asustar, representa un poco la solidaridad entre marginados. Igual que el beso que le da Arthur al enanito asustado: «No quiero herirte, siempre me has tratado bien». Pero queda muy poca gente con corazón en la metrópoli, pocos que no estén, como mínimo, muy estresados y a la defensiva. Cuando Arthur le sigue la corriente a un niño negro en el autobús e intenta entretenerlo con muecas, enseguida tiene que oír la dura reprimenda de la madre, como si se tratase de un pervertido a la caza de niños inocentes.
Tropezamos entonces, era inevitable, con la moderna historia de la banalidad del mal. Casi nadie en esta película, tampoco Arthur, es un malo de cuento. Quizá tampoco el conductor de televisión, antiguo ídolo juvenil de Arthur, que se limita a hacer circular la crueldad que dispara el índice de audiencia. Germanwings, Columbine, Nanterre (Richard Durn) y cien lugares más nombran esos jóvenes que no hemos dejado llegar a adultos. Les empujamos a morir matando. Y en masa. ¿Por qué? Porque esos seres ya no veían la vida por ningún lado. En tono de comic, posiblemente sin saberlo, Philips no deja de tratar esta gravísima cuestión que, entre otras muchas, se cierne sobre unas metrópolis que han olvidado cualquier misericordia, cualquier piedad humana sin carnet. Es posible que, finalmente, el Norte tenga lo que se merezca. Es éste uno de los mensajes inconscientes de Philips. Gracias, es un poco más que nada.
Voy a recomendar a alguien que acaba de morir. Su nombre es Marcelo Zlotogwiazda. Fue un periodista argentino al que todos los que lean este post se regalarían conocer. Como periodista de radio, gráfica y televisión, puede resultar absurdo recomendarlo una vez que su voz no está. Sin embargo está más que nunca. Nadie en Argentina es indiferente a esta tristeza colectiva. Desde el presidente Mauricio Macri hasta el candidato Aníbal Fernandez lamentaron públicamente su muerte. Si saben algo de este país que habito, habrán escuchado de una grieta que asoma como bandera eterna: política, económica, deportiva. Zloto, como lo conocíamos todos, nunca fue parte de algo tan absurdo. Sus opiniones se sustentaban en un análisis de datos e interpretaciones. Ninguna moda le fue conocida, ningún dogma cercano. Su risa ancha era compatible con ‘llorarse encima’, ese modo de emoción fácil con el que vivía. Economista de coleta, de traje sin corbata, de dientes imperfectos y la clase de generosidad que existe cuando no hay nadie que atestigüe.
Hoy no hay que ir a hemerotecas para rastrear sus notas periodísticas. Basta con poner su nombre en algún buscador y aprender de su tono, de la elección de cada palabra y cada medio en el que eligió trabajar sopesando el contexto. De cada tema que abordó y cada entrevista que bordó. Y de seguir el rastro de esas decisiones hasta el final: pidió especialmente que nadie envíe flores a su entierro. Que si alguien pensaba hacerlo, donase alimentos no perecederos para los comedores de La Poderosa, uno de los espacios de resistencia villera más verdaderos que existen.
Abstract: Un libro de reciente aparición llamado «Caos: Charles Manson, la CIA y la Historia Secreta de los 60», de Tom O’Neill retoma -medio sigo después- el sonado caso del asesinato de Sharon Tate, entonces pareja del director Roman Polanski, junto a otras ocho personas, por parte de una banda liderada por Charles Manson. En el libro O’Neill indaga las conexiones de Manson con altos estamentos del gobierno americano y numerosas actuaciones dedicadas a impedir que esas conexiones lleguen a conocerse públicamente.
In August 1969 the slaughter of nine people in Los Angeles including the pregnant actress Sharon Tate could be considered the coup de grace of the anti-war, peace & love movement of the Sixties. Leading up to that time, US citizens flinched again and again beginning with the assassination of President John F. Kennedy in Nov. 1963, Malcolm X in February 1965, Martin Luther King in April 1968 and Robert F. Kennedy in June 1968. Official myths of these events prevailed.
With the Charles Manson epic, Los Angeles Prosecutor Vincent Bugliosi controlled the narrative for decades with his book “Helter Skelter: The True Story of the Manson Murders” written with Curt Gentry and published in 1974. Now perhaps Bugliosi’s version isn’t true after all. Tom O’Neill alters popular history in his groundbreaking 2019 book “CHAOS Charles Manson, the CIA and the Secret History of the Sixties.” O’Neill, a magazine writer, was assigned a story on the 30th anniversary of the murders – and got lost in a maze for 20 years as the story got stranger and bigger. Much of the book relays O’Neill’s personal confessions, doubts and struggles for the truth. O’Neill’s presentation seems a bit shy in that he lets Hollywood royalty affiliated with Manson off the hook – but then again, nobody would talk to him. And why would they? Craig Hammond AKA “Gray Wolf” who brokered communications with outsiders to Manson in prison told O’Neill that Manson brought his girls to orgies for the Hollywood elite. The genius of O’Neill’s book is that he does not have a grand theory of what happened – therefore he cannot be called “a conspiracy theorist.” This term was created by the CIA in 1967 as revealed by a New York Times Freedom of Information request in 1976:
O’Neill presents us with a trivial low-level criminal – Charles Manson – who is invited to San Francisco’s Haight Ashbury, the hippie capital of the USA. Coincidentally, the Haight Ashbury Free Clinic – where Manson frequently hung out – just happened to be a center of government-funded experiments with LSD and speed. After Manson’s arrest for the Tate-LaBianca murders, there was a burglary at the Haight Ashbury Free Clinic and all the files pertaining to the drug experiments were missing – the only files stolen. In 1975, Idaho Democratic Senator Frank Church launched an investigation into CIA activities via The Church Committee, which revealed MKULTRA mind control experiments to the public.
Manson went to San Francisco as a small time hustler and emerged a psychotic and violent chief of misrule, adept at hypnotizing his acolytes and likely was hypnotized himself. CIA mind control expert Louis Jolyon “Jolly” West is connected here – he’s the same guy who was allowed into prison to interview Lee Harvey Oswald’s assassin Jack Ruby, who lost his mind shortly after that encounter in his prison cell.
Despite being a federal prison parolee, Manson was never re-arrested for a series of other crimes leading up to the Tate-LaBianca murders. O’Neill offers proofs Manson was “protected” by judges and his parole officer to name a few. Retired District Attorney Lewis Watnick believed Manson to be a federal informant.
More perspective may be held in the taped confessions Manson henchman Tex Watson made to his attorney – but alas, they are not available. O’Neill writes “For reasons I can’t understand, district attorneys, law enforcement agencies, federal bureaus and other outposts of officialdom continue to suppress these files, even as they claim they have nothing to hide.”
Readers may want to explore more on the manipulated Sixties after reading this book. More in-depth studies will come up on search engines such as DuckDuckGo rather than from extremely limited Google algorithms.
En casa no teníamos una gran biblioteca, pero los libros que tenían que estar, estaban. Hermann Hesse, Roberto Arlt, Herbert Marcuse, Haroldo Conti, Macedonio Fernández, Los cuatro jinetes del apocalipsis, la colección completa de Transformaciones del Centro Editor de América Latina. Eso había leído cuando lo conocí. Yo tenía diecisiete; él, veintitrés. Dijo: ‘«hay un antes y un después de Faulkner» y desapareció para siempre de mi vida. Tapa dura y letras mínimas, colección «Los libros del mirasol», editorial Compañía General Fabril, 1961. Lo encontré en la librería de usados de San Lorenzo 983, en Rosario. Una mancha roja y pinceladas amarillas bajo el título «El sonido y la furia».
Hay muchas cosas que no se entienden durante la adolescencia, y muchas que se entienden mal. Yo no sabía todavía la diferencia. Leía, releía y volvía a empezar. Debe ser uno de los comienzos que más veces leí. No terminaba de entender qué pasaba. Por qué no entendía. Había un ruido, sí. Y un poco de furia. Le pregunté a mis amigos, nadie lo había leído. Todavía no existía internet para sacarse dudas. En la contraportada solo decía algo de un monólogo de Macbeth en el que estaba inspirado el título. Decidí avanzar. Olvidarme de entender. Tirarme de cabeza a las imágenes. De golpe todas las piezas encajaron. Algo hizo clic: ¡el narrador del comienzo tiene discapacidad intelectual! En palabras de Shakespeare, un idiota: «La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». Macbeth, 5º acto, escena 5. Esa era la cita completa que el libro no citaba. La referencia. Y de ruido, no de sonido. Faulkner construyó desde ese verso una novela monumental: la decadencia de los Compson, una familia tradicionalista del sur profundo de Estados Unidos. Cada uno de los tres primeros capítulos está narrado a partir de la voz de tres hermanos: Benjy, de treinta y tres años, pero con una mentalidad de tres (como consecuencia de su discapacidad); Quentin, que estudia en Harvard y atraviesa una depresión profunda (en parte por el enamoramiento de su hermana Caddy); y Jason, el único frío y cínico de los hermanos. El capítulo cuarto lo lleva adelante el narrador omnisciente de la historia a través de la mirada de la matriarca Dilsey Gibson, la sirvienta negra que estuvo toda su vida al servicio de la familia Compson. Cada parte sucede en un día, pero el presente y los recuerdos se presentan en un mismo plano de continuidad. En la novela, de 1929, no existe un tiempo lineal, ni en los personajes ni en el relato. La historia se desarrolla con un fluir de hechos que no necesitan de ningún consenso para ser comprendidos.
Era verdad. Fue un antes y un después. Descubrí en ese clic que el único límite es el que nos autoimponemos. Que, en la literatura —como en todas las expresiones del arte— las posibilidades son tantas como queramos que sean. Los modos, las formas, los recorridos.
Lo terminé y le pegué una calcomanía para reconocerlo si alguna vez me lo volvía a cruzar. Los libros prestados son entes libres, no tienen la costumbre de volver. Se lo di a una amiga sin decirle nada de lo que para mí era ya un secreto místico. No quería privarla de la epifanía que viví cuando entendí lo que estaba leyendo.
Veinte años después llegó a mis manos ‘Las Primas’, esa gran novela de Aurora Venturini escrita a sus ochenta y cinco. Otra vez esa voz. Esa cadencia. Esa ruptura sintáctica. Me dieron ganas de volver a leer a Benjy, el hermoso idiota que iluminó mi vida. Quería la misma edición: chiquita, con rojo, amarillo y negro en la tapa. Ya vivía en Buenos Aires, la ciudad con más librerías por habitantes del mundo. Así que esta vez la encontré en una de las tantas de usado de avenida Corrientes. Lo que no encontré fue esa calcomanía del CUDAIO (Centro Único de Donación, Ablación e Implante de Órganos de Santa Fe) que le había dejado como huella. Si quien lee esto tiene ese libro, busque en la segunda hoja. Si encuentra la calcomanía, ahora conoce su historia.