Un Londres borrascoso

Series

A pesar de que mis esfuerzos por recomendar Penny Dreadful no sirvieron para que nadie me hiciese caso —que si me da miedo, que si hay mucha sangre, que si la vi cenando—, y aunque todavía me choca de vez en cuando descubrir que hay cosas que a mí me hechizan y a muchos otros les repelen —pienso en Annihilation, en Melancholia—, realmente creo que es bueno compartir el entusiasmo. Por ello, y porque varios amigos la han visto y les ha gustado, aquí va una lanza por Taboo, serie de ocho episodios que Tom Hardy —ese actor que parece una bomba de relojería— produjo y protagonizó a partir de una historia escrita por su padre. Se estrenó a principios de 2017 y al parecer (léase lo siguiente con tono entusiasta) va a tener una segunda temporada.

En el año 1814 un hombre atormentado regresa a un Londres grisáceo que recuerda a un Mordor en el que la Compañía de las Indias sería la Torre Oscura y su presidente Sauron. Las visiones que le persiguen, sus tatuajes y el modo en que se mueve, habla y mira llevan a pensar que ha perdido la cordura. En realidad, él sabe lo que el espectador desconoce, y poco a poco se lo irá revelando como quien reparte por entregas las piezas de un puzle. Bailes, duelos, piratas, una África oscura y una América lejana; un amor prohibido; secretos mal ocultados; astilleros malolientes envueltos en la bruma; personajes dickensianos.

Si alguien alguna vez se ha preguntado qué hizo Heathcliff en los tres años en los que estuvo fuera de Yorkshire, Taboo ofrece una posible respuesta.

CV

Viaje a lo mejor de la memoria

Gastronomía

El olfato, garantía sin retorno al suburbio del pasado, con el negroni vive un poco perdido. La furia que le regala el campari lo distrae. La ginebra arrima poderío, y el vermouth, pide carta para dejarse ver. Cuando la piel de una naranja estalla sobre el vaso, no hay reversa: atraviesa como flecha la paz de cualquier cementerio. 

Yo lo tomaba con mi abuelo Ucraniano, de sombrero y bastón. Con él aprendí las reglas básicas: siempre en barras, a media tarde, y en vaso ancho. 

El uso del sorbete está prohibido, la charla en exceso debe evitarse. 

Abstenerse los tibios de espíritu, para ellos el infierno de la whiscola.

Ingredientes cocktail Negroni

  • Hielo
  • 30ml de Ginebra
  • 30ml de Vermouth dulce
  • 30ml de Campari
  • Soda (opcional)
  • 1 rodaja de naranja

Marina Eleonora Rubio

photo: LIZZIE MUNRO

Music is in the air

Documentales, Música

Foto: Getty Images en wsj.com

Como la mayoría, escucho música desde mi adolescencia, cuando nos juntábamos con amigos a oír nuestros respectivos discos (vinilos, en esa época) y mostrar nuestras últimas adquisiciones.

En algún momento posterior descubrí el jazz y me hice muy fan, incluso buscando justificaciones a diestra y siniestra de porqué el jazz era la “música del futuro”. Aún conservo una colección de más de 200 vinilos de casi todos los estilos.

Años después descubrí el blues, antecesor y pariente pobre del jazz, y también me hice muy aficionado, cosa que aún se mantiene. Eso me llevó no sólo a escucharlo sino también a involucrarme en programas de radio, escribir algunos artículos periodísticos, fundar junto a otros aficionados y presidir durante cuatro años la Sociedad de Blues de Madrid e, incluso, hacer un documental sobre el género en Rosario, la ciudad de Argentina donde residí más de 20 años (el docu se llamó “Rosagasario blues” y puede verse aquí)

Essta relación intensa con la música siempre tuvo un lado “pendiente”, y es el de aprender a tocar algún instrumento. En mi casa nadie lo hacía (aunque mi padre era muy aficionado al tango y fue el que me inculcó el gusto por la música) y siempre me reprimí bastante eso de lanzarme y experimentar. Aún hoy sigo intentándolo, y no descarto alguna vez dominar la armónica.

Todo esto viene a cuento porque el hecho de “tener pendiente” lo de tocar me lleva a pensar mucho la relación con la música. Por eso este post, que acabaré con un documental de 1966 del gran pianista de jazz Bill Evans (a quién descubrí en aquellos primeros años del jazz) llamado La Mente Universal de Bill Evans, y donde conversa con su hermano Harry acerca de cómo es el aprendizaje, la improvisación y todo lo que involucra el proceso creativo.

Si no consigo que el documental os interese, al menos espero que -para quien no lo conozca- os anime a escuchar a Bill Evans. Una verdadera delicia.

JB Chorch

Facebook & me

Internet y RRSS

Navego en Internet desde mucho antes de la existencia de las redes sociales, cuando Google era uno más, y no el amo y señor de las búsquedas, y existían otros buscadores tales como Altavista, Lycos, etc. (en este enlace podéis curiosear, si no los conocíais) y toda la comunicación interpersonal estaba centrada en el correo electrónico y en algunos chats muy básicos y primitivos.

Luego, con la llegada de las redes sociales y en especial Facebook, me subí con mucho entusiasmo a esa posibilidad (casi) infinita de poder conectar con amigos y familiares que hacía años no veía o vivían muy lejos. Y aunque con un amigo conversábamos mucho sobre el tema y especulábamos sobre la segura transformación comercial, en ese momento era la utopía comunicativa hecha realidad.

Así es que, luego de abrir mi perfil y ajeno a cualquier prevención, me sumé a los muchos que completaron la información con todos y cada uno de mis gustos y preferencias acerca de películas, música, lugares que visité, fotos de todo tipo y cada categoría que el Face me propusiera rellenar. Junto con ello –of course– el tiempo de estar conectado creció hasta niveles impensados, por no decir permanente.

Pero, desde hace un par de años, la relación empezó a cambiar. Sumado a un cansancio personal (intuyo que el de muchos más, pero no tengo datos para corroborarlo), comenzaron a aparecer (o, simplemente, yo les comencé a prestar más atención) informaciones sobre la creciente manipulación de aquellos datos generosamente cedidos a la plataforma y los cambios que esa exposición provocaba en la sociabilidad, alentado un ensimismamiento muy nocivo, caldo de cultivo ideal para las Fake news.

Todo ello fue provocando también una creciente aparición de artículos de expertos recomendando morigerar el tiempo de conexion, cuando no abandonar las redes, ya imposibles de cumplir aquella promesa de comunicabilidad.

En este momento estoy en un proceso de “retirada” temporal, intentando limitar mi exposición a accesos puntuales y a un uso promocional de mi actividad profesional, mientras leo con interés (y recopilo) todos los artículos que refieren a lo que me atrevo a llamar un “momento post Cambridge Analytics”, en relación a la denuncia por manipulación de datos de Facebook para la campaña que llevó al triunfo a Trump.

Comparto con vosotros la reflexion y algunos de esos artículos:

Jaron Lanier, pionero de Internet, quiere que dejes las redes sociales

Como enmendar la crisis de Facebook sin enfadar a nadie

Víctor Sampedro: “Cada comunidad consume su propia mentira”

Exconectados: se bajan de las redes sociales para ser más felices

JB Chorch