Regreso al otro lado

Artículos, Biografías y entrevistas, Documentales, Series, Videos

Para los de mi generación – y algunas aledañas – hubo un antes y un después de El Otro Lado. Era el año 93 (de siglo pasado, claro, pero a los que venimos de allí nos cuesta decir 1993) y no me acuerdo muy bien cómo lo descubrí, aunque si me acuerdo que tuve la suerte de verlo desde el primer programa. Estoy hablando de televisión, en la época que no había ordenadores y el cable recién estaba en sus inicios. 

Argentina en pleno auge del menemismo –neoliberalismo total versión sudaca- y la programación televisiva estaba en medio de un gran cambio, desde lo tecnológico hasta la parrilla, con programas que ya mostraban la punta del iceberg de lo que luego se llamaría telebasura: el entretenimiento más banal y los realities.

En medio de eso aparece Polito y nos rompe la cabeza a todos. De repente, como por arte de magia, empiezan a desfilar por la pantalla personajes absolutamente alejados de todo glamour y elegancia. Prostitutas de tugurios de mala muerte, camioneros y gitanos trashumantes, playboys en decadencia y travestis resistiendo como pueden la marginación. Todos ellos contándole a la cámara – a Polo, mejor dicho – su vida, la vida de cualquiera, nuestra vida.

En la actualidad – con la proliferación de series, con Youtube, con la oferta infinita de canales, películas y programas- suena casi ridículo contar lo que era la espera semanal para poder ver un nuevo capítulo. Casi parece otra vida, comparada con esta. Eso provocaba El Otro Lado.

Paradojas a mí: cuando ya había abandonado toda esperanza, gracias a Youtube y a que el 3 de diciembre se cumplió otro aniversario de su muerte, pude saber que allí se puede encontrar casi todo, como no podía ser de otra manera. Todo es todo lo que Polo hizo desde El Otro Lado, dos temporadas, y El Visitante, su último programa de una temporada. Pero, además, se puede ver el documental “Por la vereda de la sombra”, documental del 2004 que cuenta cómo fue esa magia y la tristeza del final. Más abajo el enlace y aquí una búsqueda básica con casi todos los programas.

No tengo idea de cómo será visto por las nuevas generaciones pero tengo absolutamente claro – sin nostalgia pero si algo de melancolía – que aquella mirada resiste el paso del tiempo y se me hace difícil encontrar en televisión cosas que provoquen un impacto similar.

Documental «En la vereda de la sombra»

JOKER: ¿Retrato de la violencia que viene?

Cine y Series, Películas, Vida y Sociedad

Retrato más bien de cierta dulzura anómala. O de la compasión que viene, pues Todd Philips, en esta película que no deja indiferente a nadie, habla ante todo del sufrimiento del ser humano, un tormento del perdedor que podría ser cualquiera de nosotros. Cuando el protagonista vacía la nevera y se mete dentro, después de un sinfín de humillaciones, está indicando que quiere retirarse de la presión incansable de este orden social que llamamos piadosamente capitalismo, como si fuera solo un régimen de economía ajeno a nuestra alma.  En realidad, ¿quién no ha sentido la urgencia de esconderse, tal vez para siempre, de un régimen social omnipresente, temible como pocos?

Lo que no vale la pena es pararse otra vez en la «impresionante actuación» de J. Phoenix, que las ha tenido tan buenas o mejores (¿nadie ha visto María Magdalena?). Tampoco tiene mucho sentido volver a insistir en la magnífica «paleta de colores» y el uso calibrado de la banda sonora. Todo eso es cierto, pero se ha repetido cien veces, ya forma parte de los tópicos y es lo más estándar de la película. Como tampoco es estimulante volver otra vez sobre las comparaciones, sea con Taxi driver, con anteriores trabajos de Todd Philips u otras versiones de Joker, sean las de Heath Ledger o las de Jack Nicholson.

«No sé por qué todos han de ser tan groseros» -dice Arthur- hablando de sí mismo y de la gente rara como él. Corazón torturado, alma melancólica. Desde su tragicomedia, Arthur consigue por fin pensar y encadenar actos medidos. La cadencia es lo que hace a esta película, un uso combinado de los tiempos del suspense, la acción, la introspección, la parálisis y la reflexión que hace al film un poco magnético, aunque siempre haya quien se queje de que el resultado es demasiado lento y haya de dividirlo en partes, que gustan más o menos. Sea como sea, la música de Joker está antes en la cadencia temporal de la narración, y su fluida concatenación de escenas, que en el registro sonoro. Sin que sea tampoco una obra de arte que parte en dos la historia del cine (en este punto nuestro aburrimiento doméstico puede hacer estragos), lo que hace tan apreciable Joker es otra cosa. Se puede ir a ver como un cómic más de superhéroes (otra vez el satanizado símbolo de los oprimidos frente al aristocrático Batman) y se encuentra uno con la estupenda hechura de un realismo sucio que nos recuerda, y esto no ocurre tantas veces, en qué mundo real vivimos, bajo las pantallas policromadas que nos entretienen.

La primera virtud de este trabajo de Philips es un primer plano de cómo sufre la gente común, tras el espectáculo de la radiante America. Una incursión bruta en lo real, que ningún maquillaje puede ocultar. Arthur no pertenece ni se adhiere a ninguna de las minorías mimadas por un sistema que maltrata a la mayoría no reconocida de la humanidad. Blanco, joven, heterosexual, Arthur Fleck (no lo imaginamos ilusionado ni con Obama ni con Trump) sufre un trastorno mental que es sistemáticamente desatendido e injuriado por todo el espectro social que le rodea, estado y sociedad civil incluidas. Y maltratado también por una juventud despiadada y unos comunicadores (la estrella mediática que encarna Robert De Niro) que no hacen más que, tal moscas en la carne, parasitar la desgracia ajena. No solo no queda ya ni rastro del sueño americano, sino que se ha convertido en una pesadilla para la gente de a pie. En cierto modo, Arthur es un moralista. Para él solo se salvan de un comportamiento perverso u horrible (awfull) los enanos y alguna otra subespecie de monstruos sociales, igual de zarandeados que él. El resto, enfermeras y asistentes sociales incluidas, participan de esa masacre acéfala de los don nadie que caen del lado de la invisibilidad. Arthur es un perdedor, pero se niega a dejar de serlo. Mejor dicho, se resiste a apuntarse a una salida en falso para convertir su desgracia en empresa cómica, sonriendo sin cesar como si nada grave pasase. Delante de su asistente social (negra, por más señas), a la que acusa de no escucharle, Arthur dice: «Lo peor es que toda la gente que sufre y está enferma debe actuar como si no lo estuvieran y parecer normales».

La segunda virtud es que Arthur se arma desde su «enfermedad», no huyendo de ella. Precisamente cuando el estado neoliberal le corta el suministro de medicamentos paliativos, convierte su dolencia en instrumento de otro saber, otro modo de vida e iniciativas de acción. Arthur apunta en un cuaderno sus pensamientos, algunos chistes y dibujos de su infierno personal. Sin nada que perder, escribe frases lapidarias: «Espero que mi muerte tenga más sentido que mi vida». De hecho, su risa expresa sin palabras el desprecio que le inspira un orden social demócrata-republicano que es tan grotesco que ya no admite más críticas ni caricaturas. Digamos que no articular una crítica discursiva, sino desarticular una risa imparable, es una decisión política, aunque no plenamente consciente (ni falta que hace). No llorar es lo que hace Arthur, no quejarse como una víctima más y desatarse en un risa abierta que anuncia lo peor: el perdedor nato está conspirando, resurgiendo desde sus cenizas. ¿Es esto lo que en los intelectuales instalados preocupa de esta película? Bienvenido sea.

El baile de un cuerpo escuálido, a veces muy grácil, anuncia la alegría de la destrucción, punteando la ofensiva que está tramando el tormento de Arthur. Él está tan atónito por la crueldad que le rodea que ya no puede ni llorar ni articular palabra, por eso ríe de pronto, sin freno. A la risa desatada le suceden crímenes, en parte de los cuales el público participa con cierto regodeo disimulado. A la asistente negra que le cuida llega a espetarle: «Nunca me escucha, siempre repite la misma letanía. ¿No ve que, con la vida que me ha tocado, solo puedo tener pensamientos negativos?

Nos parece una concesión despistante, un guiño a los temas de moda, la alusión a un oscuro abuso infantil y a la irresponsabilidad de una madre, también horrible, que acaba siendo una víctima más de la justificada ira de Arthur. Pero en fin, nadie es perfecto, tampoco Philips. Aparte de esos despistes efectistas, pocas veces hemos visto (a veces en Moore) cómo la radiante sociedad de barras y estrellas trata realmente a sus súbditos. No sería tan extraño que la Academia estadounidense no la premie tanto como Venecia. O sí, pues el cinismo gringo es capaz de cometer la peor masacre y al poco tiempo sacarle partido con la crítica más espectacular.

La cinta de Todd Philips es oscura, compleja, con varios niveles de narración, difíciles incluso para los que se consideran expertos. En todo caso, Joker es mucho más política de lo que el director cree. Es normal que la aclamación popular sea masiva (muchos nos desahogamos con el asesinato de los tres ejecutivos que le patean en el metro), a la vez que el progresismo ilustrado, norteamericano o europeo, exprese sus reservas ante este uso directo de la violencia. Pero matando, Arthur solo está devolviendo a la sociedad lo que ésta ha hecho con él, acribillarlo a plazos. Que los progresistas, desde su limbo, llamen a esto terrorismo donde quieran. Sentimos el mismo desahogo cuando Arthur acribilla a balazos a esos tres hijos de perra como el que sentimos cuando por fin el protagonista de La caza (Th. Vintenberg) le parte la cara al carnicero del supermercado que le maltrata.

Los crímenes de Arthur, en cuanto le coge el gusto a esa venganza extremadamente conceptual, son todo lo exagerados que se quieran. Sin embargo expresan, y esto es lo inquietante para los intelectuales, que mucha gente vulgar (fea y pobre) no tiene más salida que la violencia directa. O eso o convertirse en víctima profesional que mendiga subvenciones.  No es el caso de Arthur, demasiado digno moralmente y demasiado político (sin serlo) para eso. Digamos que la furia desatada, la fuerza autónoma de su risa le salva de convertirse en víctima. Las máscaras de los clowns que siguen al Guasón no son más que réplicas de las máscaras que todo el mundo lleva para ejercer la banalidad del mal, despersonalizada, irresponsable, acéfala. Todo ello en una sociedad mucho más hipócrita que las viejas sociedades de antaño. ¿Por qué esta obligación de sonreír? Pues bien, si es necesario sonreír sin parar Arthur decide reír a pierna suelta mientras mata. Es normal que los intelectuales, al fin y al cabo parásitos del aire climatizado de sus privilegios, se preocupen.

Joker es brutal. Ante todo, mostrando la cruel indiferencia de los poderosos. Frente a ella, lejos de estas series televisivas donde el crimen autista está justificado por un espectáculo sin entrañas, la violencia de Arthur es visceral y posee algo tan humano como el odio. Se dirige así contra los culpables de un orden social intrínsecamente perverso. Es seguro que Philips no tiene esta conciencia subversiva en mente, pero es algo lo que salió de sus manos.

Lo peor de ser pobre, perdedor o lisiado de guerra, es que la gente espera que no molestes y actúes como si no fueras más que una víctima que pide ayuda. No es el caso de Arthur Por eso acaba combinando tan bien comedia y tragedia. De la comedia barata a la que se ve obligado pasa a provocar la tragedia y, así, una comedia de orden superior, nada fácil para el público cautivo del espectáculo. Le devuelve entonces a la sociedad, Arthur, lo que ella misma ha generado. Él no puede, y tal vez no quiere, ir a la consulta del psicoanalista: se cura matando. Se dirá, con razón, que esta salida es inmoral. Pero es que también es inmoral el orden social que le rodea, ese círculo vicioso de maltrato y reacción criminal que nuestra sociedad del conocimiento genera.

¿De qué se ríe Arthur, finalmente? De un mundo que ha rebasado toda caricatura y que solo puede reencontrarse en el apocalipsis, mientras todo se lleva al extremo de la crueldad. Su adorable vecina negra, a la que también (como mínimo) llega a asustar, representa un poco la solidaridad entre marginados. Igual que el beso que le da Arthur al enanito asustado: «No quiero herirte, siempre me has tratado bien». Pero queda muy poca gente con corazón en la metrópoli, pocos que no estén, como mínimo, muy estresados y a la defensiva. Cuando Arthur le sigue la corriente a un niño negro en el autobús e intenta entretenerlo con muecas, enseguida tiene que oír la dura reprimenda de la madre, como si se tratase de un pervertido a la caza de niños inocentes.

Tropezamos entonces, era inevitable, con la moderna historia de la banalidad del mal. Casi nadie en esta película, tampoco Arthur, es un malo de cuento. Quizá tampoco el conductor de televisión, antiguo ídolo juvenil de Arthur, que se limita a hacer circular la crueldad que dispara el índice de audiencia. Germanwings, Columbine, Nanterre (Richard Durn) y cien lugares más nombran esos jóvenes que no hemos dejado llegar a adultos. Les empujamos a morir matando. Y en masa. ¿Por qué? Porque esos seres ya no veían la vida por ningún lado. En tono de comic, posiblemente sin saberlo, Philips no deja de tratar esta gravísima cuestión que, entre otras muchas, se cierne sobre unas metrópolis que han olvidado cualquier misericordia, cualquier piedad humana sin carnet. Es posible que, finalmente, el Norte tenga lo que se merezca. Es éste uno de los mensajes inconscientes de Philips. Gracias, es un poco más que nada.

Ignacio Castro Rey

El crimen en el origen. La paciente silenciosa

Libros

Al principio fue el crimen. No es una cita literal de ningún texto iniciático pero bien podría serlo. Rómulo mató a Remo, Caín mató a Abel, Cronos devoró a sus hijos y sobre su sangre se construyeron las civilizaciones. En el origen del hombre, y de la mujer, está la destrucción, de uno de mismo o del otro. Así lo entendieron las narraciones mitológicas y sobre ellas construyó el psicoanálisis su relato.

Alex Michaelides ha escrito un libro sobre el crimen desde su concepción en el pensamiento. Aquí no hay huellas, pistolas humeantes, ni coartadas irrefutables. El auténtico detective, ya lo decía el legendario Hércules Poirot, de cuya creadora el autor se confiesa admirador, estudia la psique, la naturaleza humana que conduce a matar. El policía aquí es un psicoanalista que trata de llegar a la mente de una paciente, una pintora enmudecida tras el asesinato de su marido. Psicoanálisis sin palabras, comunicación a través del arte y el relato mitológico como metáfora del trastorno.

El thriller psicológico nos enfrenta a nuestros monstruos. Como el psicoanálisis, nos hace hurgar en nuestros orígenes, ahí donde habita lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Todos somos destructores y redentores en potencia. Y a cada uno le corresponde al menos un papel.

Bea

Garganta poderosa

Radio y TV

Voy a recomendar a alguien que acaba de morir. Su nombre es Marcelo Zlotogwiazda. Fue un periodista argentino al que todos los que lean este post se regalarían conocer. Como periodista de radio, gráfica y televisión, puede resultar absurdo recomendarlo una vez que su voz no está. Sin embargo está más que nunca. Nadie en Argentina es indiferente a esta tristeza colectiva. Desde el presidente Mauricio Macri hasta el candidato Aníbal Fernandez lamentaron públicamente su muerte. Si saben algo de este país que habito, habrán escuchado de una grieta que asoma como bandera eterna: política, económica, deportiva. Zloto, como lo conocíamos todos, nunca fue parte de algo tan absurdo. Sus opiniones se sustentaban en un análisis de datos e interpretaciones. Ninguna moda le fue conocida, ningún dogma cercano. Su risa ancha era compatible con ‘llorarse encima’, ese modo de emoción fácil con el que vivía. Economista de coleta, de traje sin corbata, de dientes imperfectos y la clase de generosidad que existe cuando no hay nadie que atestigüe.

Hoy no hay que ir a hemerotecas para rastrear sus notas periodísticas. Basta con poner su nombre en algún buscador y aprender de su tono, de la elección de cada palabra y cada medio en el que eligió trabajar sopesando el contexto. De cada tema que abordó y cada entrevista que bordó. Y de seguir el rastro de esas decisiones hasta el final: pidió especialmente que nadie envíe flores a su entierro. Que si alguien pensaba hacerlo, donase alimentos no perecederos para los comedores de La Poderosa, uno de los espacios de resistencia villera más verdaderos que existen.

http://www.lapoderosa.org.ar

Marina Eleonora Rubio

Una mujer kurda

Artículos, Biografías y entrevistas, Documentales, Links, Política y Economía

En estos días la noticia internacional es la invasión militar del norte de Siria por parte del ejército turco de Erdogan, condenando a la población kurda y sus organizaciones – sí, la misma que fue imprescindible para combatir y derrotar al ISIS – al exilio y la muerte, con el silencio cómplice de Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea.

Alba Sotorra es una cineasta catalana que en 2014 decidió irse con su cámara a esa zona de conflicto. En el vídeo de más abajo cuenta, en una charla TED del 2016, como fue esa experiencia y, especialmente, cómo fue estar al lado de una comandante de milicianas kurdas llamada Aryan. Su relato es emocionado e impactante. Son 19 minutos imprescindibles que recomiendo fervorosamente.

Como complemento, como actualización, un artículo de ayer mismo del popular periodista catalán Jordi Evole en La Vanguardia, acertadamente titulado «Kurdos de usar y tirar«, y otro artículo denominado «Erdogan en Rojava» del filósofo español Santiago Alba Rico (de quien ya he publicado algún post aquí mismo) con un análisis muy agudo de la geopolítica de la región.

Ah, y muy importante: la experiencia de Sotorra derivó en la realización de un documental llamado Comandante Aryan que, en España, puede verse en la plataforma Filmin. Realmente no sé cómo verlo en otros países. Ya tenéis tarea.