Esta recomendación será la más efímera que he hecho hasta ahora, ya que viene con fecha de caducidad y limitada a una zona geográfica. Luego del 12 de noviembre de 2019, esto pasará a ser nada más que un rectángulo negro en la pantalla.
Pero no deja de tener cierta justicia poética.
Estoy hablando de un documental de televisión en torno a los creadores de Black Mirror realizado por la cadena pública franco alemana Arte TV, que en España (y buena parte de Europa) puede verse directamente en la web www.arte.tv.
En el documental, los creadores Charlie Brooker y Annabel Jones cuentan las referencias en donde se inspiran para crear la serie, y aprovechan para hablar de tecnología, distopía y diversos presagios sobre un futuro no muy lejano. Con acierto, el documental aprovecha para hablar y mostrar otras cosas relacionadas.
Ya he publicado alguna cosa de Ignacio Castro Rey, como la recomendación del libro Rose de Sebes, sobre su retiro de mil días en la montaña de España que da lugar al nombre.
La de hoy es un conferencia que dio el filósofo en Barcelona el 2 de febrero pasado, y que se llamó «Terrorismo sostenible de la Estética». Como señala su presentador, refiriendo a un decano de una universidad catalana hablando sobre Castro : «…no estoy de acuerdo con casi nada de lo que me está diciendo pero… ¡caramba! ¡Cuanto me haces pensar».
Yo estoy un poco más de acuerdo que aquel decano – por lo menos de las cosas que entiendo – pero también me hace pensar y en un dirección que actualmente que da mucho sentido a mi tribulaciones.
En esta conferencia el tema – uno de ellos, el más importante a mi entender – es el señalamiento que hace Ignacio de la carencia de «Paradas» en la vida actual, como un intento deliberado de la modernidad (¿el sistema?, ¿el capitalismo?) de tenernos todo el tiempo navegando – como en una «tabla de surf» – para evitar detenernos a pensar en nuestra existencia.
Bien, como todo esta introducción puede no ser más que una interpretación mía, y sólo mía, paso a dejaros el vídeo, para que saquéis las vuestras propias.
Ante el despilfarro de imágenes planas, tontas y absurdas en todo tipo de pantallas, la llegada de ‘Érase una vez en Hollywood», la última película de Quentin Tarantino, es un regalo infinito.
Una obra completa en todos los sentidos posibles. Compleja, deliciosa.
Parábola del capitalismo con actuación sobre la actuación misma. Cita al cine con cine y televisión, a los hechos con historia y ficción, a lo inefable con violencia y humor. Todo eso en Los Ángeles, la ciudad de sus sueños de infancia (otra vez la referencia a la referencia) y del sueño americano, y con un alud de decisiones formales que provocan una cinestesia irrefrenable. Cambia de géneros (suspenso, drama, comedia, terror) en una secuencia. No piensa a sus personajes desde funcionales antagonismos. Nos obliga, como hizo Oliver Hirschbiegel con la película ‘La caída, a mirar un solo costado.
Es para ver varias veces y disfrutar el juego simultáneo de pliegues, metáfora, recursos y guiños, en clave de sátira viciada de esa américa medievalista cowboy.
Como extras: el tiempo de descanso para asentar cada giro, la secuencia gore naivety, y ese final como promesa de otro mundo que nunca llegará.
Recordar: Tarantino no es Ken Loach. No hay que pedirle peras al olmo.
Tengo una duda recurrente cada vez que quiero «recomendar» cosas como la del post de hoy: ¿tiene sentido mostrar una de las situaciones más denigrantes de la actualidad sin, al menos, sugerir algún tipo de solución? ¿no contribuye eso a generar más escepticismo?
No tengo una respuesta clara. Sólo me da algo de tranquilidad pensar que los que lean este post (y miren el vídeo) son personas inteligentes y que su mejor juicio no depende de las «soluciones» que yo pueda sugerir.
Dicho esto, y como el vídeo está en inglés, dejo algunas referencias claves: se trata de un reportaje de la BBC -la televisión pública británica- sobre el llamado «Peor campo de refugiados del mundo»: el de la isla de Lesbos, en Grecia. En él malviven más de 7 mil refugiados, aunque su capacidad no llega a 3 mil. Allí la gente tiene que hacer colas de tres horas para recibir comida, pasar todo un día con sólo una botella de agua y compartir entre 70 personas cada sanitario. La atención sanitaria está a tono con esto.
No hay que ser muy perspicaz para advertir los problemas de convivencia que esto provoca, con peleas habituales entre sus habitantes, especialmente entre gente de distintos orígenes (Siria, Afganistán, Etiopía, etc.) obligada a convivir en estas condiciones. Aún así, eso no es lo peor. El reportaje fue motivado porque empezaron a darse casos de niños de 10 años intentando suicidarse. No creo que haga falta agregar nada más.
Abstract: Un libro de reciente aparición llamado «Caos: Charles Manson, la CIA y la Historia Secreta de los 60», de Tom O’Neill retoma -medio sigo después- el sonado caso del asesinato de Sharon Tate, entonces pareja del director Roman Polanski, junto a otras ocho personas, por parte de una banda liderada por Charles Manson. En el libro O’Neill indaga las conexiones de Manson con altos estamentos del gobierno americano y numerosas actuaciones dedicadas a impedir que esas conexiones lleguen a conocerse públicamente.
In August 1969 the slaughter of nine people in Los Angeles including the pregnant actress Sharon Tate could be considered the coup de grace of the anti-war, peace & love movement of the Sixties. Leading up to that time, US citizens flinched again and again beginning with the assassination of President John F. Kennedy in Nov. 1963, Malcolm X in February 1965, Martin Luther King in April 1968 and Robert F. Kennedy in June 1968. Official myths of these events prevailed.
With the Charles Manson epic, Los Angeles Prosecutor Vincent Bugliosi controlled the narrative for decades with his book “Helter Skelter: The True Story of the Manson Murders” written with Curt Gentry and published in 1974. Now perhaps Bugliosi’s version isn’t true after all. Tom O’Neill alters popular history in his groundbreaking 2019 book “CHAOS Charles Manson, the CIA and the Secret History of the Sixties.” O’Neill, a magazine writer, was assigned a story on the 30th anniversary of the murders – and got lost in a maze for 20 years as the story got stranger and bigger. Much of the book relays O’Neill’s personal confessions, doubts and struggles for the truth. O’Neill’s presentation seems a bit shy in that he lets Hollywood royalty affiliated with Manson off the hook – but then again, nobody would talk to him. And why would they? Craig Hammond AKA “Gray Wolf” who brokered communications with outsiders to Manson in prison told O’Neill that Manson brought his girls to orgies for the Hollywood elite. The genius of O’Neill’s book is that he does not have a grand theory of what happened – therefore he cannot be called “a conspiracy theorist.” This term was created by the CIA in 1967 as revealed by a New York Times Freedom of Information request in 1976:
O’Neill presents us with a trivial low-level criminal – Charles Manson – who is invited to San Francisco’s Haight Ashbury, the hippie capital of the USA. Coincidentally, the Haight Ashbury Free Clinic – where Manson frequently hung out – just happened to be a center of government-funded experiments with LSD and speed. After Manson’s arrest for the Tate-LaBianca murders, there was a burglary at the Haight Ashbury Free Clinic and all the files pertaining to the drug experiments were missing – the only files stolen. In 1975, Idaho Democratic Senator Frank Church launched an investigation into CIA activities via The Church Committee, which revealed MKULTRA mind control experiments to the public.
Manson went to San Francisco as a small time hustler and emerged a psychotic and violent chief of misrule, adept at hypnotizing his acolytes and likely was hypnotized himself. CIA mind control expert Louis Jolyon “Jolly” West is connected here – he’s the same guy who was allowed into prison to interview Lee Harvey Oswald’s assassin Jack Ruby, who lost his mind shortly after that encounter in his prison cell.
Despite being a federal prison parolee, Manson was never re-arrested for a series of other crimes leading up to the Tate-LaBianca murders. O’Neill offers proofs Manson was “protected” by judges and his parole officer to name a few. Retired District Attorney Lewis Watnick believed Manson to be a federal informant.
More perspective may be held in the taped confessions Manson henchman Tex Watson made to his attorney – but alas, they are not available. O’Neill writes “For reasons I can’t understand, district attorneys, law enforcement agencies, federal bureaus and other outposts of officialdom continue to suppress these files, even as they claim they have nothing to hide.”
Readers may want to explore more on the manipulated Sixties after reading this book. More in-depth studies will come up on search engines such as DuckDuckGo rather than from extremely limited Google algorithms.