¿Cómo son, los que no son como nosotros?

Series

La serie no trata de dinero. Ni de gente con dinero. No importa la discusión de la crítica sobre comedia o drama. ¿Qué pasa cuándo se tiene tanto que el límite solo depende de uno mismo? Eso es lo que importa y de lo que trata Succession, la serie de HBO que va por su segunda temporada.

Los pases de comedia como resultado del exceso abochornado. El despilfarro de lo amoral. Y la presencia siempre constante de los mass media como fondo de escenario (igual a Vietnam, ese tajo profundo y absurdo de los americanos).

Nada de eso. Como en The Wire (que la muerte perdone mi blasfemia), lo que importa es la supervivencia. En este caso, al derroche. El desarrollo de cada personaje ante sí mismo y la nada. No la trama. No la infamia del uno por ciento que domina el mundo. Sino el entresijo, también ordinario, de quienes están detrás.

Si alguien necesita ‘saber de qué trata’ esta serie, extraje esta descripción de Wikipedia: »Succession sigue a la familia Roy – Logan Roy y sus cuatro hijos – que controlan uno de los conglomerados de medios y entretenimiento más grandes del mundo. La serie rastrea sus vidas mientras contemplan lo que les deparará el futuro una vez que su anciano padre abandone la compañía».

Marina Eleonora Rubio

La radicalidad del cuerpo vivo es la única batalla

Arte, Biografías y entrevistas, Política y Economía, Tecnologías

Con Paul B Preciado soy parte del pueblo que falta. Dice: «los movimientos de resistencia política son estrategias de expropiación de las técnicas de producción de verdad, del cuerpo, de subjetividad». Nada de lo que dice es ajeno a lo que hace. Desacralizó su cuerpo de los discursos médicos y jurídicos, hasta pasar «de feminista radical a trans anti-identidad».

No pierdan un segundo más sin escuchar a Paul B Preciado. Escuchar lo que hace es ver lo que dice:

¿A qué no pueden parar?

Marina Eleonora Rubio

La heredera de Prince

Música

Imágenes: JB Chorch

Mi segundo post en el blog sobre Prince y su Sign of the Times de 1987 marca mi admiración total hacia artista de Minneapolis, por lo que el título que encabeza este blog no es baladí ni una ligereza por mi parte. Me parece que es la mejor manera de hacer honor a la artista que quiero recomendaros y que se llama Judith Hill.

Había sabido de su actuación en la Sala Clamores de Madrid unos días antes (aquí una magnífica crónica de esa noche), pero al no poder ir -ni haber escuchado casi nada de su música- mi presencia para verla en el Festival Enclave de Agua de Soria (España) era casi virginal.

Sobrenatural, fue el primer calificativo que me vino a la cabeza. La verdad es que no sé en qué medida aquella virginidad había marcado mi percepción pero si recuerdo que con mis amigos Eva y David estábamos absolutamente extasiados, casi en trance diría, disfrutando del concierto. En resumen, nos «rompió la cabeza».

Soy de la idea de que hay artistas y géneros que son más para escenarios pequeños e íntimos, y otros que despliegan todo su potencial en los grandes foros. Sin dudas, Judith Hill es de las segundas. Si destacó en una sala como Clamores, en el Enclave directamente brilló hasta el infinito. Con una banda que desbordó precisión y groove (ver al artículo citado para el detalle de sus integrantes), como si hubieran tocado toda la vida juntos -y estando pa y ma en ellas esta afirmación no es superficial-, creando el caldo de cultivo para Judith desbordara la escena cantando, bailando y tocando guitarra y piano magníficamente.

En fin, creo que si sigo escribiendo sólo me saldrá una sucesión sin ton ni son de calificativos elogiosos, empalagando totalmente el post. Si tenéis oportunidad de verla no lo penséis ni un segundo. En Europa estará nuevamente en noviembre; en el resto del mundo… investigad. Mientras tanto, como consuelo, su último videoclip, aunque soy plenamente consciente que apenas llega a ser un placebo.

Los tres días del cóndor

Cine y Series, Películas, Series

La atmósfera, en teoría, es esa mezcla de sonido y fotografía que hace que una película sea un mundo en sí mismo; un lugar en el que entramos, del que salimos y al que, si queremos o podemos, volvemos. Probablemente es uno de los motivos por los que algunos directores se endiosan y, desde mi punto de vista, tiene que contener mucho más que efectos sonoros, música, tonalidades y luz.

Pienso en ello al recordar la oda al mundo analógico que fue —quizá involuntariamente— Los tres días del cóndor. El guion era bueno pero no redondo. El ritmo muy notable y el final impactante, pero había lagunas. Robert Redford, por muy bien que le quedase el chaquetón y muy especializado que estuviese en coger el teléfono, hacía los mismos gestos de siempre. Faye Dunaway se deshacía en su rol de belleza fría y etérea sin que nadie llegase a creerse el postureo. La peli no fue perfecta, creo yo, ni entonces ni después. Diría que la pátina del tiempo incluso le ha dado un cierto encanto.

Con todo, lo de ser de un servicio de inteligencia sin haberte pispiado muy bien de eso, trabajar con papeles y totalmente aislado del mundo en general en medio de una gran ciudad, descubrir por las malas que estás en un lío tremendo y tratar de escapar valiéndote únicamente de tus modestas neuronas (porque lo de la inteligencia no es un “puedo con todo”, como sabemos, y las neuronas se enfocan en unas cosas pero pasan de otras) es algo que en una película que busca que te mimetices con el prota engancha. Eso, y que gusta verla. Y que luego queda esa idea de “y esta ‘atmósfera’ qué bien lograda está, ¿no?”.

Por ello seguí con entusiasmo Rubicon, una serie inspirada en Los tres días en la que los protagonistas trabajaban en un edificio gris de una ciudad gris que parecían colorados en comparación con sus vidas, tenían prohibido todo instrumento que no fuese lápiz y papel, descifraban códigos escritos con tinta en crucigramas, arrastraban profundas depresiones en procesiones diarias a un bunker que guardaba un supraordenador y comían con desgana en salas sin ventanas. Quizá porque les anunciaron pronto que no renovarían, o porque la historia se planteó mal desde el principio, el final fue precipitado y decepcionante, con un malo previsible y un bueno irritante. Una pena, porque la recreación de la atmósfera estaba lograda.

Lo contrario ha sucedido con una serie más reciente que sí ha ido abiertamente de remake. Protagonizada por el musculado hijo de Jeremy Irons y Sinéad Cusack (sí, así de mayores somos), un chaval que parece tener permanentemente cara de susto, empieza bien (ese es el punto fuerte del guion original, un golpe maestro que es difícil fastidiar, aunque aquí lo retardan un poco) pero va flaqueando a medida que avanza, tratando sin éxito de equilibrar actuaciones muy buenas con otras más bien malas, hasta que se pierde el interés.

Quizá es que antes pagabas la entrada y aguantabas hasta el final echasen lo que echasen. O vivías en un mundo en el que lo que ponían esa noche en la tele era una de las tres o cuatro oportunidades semanales de ver una película. Tal vez los niños mimados que somos ahora con el streaming y la cartelera infinita a un golpe de pantalla nos creemos más y mejores críticos. En cualquier caso, alargar para hacer serie es una de las consignas de nuestro tiempo, y si nos están pidiendo esas horas (que podríamos invertir en hacer tantas otras cosas, incluyendo ver tantas otras series) más les vale amortizar.

Sirva todo esto para recomendar, en esta edad de oro de las series que se está desarrollando en plena era de las tecnologías, ver o rever una película de los setenta con sus defectos, sus rubiales y su final impactante tan en boga en aquellos tiempos. Será nostalgia de lo analógico o cansancio ante tantas horas frente a las pantallas, pero el ver a alguien recorrer Nueva York sin móvil como que relaja.

la imagen es de aquí

Un antes y un después

Libros

En casa no teníamos una gran biblioteca, pero los libros que tenían que estar, estaban. Hermann Hesse, Roberto Arlt, Herbert Marcuse, Haroldo Conti, Macedonio Fernández, Los cuatro jinetes del apocalipsis, la colección completa de Transformaciones del Centro Editor de América Latina. Eso había leído cuando lo conocí. Yo tenía diecisiete; él, veintitrés. Dijo: ‘«hay un antes y un después de Faulkner» y desapareció para siempre de mi vida. Tapa dura y letras mínimas, colección «Los libros del mirasol», editorial Compañía General Fabril, 1961. Lo encontré en la librería de usados de San Lorenzo 983, en Rosario. Una mancha roja y pinceladas amarillas bajo el título «El sonido y la furia».

Hay muchas cosas que no se entienden durante la adolescencia, y muchas que se entienden mal. Yo no sabía todavía la diferencia. Leía, releía y volvía a empezar. Debe ser uno de los comienzos que más veces leí. No terminaba de entender qué pasaba. Por qué no entendía. Había un ruido, sí. Y un poco de furia. Le pregunté a mis amigos, nadie lo había leído. Todavía no existía internet para sacarse dudas. En la contraportada solo decía algo de un monólogo de Macbeth en el que estaba inspirado el título. Decidí avanzar. Olvidarme de entender. Tirarme de cabeza a las imágenes. De golpe todas las piezas encajaron. Algo hizo clic: ¡el narrador del comienzo tiene discapacidad intelectual! En palabras de Shakespeare, un idiota: «La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». Macbeth, 5º acto, escena 5. Esa era la cita completa que el libro no citaba. La referencia. Y de ruido, no de sonido. Faulkner construyó desde ese verso una novela monumental: la decadencia de los Compson, una familia tradicionalista del sur profundo de Estados Unidos. Cada uno de los tres primeros capítulos está narrado a partir de la voz de tres hermanos: Benjy, de treinta y tres años, pero con una mentalidad de tres (como consecuencia de su discapacidad); Quentin, que estudia en Harvard y atraviesa una depresión profunda (en parte por el enamoramiento de su hermana Caddy); y Jason, el único frío y cínico de los hermanos. El capítulo cuarto lo lleva adelante el narrador omnisciente de la historia a través de la mirada de la matriarca Dilsey Gibson, la sirvienta negra que estuvo toda su vida al servicio de la familia Compson. Cada parte sucede en un día, pero el presente y los recuerdos se presentan en un mismo plano de continuidad. En la novela, de 1929, no existe un tiempo lineal, ni en los personajes ni en el relato. La historia se desarrolla con un fluir de hechos que no necesitan de ningún consenso para ser comprendidos.

Era verdad. Fue un antes y un después. Descubrí en ese clic que el único límite es el que nos autoimponemos. Que, en la literatura —como en todas las expresiones del arte— las posibilidades son tantas como queramos que sean. Los modos, las formas, los recorridos.

Lo terminé y le pegué una calcomanía para reconocerlo si alguna vez me lo volvía a cruzar. Los libros prestados son entes libres, no tienen la costumbre de volver. Se lo di a una amiga sin decirle nada de lo que para mí era ya un secreto místico. No quería privarla de la epifanía que viví cuando entendí lo que estaba leyendo.

Veinte años después llegó a mis manos ‘Las Primas’, esa gran novela de Aurora Venturini escrita a sus ochenta y cinco. Otra vez esa voz. Esa cadencia. Esa ruptura sintáctica. Me dieron ganas de volver a leer a Benjy, el hermoso idiota que iluminó mi vida. Quería la misma edición: chiquita, con rojo, amarillo y negro en la tapa. Ya vivía en Buenos Aires, la ciudad con más librerías por habitantes del mundo. Así que esta vez la encontré en una de las tantas de usado de avenida Corrientes. Lo que no encontré fue esa calcomanía del CUDAIO (Centro Único de Donación, Ablación e Implante de Órganos de Santa Fe) que le había dejado como huella. Si quien lee esto tiene ese libro, busque en la segunda hoja. Si encuentra la calcomanía, ahora conoce su historia.

Marina Eleonora Rubio