Derivaciones acerca de lo obvio

Cine y Series, Películas, Videos

Sabemos que no existe consenso posible acerca de las cosas. Ni de los hechos. Todo es interpretación (y azar). Pero las formas en que compruebo una y otra vez esta certeza son para compartir: hace dos días, una persona muy cercana se sorprendió cuando le hablé de los Minions. No sabía de qué le estaba hablando. Tuve que googlear al ‘sujeto’ en cuestión y mostrarle la imagen. No. Nunca había visto un Minion (me gusta usarlo así, en mayúscula, como modo de ofrecerle respeto) en su vida. Es cierto, no tiene hijos. Aunque la maquinaria de Universal Pictures (padres financieros de los Minions) me hacía suponer que no podía existir alguien en una ciudad con acceso a internet, cine, televisión y contacto permanente con gente de todas las edades que estuviera por fuera del alcance propagandístico de su marketing. Existe. Doy fe. 

Por eso hoy recomiendo a los Minions. Son la especie animada más maravillosa que creó el hombre (dejo para otro posteo los aspectos críticos). Los pueden encontrar en cines, youtube, o cualquier sitio de internet (ya quisiera que alguien creara los Minions go para, además, encontrarlos por la calle).

Despicable Me 

Mi Villano Favorito 

Mi Villano Favorito 2

Despicable Me 3

Marina Eleonora Rubio

Los reinos

Cine y Series, Libros, Películas

Hace unos años leí la novela de Emmanuel Carrère ‘El Reino’, y hace apenas unos minutos vi la película de Rodrigo Sorogoyen, también llamada ‘El Reino’.  En el libro, Carrère nos sumerge en el barro de su pasado devoto para contar la historia del evangelio, en singular, con tiempo y una precisión casi histórica. Sorogoyen por su parte, desnuda el mecanismo de la fábrica política a partir de un guión muy verosímil. 

Los dispositivos de estas dos fuerzas de dominación, religión y política, operan con distinto ritmo: mientras la novela construye con calma, la película nos devora con ansia. Pero ambas responden al mismo interés: la supervivencia de estos reinos a costa de nuestra entrega.

La similitud en el título de ambas obras no es simple coincidencia. Es la representación de una estructura que nos encadena desde lo más vulnerable: una con la sujeción de la fe; la otra, con la urgencia de la necesidad. 

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Marina Eleonora Rubio

Elegidos y filisteos

Biografías y entrevistas, Cine y Series, Películas

Resulta, cuando menos, curioso que cuatro años después del referéndum de Escocia, y poco antes de que el Brexit se convirtiese en el atolladero sin ningún interés narrativo que es hoy, a un conjunto de mentes e inversores les diese por hacer una película sobre Robert the Bruce, autoproclamado rey y héroe de la llamada ‘primera guerra de independencia escocesa’ allá por principios del XIV. Las películas de este tipo —basadas en hechos reales y situadas en contextos históricos— dan para comentar muchas cosas. En este caso, por ejemplo, la relación con otras cintas de temáticas similares, la utilización de los tópicos o la absurdez de que lo más discutido tras su estreno haya sido que se muestre un desnudo frontal masculino. Dejando de lado todo esto, y sobre todo lo último, ¿merece la pena verla? Pues depende de los gustos del espectador. La historia es previsible, pero entretenida; la recreación del escenario pasable —no demasiado incorrecta pero, desde luego, nada notable—; casi todo son batallas, pero están muy bien representadas; el protagonista es muy atractivo, pero en general los personajes son muy planos. Cada cual tendrá sus ‘pros’ y sus ‘peros’. Para mí, merece la pena porque el que alguien haya querido presentar esta historia como un David contra Goliat da que pensar. Bastante en el David y mucho más en el Goliat.

Aunque en la Europa presente parece que casi todo lleva a ese ‘tema’ que, cual granada detonada, inunda los discursos sobre identidades y alteridades, convergencias y fronteras, lo colectivo y lo propio, lo consensuado y lo unilateral. Por ello parece natural haber pasado de ver una película en Netflix a fijarme en que una entrevista centrada en los nacionalismos comenzaba con una referencia a los mundiales de fútbol, presentados como prueba de que el Estado-nación no es un instrumento obsoleto. Y de ahí a recordar cómo, de cuatro en cuatro años, banderas, camisetas y pinturas demuestran que en buena parte del mundo se mantiene el espíritu tribal. Y cómo millones de personas nos dejamos fascinar por el espectáculo de la ‘lucha más o menos limpia’ entre esos equipos formados, en buena parte de los casos, por jugadores y técnicos cuyas nacionalidades —o las de sus padres— no se corresponden —o no hace mucho que se corresponden— con las que definen a los estados que representan. Y de qué modo esos símbolos despiertan simpatías y antipatías que se traducen en que la última final pareciese para muchos un David contra Goliat fallido; porque hubo quien vio justicia —no poética, pero sí lógica— en la victoria del más fuerte, joven y potente, y otros que lamentamos jornada a jornada el rosario de caídas de los que parecían llamados a ser héroes.

Comprendo que haya gente a la que no le guste el fútbol, entiendo algunos de sus motivos y empatizo con su pérdida del disfrute, porque tampoco yo consigo que mi paladar aprecie el whisky. Sin embargo, creo que, más allá de las inclinaciones de cada uno por los deportes en general o por este en particular, la intensidad creciente de las semanas del mundial tuvo su qué de catarsis. Y me acuerdo de que cuando acabó, aparte de vacío existencial, a muchos nos quedó una sensación de cierre de un espacio en el que se podían exorcizar, mediante símbolos, cosas que en el fondo nos afectan a todos, sea por ser quienes somos y vivir en el presente en el que vivimos, o porque tenemos que definirnos para vivir ese presente.

Lo que me ha llevado a preguntarme qué fue de la pareja del mundial, y a descubrir que en su canal de youtube siguen colgando vídeos periódicamente; y no solo sobre fútbol. Una auténtica evasión en estos días en los que cuesta alejarse de esas llamadas constantes a formar parte de los ‘nosotros’ frente a ‘los otros’, que ya no tienen nada de juego, y cuyo objetivo va mucho más allá de levantar una copa.

CV

Música celestial: El ángel

Cine y Series, Películas

Descartada mi primera intención de escribir sobre Roma, (vendría a redundar en lo dicho por Marina, pero con un análisis bastante menos brillante que el suyo), me inclino por recomendarles otra de las películas más logradas de este año, al menos para mí. El ángel se sitúa en las antípodas del film de Cuarón, por género, por ritmo, por estética y sobre todo por su protagonista, Carlos Robledo Puch, personaje real, condenado a cadena perpetua en Argentina, por diez homicidios antes de cumplir los veintiuno. Si la Cleo de Roma es una criatura naturalmente buena, sin un discurso ético ni un razonamiento moral que la respalde (el amor es en ella una respuesta instintiva), el personaje de Carlitos es simple y llanamente malo, con una maldad que no es producto de sus circunstancias sociales, ni siquiera de un desorden mental, que el mismo niega, sino de una ausencia absoluta de empatía, y un regocijo sincero en el dolor del otro.

Los críticos han calificado la cinta como una mezcla entre Tarantino y Almodóvar (que es además productor). Yo, que soy más del director Manchego que del de Tenesse, me quedo con la estética de colores chillones y personajes feminizados y, por encima de cualquier otro logro del filme (incluso el de sus magníficos secundarios) con la banda sonora. Música pop de letras románticas y rimas facilonas acompañan los crímenes del protagonista. No entraré en el debate sobre la legitimidad de frivolizar la violencia y convertirla en un objeto de arte (o de comedia). Considero que esta película es bastante más que un relato ameno o pretendidamente kitsch sobre la vida de un asesino. La balada tontorrona de “Corazón contento” que el espectador escucha mientras el protagonista le vuela la cabeza a una de sus víctimas constituye, a mi modo de ver, la mejor representación externa de lo que sucede en el interior de la cabeza del sociópata. La mayoría de nosotros confrontamos eso tan abstracto que llaman la ‘voz de la conciencia’. Para el Ángel, sentimientos como la compasión, la culpa o la pena son algo así como música celestial.

Bea

http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/angel/4822921/

Todos los caminos conducen a ROMA

Cine y Series, Películas

Alfonso Cuarón, cineasta mexicano director de la premiada Gravedad, inventó con Roma todo un género: la novela audiovisual (sugiero verla como se empieza un libro que nos recomiendan: sin necesidad de saber el argumento).

Quienes no la hayan visto, no pierdan un segundo que su paso por las salas de cine es veloz (y simbólico, para poder participar de premios y festivales, ya que compite con su propio estreno casi simultáneo en Netflix). 

Filmada en blanco y negro, fluye como agua. Cuarón construye una narración tan sólida como un plano secuencia inmenso, repleto de detalles y generoso de sutilezas (¿cómo no ver un homenaje a Abbas Kiarostami y a Roberto Rossellini?).

La película (¿o debería decir ‘la novela’?) teje con hilos de oro prejuicios que se da el gusto de derrumbar, para volverlos a construir, con cemento, en la escena siguiente (la primera y segunda visita al hospital son un ejemplo inverso perfecto).

En Roma todo es fractal, cada escena es más inmensa que el mar, ese que muestra de perfil en una secuencia memorable: nos hace viajar a nuestra infancia (¿quién no se vio con esa abuela yendo al cine?), nos interpela con la naturalidad amorosa que presenta esa vida de esclavitud, esa forma de aceptación, sin adjetivos, de la protagonista. Y nos muestra ese México igualito al de hoy, solo que sin celulares.

Marina Eleonora Rubio