El crimen como acertijo

Libros

Siempre he pensado que la novela de misterio y la novela negra tienen poco en común. Esta afirmación puede resultar algo categórica teniendo en cuenta que en ambas el asesinato es el tema central, la policía un personaje habitual y la resolución del crimen el objetivo deseable. Por lo demás, la novela de misterio, aquella que tiene a mi venerada Agatha Christie como tótem supremo, está más cerca del acertijo infantil que de la sordidez de los garitos prohibidos, los policías corruptos y el tráfico de seres humanos. En esta clase de relatos, el orden perfecto de un micromundo se ve alterado por la irrupción del crimen. Una vez desenmascarado el asesino, el equilibrio es restituido y la comunidad recupera la armonía. La novela de misterio sumerge al lector en el caos de la incertidumbre, de la que emerge al final de la narración como Alicia despierta del sueño. Es un juego de lógica, una adivinanza, un acertijo de Lewis Carroll.

Los crímenes de Alicia de Guillermo Martínez, premio Nadal 2019, responde a estos cánones. Oxford, años 90, un grupo de académicos, autodenominados La hermandad de Lewis Carroll, se enfrenta a una serie de crímenes que parecen vinculados a la extraña desaparición de unas páginas en los diarios del autor británico. Un profesor de lógica y su discípulo tratarán de llegar al asesino a través de la resolución de ese otro misterio acaecido en la época victoriana, un tiempo que penalizaba casi cualquier contacto sexual pero que aceptaba con ingenua complacencia la fascinación de un adulto por las niñas.

La novela de misterio no suele ser realista, los muertos no huelen, los vivos son inmutables como los sospechosos de un Cluedo… Pero, cuando es buena, su conclusión deja en el lector un sentimiento de consumación, de placidez. Tras la lectura de Los crímenes de Alicia, tenemos la sensación de estar de vuelta de un viaje al mundo invertido a través del espejo. Y de haberlo disfrutado. Nada más. Y nada menos. Objetivo alcanzado. Misterio resuelto.

Bea

Cosas que se atesoran

Cine y Series, Libros

En el tiempo que transcurrió entre descubrir que Netflix había colgado La princesa prometida y encontrar un momento para verla pasaron varias cosas. La primera, notar ese golpecito que sale de dentro del pecho justo antes de identificar la nostalgia. Luego, sentir el miedo de estropear el recuerdo tratando de evocarlo, porque es innegable que casi todo lo grabado pierde cuando se ve treinta años después (aunque se haya tenido presente en conversaciones o —absolutamente recomendable— visitas a youtube para ver escenas dobladas en italiano). Un poco más tarde, recuperar una nota mental dejada en algún cajón del cerebro hace unos meses, tras leer la noticia de que el autor del libro había muerto. Ese autor firmó también los guiones de algunos de los clásicos de los setenta que protagonizaron Dustin Hoffman, Robert Redford y Paul Newman, con lo que obtuvo prestigio y algunos premios. Sin embargo, fue esta historia de Florín la que hizo que ganase un lugar en muchos corazones.

Como casi todos los adolescentes de la época, descubrí la película cuando empezaba a convertirse en una ‘obra de culto’. Es decir, no en el cine sino un par de años después, en esas sesiones de video que montábamos en las casas de los padres de unos u otros los fines de semana, previo paso por el videoclub y por la tienda de chucherías. Un mundo vintage. Por aquel entonces nos parecía ya que aquello era una película ‘antigua’, un clásico. Con aquella percepción del paso del tiempo tan propia de la edad —esos años que se hacen tan largos como los meses de invierno— descubrir otro par de años después que todo aquello venía de una novela fue mágico. Téngase presente el contexto: hablamos del mundo pre-Internet, en el que la información circulaba por otras vías, los libros se pedían en la biblioteca municipal o se encargaban en la librería, y cuando alguien se hacía con uno aquello pasaba de mano en mano hasta perder —en este caso— el dorado de las letras de la sobrecubierta.

Se dice que este es uno de los pocos casos en los que gustan por igual película y novela. En la novela no hay un niño impaciente al que su abuelo lee un cuento de princesas, piratas, espadachines y magos. Tampoco música de Mark Knopfler, acantilados irlandeses, escenas de esgrima a lo Errol Flynn o cameos de Colombo y Billy Cristal. La historia es más larga y más compleja, el tono es más irónico y el final es más abierto. En vez de una comedia que homenajea a los clásicos de aventuras pretendiendo parodiarlos, es un diálogo del autor con el lector en el que el primero está tratando de ‘sacar las partes buenas’ de una vieja crónica de un viejo país centroeuropeo. Tras una discusión con su editora, el autor decide eliminar un capítulo a condición de que los lectores puedan escribir a una dirección de Nueva York para pedir que se lo envíen. Nosotros escribimos esa carta, pero nunca nos respondieron.

CV

La tinta y la nostalgia

Libros

Aunque muchos no sabíamos que el quilo es algo tan romántico como un cilindro de platino e iridio depositado en un sótano a las afueras de París, causa cierta tristeza la noticia de que en unos meses dejará de serlo. Quizá por el vértigo que produce esa inmaterialidad que nos rodea, ahora que casi todo es digital y parece que puede desaparecer en un instante. Por lo mismo que entendemos que el protagonista de Her —esa bella historia sobre la soledad situada en un mundo que no sabemos si es utópico o distópico, ni si está lo suficientemente lejos del nuestro para no preocuparnos— aspire a que publiquen sus textos en papel, aunque en su minimalista casa no lo haya.

Nos fascinan las fases del proceso editorial, sus pautas casi melódicas. Idealizamos las editoriales pequeñas, y sobre todo muchas que ya desaparecieron. Como Black Sun Press, que publicaba libros ilustrados por personajes tan peculiares como el aristócrata, mimo, bailarín, pianista y traductor Alastair (la imagen superior viene de aquí y es una de las que acompañaban a la edición de 1920 del poema La Esfinge de Oscar Wilde) (aquí algunos otros de sus trabajos). Relacionamos estos dibujos —o, para no irnos muy lejos, los de Aubrey Beardsley, amante de Wilde y autor de esta maravilla— con una época dorada en la que lo nuevo convivía con una hermosa y estética decadencia. Y queremos que algunos de los muchos crepúsculos a los que asistimos a diario, algunos sin que nos demos cuenta y otros con la sensación de que son cada vez más acelerados, queden preservados, preferentemente en tinta.

CV

Los reinos

Cine y Series, Libros, Películas

Hace unos años leí la novela de Emmanuel Carrère ‘El Reino’, y hace apenas unos minutos vi la película de Rodrigo Sorogoyen, también llamada ‘El Reino’.  En el libro, Carrère nos sumerge en el barro de su pasado devoto para contar la historia del evangelio, en singular, con tiempo y una precisión casi histórica. Sorogoyen por su parte, desnuda el mecanismo de la fábrica política a partir de un guión muy verosímil. 

Los dispositivos de estas dos fuerzas de dominación, religión y política, operan con distinto ritmo: mientras la novela construye con calma, la película nos devora con ansia. Pero ambas responden al mismo interés: la supervivencia de estos reinos a costa de nuestra entrega.

La similitud en el título de ambas obras no es simple coincidencia. Es la representación de una estructura que nos encadena desde lo más vulnerable: una con la sujeción de la fe; la otra, con la urgencia de la necesidad. 

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Marina Eleonora Rubio

La vida, la muerte y viceversa

Libros

Llegado a un punto en la vida creo que los pensamientos sobre la muerte y cómo vivir el tiempo restante empiezan a cobrar una presencia cada vez mayor. Y no lo digo en un sentido trágico. Creo que tiene –o debería tener- cierta naturalidad. Lo que sí creo que así se empieza a revertir algo que –al menos en Occidente- es justamente lo contrario: un ocultamiento de la caducidad de la vida, lo que conlleva una vida plagada en necesidades fútiles y sentimientos vacuos. Seguramente la sociedad de mercado y sus demandas comerciales no están lejos del origen de aquel “ocultamiento”.

En su libro “De vidas ajenas” –probablemente uno de mis favoritos y de los que más he regalado- Emmanuel Carrere toma este tema a partir de dos experiencias vividas en carne propia: unas vacaciones en Tailandia cuando el tsunami de 2004 donde muere la pequeña hija de un matrimonio amigo, y la muerte por cáncer de su cuñada, tiempo después. Con su pluma magistral describe los sentimientos suyos y de sus allegados en ambos momentos, lo que –dicho en un trazo grueso- le lleva a una conclusión contundente: la (mejor) vida de los enfermos terminales realmente comienza cuando deciden reconocer y enfrentar la enfermedad. La forma en que llega a esta conclusión es para mí sobrecogedora y aún hoy me estremece cada vez que recuerdo su lectura.

Ric Elias era un ejecutivo de marketing corriente cuando en enero de 2009 tuvo que hacer un viaje en el avión que realizó un aterrizaje forzoso en el río Hudson en Nueva York. En la charla de TED que dejo más abajo cuenta sus vivencias durante esa experiencia, la cual vivió en un asiento de la primera fila y en la que llegó a convencerse que iba a morir. En el vídeo de sólo cinco minutos cuenta esos terribles momentos y deja tres conclusiones que, adaptadas a la realidad de cada uno, deberían tomarse muy en cuenta.

JB Chorch

Rick Elias en TED: tres cosas que aprendí mientras mi avión se estrellaba