Aunque muchos no sabíamos que el quilo es algo tan romántico como un cilindro de platino e iridio depositado en un sótano a las afueras de París, causa cierta tristeza la noticia de que en unos meses dejará de serlo. Quizá por el vértigo que produce esa inmaterialidad que nos rodea, ahora que casi todo es digital y parece que puede desaparecer en un instante. Por lo mismo que entendemos que el protagonista de Her —esa bella historia sobre la soledad situada en un mundo que no sabemos si es utópico o distópico, ni si está lo suficientemente lejos del nuestro para no preocuparnos— aspire a que publiquen sus textos en papel, aunque en su minimalista casa no lo haya.
Nos fascinan las fases del proceso editorial, sus pautas casi melódicas. Idealizamos las editoriales pequeñas, y sobre todo muchas que ya desaparecieron. Como Black Sun Press, que publicaba libros ilustrados por personajes tan peculiares como el aristócrata, mimo, bailarín, pianista y traductor Alastair (la imagen superior viene de aquí y es una de las que acompañaban a la edición de 1920 del poema La Esfinge de Oscar Wilde) (aquí algunos otros de sus trabajos). Relacionamos estos dibujos —o, para no irnos muy lejos, los de Aubrey Beardsley, amante de Wilde y autor de esta maravilla— con una época dorada en la que lo nuevo convivía con una hermosa y estética decadencia. Y queremos que algunos de los muchos crepúsculos a los que asistimos a diario, algunos sin que nos demos cuenta y otros con la sensación de que son cada vez más acelerados, queden preservados, preferentemente en tinta.
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