Alfonso Cuarón, cineasta mexicano director de la premiada Gravedad, inventó con Roma todo un género: la novela audiovisual (sugiero verla como se empieza un libro que nos recomiendan: sin necesidad de saber el argumento).
Quienes no la hayan visto, no pierdan un segundo que su paso por las salas de cine es veloz (y simbólico, para poder participar de premios y festivales, ya que compite con su propio estreno casi simultáneo en Netflix).
Filmada en blanco y negro, fluye como agua. Cuarón construye una narración tan sólida como un plano secuencia inmenso, repleto de detalles y generoso de sutilezas (¿cómo no ver un homenaje a Abbas Kiarostami y a Roberto Rossellini?).
La película (¿o debería decir ‘la novela’?) teje con hilos de oro prejuicios que se da el gusto de derrumbar, para volverlos a construir, con cemento, en la escena siguiente (la primera y segunda visita al hospital son un ejemplo inverso perfecto).
En Roma todo es fractal, cada escena es más inmensa que el mar, ese que muestra de perfil en una secuencia memorable: nos hace viajar a nuestra infancia (¿quién no se vio con esa abuela yendo al cine?), nos interpela con la naturalidad amorosa que presenta esa vida de esclavitud, esa forma de aceptación, sin adjetivos, de la protagonista. Y nos muestra ese México igualito al de hoy, solo que sin celulares.
Marina Eleonora Rubio
