Una de las claves de El nombre de la rosa se enuncia cuando Adso, el anciano narrador, registra una revelación que tuvo siendo novicio: «De pronto comprendí que, a menudo, los libros hablan de otros libros; o sea, que es casi como si hablasen entre sí». Tras una frase como esta el lector se acuerda de Borges, hace una pausa para meditar e imagina los múltiples diálogos, las infinitas tertulias, mientras visualiza una cuarta dimensión que tiene una forma parecida a la de la Biblioteca de Babel.
Umberto Eco dejó escrito en su testamento que no quería que se celebrase ningún homenaje, ni nada similar, hasta pasados al menos diez años desde su fallecimiento. Despuntaba en Europa la primavera de 2016 cuando se supo, y ya habían comenzado a organizarse multitud de congresos, coloquios, seminarios y demás reuniones científicas destinadas a considerar, discutir, comentar, releer y analizar su obra. Asistí al freno en seco de uno de esos proyectos. Tanto aquellos que pensaban en el autor de El nombre de la rosa, o El péndulo de Foucault, como los que admiraban al especialista en semiótica, o al medievalista, debieron aceptar y callar. Cientos de personas en múltiples lugares mordiéndose la lengua. En cierto modo, una cuarta dimensión alternativa.
En sus Apostillas a El nombre de la rosa dijo que el autor debería morirse después de haber escrito su obra para allanarle el camino al texto. También muchas otras cosas que ayudan a comprender el deseo de esa década de luto silencioso. Además, explicó cuántos tipos hay de laberintos, cómo se concibe una historia o cuál es el proceso de definición del lector modelo. Es un texto breve, muy ameno, que probablemente interesa más a los que leyeron la novela cuando fue un best seller. Respetando las leyes del universo borgiano, no revela soluciones ni traiciona misterios; pero sí subraya lo más divertido de un recorrido largo y complejo, describiendo la composición como un proceso creativo con un final feliz.
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