Dinoflagelados

Varios

Hay quien ve en el ¡Hola! una entrega semanal de pequeños episodios de novelas protagonizadas por personajes variados, de escaso o nulo interés, que simplemente entretiene. A mí me gusta del ¡Hola! que mantenga, con relativa regularidad, secciones fijas medio anticuadas. Es algo que me tranquiliza, como esas imágenes de movimientos perpetuos. Una de esas secciones es “Mundo singular”. Y, revelando que no todo en el ¡Hola! es banal, fue en “Mundo singular” en donde descubrí la existencia de la cleptoplastia.

La ciencia define la cleptoplastia como una endosimbiosis que consiste en la asimilación de plastos por parte de aquellos organismos que no los poseen con el objeto de aprovechar su capacidad autótrofa. Dicho con otras palabras, es una asociación en la que un organismo habita en otro, uno tiene plastos y el otro no, y el segundo asimila los plastos del primero. Los plastos sirven para sintetizar sustancias esenciales a partir de sustancias inorgánicas, como el dióxido de carbono o la luz solar. Por tanto, quien consigue hacerse con los plastos de otro y asimilarlos puede comenzar a generar sus propios alimentos. Es lo que se conoce como ser autótrofo, y parece que va mucho más allá de tener un huerto en el balcón.

Desde que sé que hay cleptoplastas quiero ser uno de ellos. Digamos que me han traído esperanza, porque veía la fotosíntesis como un sueño imposible y ahora es tan solo un sueño muy lejano. Sin embargo, parece complicado. Si lo he entendido bien, la cosa consiste en comer algas reservando los cloroplastos, cosa que no sé muy bien cómo se hace, o cómo se le dice al cuerpo que lo haga. Además, con ello uno se coloca en el nivel trófico primario de la cadena alimentaria, con todo el peligro que ello conlleva.

Un problema no menor es que los cleptoplastas conocidos no parecen, de entrada, el tipo de seres con los que apetece socializar. Unas babosas marinas, unos microorganismos unicelulares que giran, … Nadie, pensé, con pinta de tener buena conversación. O eso creía, hasta que vi a estos dos dinoflagelados dorados y me quedé hipnotizada, elucubrando sobre el sentido de sus extraños movimientos e imaginando qué se estarán contando. Algo parecido a cuando, hojeando el ¡Hola!, te detienes en las fotos de la familia real sueca. La diferencia es que esas fotos nunca las ves dos veces, pero los videos de los dinoflagelados son una especie de remanso de paz al que puedes acudir, vía net, cada vez que quieres relajarte. O ejercer de cotilla.

CV