He empezado a pensar que, quizá, en mi generación hay un involuntario reflejo de las series de Matt Groening. Crecimos con Los Simpsons, una cruel sátira de algo que nos pillaba muy lejos (la clase trabajadora estadounidense) que normalizó (en España en horario infantil) reírse de todo desde un palco abstracto, alto y privilegiado. Adoramos Futurama, una oda a la nostalgia que convertía en vintage el pasado más reciente homenajeando a las sitcoms noventeras, y que pintaba un improbable futuro muy poco apetecible mientras idealizaba, aunque fuese parodiándolo, un presente placentero. Tras el sarcasmo y la autocomplacencia ha llegado (Des)encanto, animación ambientada en un cuento de hadas a la que le cuesta arrancar, pero que, según los expertos, a partir del capítulo 4 entretiene. Una princesa que no quiere serlo y un elfo al que le agobia la felicidad están en el centro de la trama, no se sabe si como dianas de las burlas o para que nos identifiquemos con ellos. Mi sospecha es que, en los tiempos que corren, probablemente para lo segundo.
Ya me explico, o lo intento.
Parto de la premisa de que la mayor parte de mis amigos tiene más o menos mi edad, nació dentro de eso que suele llamarse “una familia de clase media”, fue a la universidad y ha desempeñado trabajos muy diversos, muchos de ellos condicionados por la necesidad de poseer determinadas competencias. Hablo de un grupo formado por personas de diferentes países, con distintos niveles económicos, estudios, lenguas, profesiones, sexos, géneros, situaciones familiares, estados civiles, apariencias físicas, saludes, gustos, aficiones. Lo que caracteriza a este crisol es que casi todos comparten —y yo con ellos— dos fantasmas que acechan de un modo constante: la precariedad y el fracaso.
La primera no siempre se palpa, pero su presencia amenazante alimenta el miedo a perder un sueldo que cubre poco más que las facturas y empuja a aceptar encargos mal pagados, muchos casi ad honorem. El segundo es una especie de sabor amargo que se acentúa al pensar en las expectativas creadas en la infancia, cuando te preguntaban qué querías ser de mayor y te venían a la mente mil cosas; en la adolescencia, cuando las hormonas te volvían impaciente y veías el futuro como un oasis de libertad; a los veinte, cuando llegar a fin de mes era todo lo que necesitabas, porque estabas en una fase de exploración y pensabas que con el tiempo acabarías por amortizar las penurias.
El tema es conocido y el vocabulario con el que se aborda muy amplio: ansiedad, frustración, pereza, procrastinación, victimismo, … Llama la atención que en él abundan los términos que empiezan con d: dejadez, desazón, desencanto, desengaño, desidia, desilusión, … Utilizarlos no siempre garantiza que el texto materialice en palabras lo que se siente. Aquí dejo el enlace a un breve ensayo que creo que lo consigue, en parte; pero que me ha dejado una duda: ¿lo que queremos es ascender socialmente, para sentirnos realizados y privilegiados, o que no haya clases, ni privilegios, ni oportunidades, sino un mundo en el que todos vivimos mejor? En otras palabras, ¿somos trepas frustrados o idealistas decepcionados? ¿princesas sin corona o inconformistas desterrados? Sospecho que, quizá, las dos cosas a la vez. Y también que en el camino hemos perdido algo que, tal vez inconscientemente, estamos echando de menos: ver los cuentos, y la vida, con un poco, al menos un poco, de romanticismo. ¿Deberíamos, quizá, hacernos un Interrail? Confieso que este texto me ha llevado a planteármelo.
CV
