La radicalidad del cuerpo vivo es la única batalla

Arte, Biografías y entrevistas, Política y Economía, Tecnologías

Con Paul B Preciado soy parte del pueblo que falta. Dice: «los movimientos de resistencia política son estrategias de expropiación de las técnicas de producción de verdad, del cuerpo, de subjetividad». Nada de lo que dice es ajeno a lo que hace. Desacralizó su cuerpo de los discursos médicos y jurídicos, hasta pasar «de feminista radical a trans anti-identidad».

No pierdan un segundo más sin escuchar a Paul B Preciado. Escuchar lo que hace es ver lo que dice:

¿A qué no pueden parar?

Marina Eleonora Rubio

Un antes y un después

Libros

En casa no teníamos una gran biblioteca, pero los libros que tenían que estar, estaban. Hermann Hesse, Roberto Arlt, Herbert Marcuse, Haroldo Conti, Macedonio Fernández, Los cuatro jinetes del apocalipsis, la colección completa de Transformaciones del Centro Editor de América Latina. Eso había leído cuando lo conocí. Yo tenía diecisiete; él, veintitrés. Dijo: ‘«hay un antes y un después de Faulkner» y desapareció para siempre de mi vida. Tapa dura y letras mínimas, colección «Los libros del mirasol», editorial Compañía General Fabril, 1961. Lo encontré en la librería de usados de San Lorenzo 983, en Rosario. Una mancha roja y pinceladas amarillas bajo el título «El sonido y la furia».

Hay muchas cosas que no se entienden durante la adolescencia, y muchas que se entienden mal. Yo no sabía todavía la diferencia. Leía, releía y volvía a empezar. Debe ser uno de los comienzos que más veces leí. No terminaba de entender qué pasaba. Por qué no entendía. Había un ruido, sí. Y un poco de furia. Le pregunté a mis amigos, nadie lo había leído. Todavía no existía internet para sacarse dudas. En la contraportada solo decía algo de un monólogo de Macbeth en el que estaba inspirado el título. Decidí avanzar. Olvidarme de entender. Tirarme de cabeza a las imágenes. De golpe todas las piezas encajaron. Algo hizo clic: ¡el narrador del comienzo tiene discapacidad intelectual! En palabras de Shakespeare, un idiota: «La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». Macbeth, 5º acto, escena 5. Esa era la cita completa que el libro no citaba. La referencia. Y de ruido, no de sonido. Faulkner construyó desde ese verso una novela monumental: la decadencia de los Compson, una familia tradicionalista del sur profundo de Estados Unidos. Cada uno de los tres primeros capítulos está narrado a partir de la voz de tres hermanos: Benjy, de treinta y tres años, pero con una mentalidad de tres (como consecuencia de su discapacidad); Quentin, que estudia en Harvard y atraviesa una depresión profunda (en parte por el enamoramiento de su hermana Caddy); y Jason, el único frío y cínico de los hermanos. El capítulo cuarto lo lleva adelante el narrador omnisciente de la historia a través de la mirada de la matriarca Dilsey Gibson, la sirvienta negra que estuvo toda su vida al servicio de la familia Compson. Cada parte sucede en un día, pero el presente y los recuerdos se presentan en un mismo plano de continuidad. En la novela, de 1929, no existe un tiempo lineal, ni en los personajes ni en el relato. La historia se desarrolla con un fluir de hechos que no necesitan de ningún consenso para ser comprendidos.

Era verdad. Fue un antes y un después. Descubrí en ese clic que el único límite es el que nos autoimponemos. Que, en la literatura —como en todas las expresiones del arte— las posibilidades son tantas como queramos que sean. Los modos, las formas, los recorridos.

Lo terminé y le pegué una calcomanía para reconocerlo si alguna vez me lo volvía a cruzar. Los libros prestados son entes libres, no tienen la costumbre de volver. Se lo di a una amiga sin decirle nada de lo que para mí era ya un secreto místico. No quería privarla de la epifanía que viví cuando entendí lo que estaba leyendo.

Veinte años después llegó a mis manos ‘Las Primas’, esa gran novela de Aurora Venturini escrita a sus ochenta y cinco. Otra vez esa voz. Esa cadencia. Esa ruptura sintáctica. Me dieron ganas de volver a leer a Benjy, el hermoso idiota que iluminó mi vida. Quería la misma edición: chiquita, con rojo, amarillo y negro en la tapa. Ya vivía en Buenos Aires, la ciudad con más librerías por habitantes del mundo. Así que esta vez la encontré en una de las tantas de usado de avenida Corrientes. Lo que no encontré fue esa calcomanía del CUDAIO (Centro Único de Donación, Ablación e Implante de Órganos de Santa Fe) que le había dejado como huella. Si quien lee esto tiene ese libro, busque en la segunda hoja. Si encuentra la calcomanía, ahora conoce su historia.

Marina Eleonora Rubio

Hablando en lenguas

Cine y Series, Documentales, Música

A veces siento que ya se nos murieron todos. Pero no. Todavía nos queda David Byrne (y Madonna, claro). Su nombre me trae a Bowie, el despliegue escénico a Prince, la elegancia a Cohen, y su genialidad, a Freddie Mercury. Solo por nostalgia, ya que Byrne es indivisible y sólo se parece a él mismo.

Igual no vamos a hablar ahora de American Utopia, su último trabajo, sino de la gira ‘Hablando lenguas’ que Talking Heads, la banda que lideraba Byrne, presentó en 1983. El director de cine Jonathan Demme (otro geniecillo) grabó una de las mejores películas de conciertos de la historia en medio de esa gira. Se llama ‘Stop making sense’ y no es ni película ni concierto: es un acto de magia y fuego.

El escenario está vacío. David Byrne entra con un radiograbador, suenan los primeros acordes de Psycho Killer. Nada menos. Lo que sigue es una obra maestra. La forma en que Byrne suma cada tema, el modo en que entra la batería, en que se suman los músicos. Como la trama de una novela, el concierto crece también en narrativa. En luces y sombras. En sutileza y baile. Byrne hace un dueto memorable con un velador de pie. Su cabeza se empequeñece con un cambio de vestuario: “Quería que mi cabeza pareciera más pequeña y la forma más fácil de hacerlo era hacer que mi cuerpo fuera más grande, porque la música es muy física y, a menudo, el cuerpo la entiende antes que la cabeza”.

Todos brillan. Todos bailan. Todos cantan felices.

Marina Eleonora Rubio

Detrás de una gran mujer

Biografías y entrevistas, Danza y Teatro, Series

La foto (de HBO) que promociona la serie Fosse-Verdon resume el titulo de esta recomendación. Bob Fosse fue el esposo de Gwen Verdon por once años, y, juntos, realizaron algunas películas fundamentales como Cabaret y All That Jazz. De la mano de la actual revisión feminista, esta serie repasa tanto la producción de las obras de Fosse como el vínculo entre el director y la bailarina. 

Nota: Algunos cruces de diálogo (especialmente del personaje de Verdon) son de una fuerza deliciosa, y solo por esas líneas vale la pena ver cada episodio.

Marina Eleonora Rubio

O historia universal de la infamia

Internet y RRSS, Libros

Como el libro de Jorge Luis Borges, sí. 

Es que nuestra historia, la de los humanos de esta tierra, es un compendio de infamias. Y Yuval Noah Harari lo describe (y resume) muy bien. En ‘Sapiens’, une cada punto de la constelación de pasos que fuimos dando apoyado en la ironía de la supuesta distancia del observador. No es fácil la tarea que se propuso, pero sí su lectura: fluye cual río embravecido.

Como casi todo en la vida, es mejor llegar al libro virgen de expectativas. Así me pasó y así espero que les pase.

Alerta spoilers: no se disgusten entrando al website del autor https://www.ynharari.com/es/

Marina Eleonora Rubio