Lo reconozco, me gusta el fútbol. Me gustaba y me daba una enorme felicidad jugarlo (creo que aún sueño con poder hacerlo nuevamente) y me gusta verlo por televisión.
No niego que se trata de una gran negocio -una “trata de personas moderna”, como leí en algún lado-, que mueve más dinero y poder que varios países, y que a su alrededor giran toda una serie oportunistas, opinadores infradotados y buitres sin corazón que no merecen la más mínima atención.
Pero toda mi infancia argentina, como la de muchos, estuvo atravesada por él. Creo que empecé a jugar desde empecé a caminar, y aún hoy recuerdo que por las tardes nos íbamos a un baldío cerca de mi casa, en el pueblo donde crecí, y jugábamos hasta que se hacía tan de noche que no veíamos la pelota. O en los recreos de la escuela, cuando pateábamos un pelota hecha de trapos y papeles, y atada con hilos para que no se desarme. Como corolario, soñaba con que el relator de turno (de la tele o de la radio, era indistinto para esto) incluía mi apellido en el relato, si bien nunca acabada de resultar verosímil a mis oídos. Pero lo más importante de todo es que adoraba esos momentos, donde el tiempo no pasaba y la única conciencia giraba por y alrededor de la pelota y qué hacer con ella.
Y será por eso que comprendo perfectamente a Casciari cuando dice que Messi (quizás el nombre más inequívoco del planeta) “es un perro”. Y, creo, que también entiendo -porque no sé si es posible hacerlo fuera de una relación con raíces infantiles- a aquellos o aquellas que piensen que todo esto es una soberana tontería.
JB Chorch
