En los años sesenta, en plena Guerra Fría, una organización internacional obliga a trabajar juntos a un espía ruso y uno norteamericano. Este es el sencillo punto de partida de The Man from U.N.C.L.E., remake de una serie de la época y una de mis películas favoritas. En su día (2015) fue un fracaso en taquilla y gustó poco a los especialistas. A quienes compartan la opinión de la crítica —que vino a decir, grosso modo, que la historia es insustancial e inverosímil— les diría que, precisamente por ser la trama simple y fantasiosa, el ritmo, los diálogos y el estilo tienen todo el protagonismo. Da igual que la hayas visto una o cien veces, que puedas adivinar lo que va a pasar o saber de memoria las letras de las músicas: en cada visionado The Man from U.N.C.L.E. transporta a una deliciosa idealización de la Italia de los sesenta por la que pasean, derrochando estilo y sentido del humor, espías a los que casi todo les sale bien, y acompañarlos es siempre placentero.
Algunas películas van haciendo carrera a medida que pasa el tiempo, y últimamente los actores están dejando caer que puede que esto se convierta en una franquicia. Mientras los grandes estudios deciden si compensa gastar un dineral en una secuela, y a la espera de que Netflix tenga a bien volver a ponerla en la parrilla, la misma plataforma ha producido Au Service de la France. Es Francia en vez de Italia, los espías son más torpes y al principio cuesta —a mí al menos— pillar el sentido del humor galo; pero también recrea ese mundo analógico en el que había menos cosas y menos gente, y lo que había era bonito.
CV
