Llegado a un punto en la vida creo que los pensamientos sobre la muerte y cómo vivir el tiempo restante empiezan a cobrar una presencia cada vez mayor. Y no lo digo en un sentido trágico. Creo que tiene –o debería tener- cierta naturalidad. Lo que sí creo que así se empieza a revertir algo que –al menos en Occidente- es justamente lo contrario: un ocultamiento de la caducidad de la vida, lo que conlleva una vida plagada en necesidades fútiles y sentimientos vacuos. Seguramente la sociedad de mercado y sus demandas comerciales no están lejos del origen de aquel “ocultamiento”.
En su libro “De vidas ajenas” –probablemente uno de mis favoritos y de los que más he regalado- Emmanuel Carrere toma este tema a partir de dos experiencias vividas en carne propia: unas vacaciones en Tailandia cuando el tsunami de 2004 donde muere la pequeña hija de un matrimonio amigo, y la muerte por cáncer de su cuñada, tiempo después. Con su pluma magistral describe los sentimientos suyos y de sus allegados en ambos momentos, lo que –dicho en un trazo grueso- le lleva a una conclusión contundente: la (mejor) vida de los enfermos terminales realmente comienza cuando deciden reconocer y enfrentar la enfermedad. La forma en que llega a esta conclusión es para mí sobrecogedora y aún hoy me estremece cada vez que recuerdo su lectura.
Ric Elias era un ejecutivo de marketing corriente cuando en enero de 2009 tuvo que hacer un viaje en el avión que realizó un aterrizaje forzoso en el río Hudson en Nueva York. En la charla de TED que dejo más abajo cuenta sus vivencias durante esa experiencia, la cual vivió en un asiento de la primera fila y en la que llegó a convencerse que iba a morir. En el vídeo de sólo cinco minutos cuenta esos terribles momentos y deja tres conclusiones que, adaptadas a la realidad de cada uno, deberían tomarse muy en cuenta.
JB Chorch
Rick Elias en TED: tres cosas que aprendí mientras mi avión se estrellaba
