Boca a boca

Series

Cuando se cae el sistema, cuando nos perdemos justo la parte del programa donde recomiendan qué ver, cuando el calor (o el frío o el gobierno) hace colapsar el servicio de luz eléctrica, los trovadores de sugerencias nunca defraudan. Desde septiembre, la serie producida (y dirigida en algunos capítulos) por Michel Gondry y protagonizada (y producida) por Jim Carrey, empezó su circuito comercial y yo sin enterarme. Tuvo que ser una compañera de un taller al que asisto, quien entre blanco titanio y azul de prusia, me habló de Kidding. Ni bien llegar a casa la busqué. Ni bien la encontré, degusté su primera temporada sin el conocimiento de la crítica ni otra información que el título. 

Me gustaría que tuvieran la misma sensación, que se atrevan a los supuestos del comienzo y sin otro dato que la curiosidad, surfeen la experiencia de este nuevo encuentro de Carrey & Gondry.

Nota: como todo sabor adquirido, Jim Carrey gana con la constancia de verlo en pantalla y el paso del tiempo. Tanto, que ya es para mí como las aceitunas negras o el cabernet sauvignon.

Spoiler: 

Pero si no pudieron evitarlo, y siguieron leyendo pese a la advertencia, se encontrarán con una parábola de la autobiografía del actor. Y si no le dieron tiempo ni constancia a su risotada, éste es el momento de empezar: no hay risa con mayor tristeza en el mundo.

Marina Eleonora Rubio

En un principio, fue The Wire

Series

No recomendé todavía la ciudad de Baltimore (y no me explico por qué) aunque ver The Wire, es empezar a amarla. Pocos saben que tengo el mapa de la ciudad con los puntos más representativos de la serie, esa que se hizo clásica solo con la emisión de su primer capítulo. Pero Baltimore es solo la excusa. 

Pasemos a la serie. Ser ‘la mejor serie de la historia’ estos días no significa mucho, coexisten miles en esa categoría. Los que creen haber visto una, deberían ver The Wire. Si algo la define, es la sutileza (algo que los creadores seriales fueron perdiendo en pos de de tramas complejas, efectos especiales superlativos, giros inesperados y bla bla).

The Wire no. Es una serie sobre policías que persiguen delincuentes. El argumento más trillado de la historia. ¿Qué tiene de diferente entonces? Que los personajes parecen personas. Que la historia no va sobre los personajes sino sobre el sistema. Que el protagonista no es una persona sino una comunidad. Que las historias pasan como nos pasan a nosotros las contradicciones, los conflictos y la insatisfacción. 

David Simon, su creador, hizo lo más difícil: trabajar con matices mínimos, centrarse en historias simples, escapar de victorias y redenciones dramáticas. 

Eso sí, dedíquenle tiempo. No es una serie para apurarse. No se puede adelantar: cada escena importa (inclusive cuando algún personaje, cansado, se queda dormido, porque eso le pasa a las personas con sueño).

Marina Eleonora Rubio

Viaje a lo mejor de la memoria

Gastronomía

El olfato, garantía sin retorno al suburbio del pasado, con el negroni vive un poco perdido. La furia que le regala el campari lo distrae. La ginebra arrima poderío, y el vermouth, pide carta para dejarse ver. Cuando la piel de una naranja estalla sobre el vaso, no hay reversa: atraviesa como flecha la paz de cualquier cementerio. 

Yo lo tomaba con mi abuelo Ucraniano, de sombrero y bastón. Con él aprendí las reglas básicas: siempre en barras, a media tarde, y en vaso ancho. 

El uso del sorbete está prohibido, la charla en exceso debe evitarse. 

Abstenerse los tibios de espíritu, para ellos el infierno de la whiscola.

Ingredientes cocktail Negroni

  • Hielo
  • 30ml de Ginebra
  • 30ml de Vermouth dulce
  • 30ml de Campari
  • Soda (opcional)
  • 1 rodaja de naranja

Marina Eleonora Rubio

photo: LIZZIE MUNRO

Viaje al centro de los sentidos

Cine y Series, Películas

¿Cómo hizo la cineasta argentina, Lucrecia Martel, para hacer de una película una experiencia sensorial? Todavía me lo pregunto. ¿Por el uso de planos cortos a cámara alzada? ¿Por el planteo impecable del sonido? ¿Por la paleta de colores, la luz perfecta y difusa, el foco que va y viene? ¿Por los eternos silencios? No tengo idea. Cuando la vi, sentía respirar al personaje, olía su transpiración, me ahogaba con su calor. No tuve esa sensación ni en Disney (literalmente), dentro de esos cines 3D que tanto promocionan. Lucrecia Martel logró llevar la experiencia del cine más allá. Es verdadero realismo virtual, si algo de eso existe o se llama así.

La recomendación impone una restricción fundamental: ver la película en el cine. No va a ser fácil: ya estrenó, y, excepto en alguna retrospectiva, no se encuentra ya en salas. Pero es requisito indiscutido. 

Zama no es una película. Es un viaje al centro de los sentidos. Por eso no describo sinopsis ni personajes. Viajen, descubran, disfruten este regalo del cielo salteño. Por películas como ésta, el cine no va a desaparecer nunca. 

Marina Eleonora Rubio

Usera: Chinatown en Madrid

Gastronomía

Cuando uno vive en el madrileñísimo barrio de Cuatro Caminos corre el riesgo de considerar que su zona, junto con el no menos popular Lavapiés, son lo más exótico del paisanaje castizo y limitar los días a las muchas distracciones que ofrece el centro de la capital. Solo si tienes suerte, tal vez un día, alguien con más curiosidad que tú te saque de la tan trillada zona de confort de una ciudad que, tras catorce años, crees conocer mínimamente, y te conduzca hasta el magnífico barrio de Usera, un auténtico Soho madrileño junto al río Manzanares.

Para dos paletos mesetarios, la experiencia de comer en un auténtico restaurante chino constituye toda una práctica de riesgo y no por la calidad de los materiales sino por nuestra ignorancia del protocolo alimentario. En las antípodas del fast food de rollitos de primavera y cerdo agridulce, en el restaurante Mr. DouLao (Calle Olvido 46) es el cliente el que debe hervir los ingredientes en caldo -para ello las mesas disponen de placas de calor artificial-, procedimiento en el que la camarera (que comparte su espanto con los comensales chinos y la vergüenza ajena con una familia europea bastante más mundana que nosotros) se ve en la obligación de instruirnos tras vernos engullir carne cruda.

Y después del almuerzo, paseo por el barrio. Un modelo de escaparate despierta especialmente nuestro interés. Filas de manos y agarrotados dedos de plástico nos señalan tras la vitrina de muchos negocios. Tardamos unos segundos en descifrar su utilidad, estas réplicas de aire gore funcionan como inocentes soportes de práctica para futuras esteticistas que ejercerán labores de manicura y pedicura en los numerosos centros de belleza regentados por chinos y distribuidos por toda la ciudad.

A última hora las prisas nos impiden disfrutar de las delicias que nos tientan tras el cristal de algunas dulcerías. Omisión providencial: a la salida del barrio, la sed o el hambre nos obligan a detenernos en una tasca de aspecto inofensivo y nombre poco disuasorio: la Oliva. Solo al fijar la vista en sus paredes reparamos en la particularidad del recinto, fotos del dictador Franco y su familia adornan el local regentado por un ciudadano chino entusiasta de la figura del general. A nuestro lado, un grupo de policías nacionales disfrutan alegremente de un cafecito de media tarde. Queremos pensar que ellos, como nosotros, también llegaron allí por casualidad.

Bea