Los misteriosos Bartleby

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¿Por qué deja alguien de hacer algo que se le da bien? El enigma se formula en uno de los relatos más conocidos de Herman Melville, “Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street”, y abundan las interpretaciones. Algunas se deben a Jorge Luis Borges, autor de una versión en español —“Bartleby, el escribiente”— que tal vez sea las más célebre de sus traducciones; aunque el propio Borges dejó escrito —en “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”— que “la solución del misterio siempre es inferior al misterio mismo”. Y el relato de Melville lo prueba: las interpretaciones van y vienen, pero el texto permanece.

El enigma también.

Siguiendo la pista de muchos Bartleby de la literatura, Enrique Vila Matas escribió un ensayo absolutamente recomendable; probablemente uno de los mejores “libros sobre libros” que se pueden encontrar. Partiendo de un enfoque completamente diferente, pero retomando el tema, Nick Hornby publicó hace casi diez años Juliet, Naked, una novela sobre un músico que, como tantos otros Bartleby, lleva décadas sin publicar. La reciente adaptación cinematográfica de esta historia mantiene en equilibrio varias de las temáticas presentes en el libro: el compromiso, el paso del tiempo, la paternidad/maternidad, las relaciones románticas, las crisis existenciales, las no-decisiones que nos marcan, … Ethan Hawke encarna al artista retirado, y su sola presencia hace que recordemos cosas que en el pasado nos gustaron; lo que desencadena una nostalgia muy importante para empatizar con la trama. La solución del misterio tiene un efecto parecido. Es decepcionante, hace desaparecer la magia y nos trae a un presente muy real. Lo que ocurre es que, curiosamente, ese ‘aterrizaje’ es bonito.

CV

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Viaje al centro de los sentidos

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¿Cómo hizo la cineasta argentina, Lucrecia Martel, para hacer de una película una experiencia sensorial? Todavía me lo pregunto. ¿Por el uso de planos cortos a cámara alzada? ¿Por el planteo impecable del sonido? ¿Por la paleta de colores, la luz perfecta y difusa, el foco que va y viene? ¿Por los eternos silencios? No tengo idea. Cuando la vi, sentía respirar al personaje, olía su transpiración, me ahogaba con su calor. No tuve esa sensación ni en Disney (literalmente), dentro de esos cines 3D que tanto promocionan. Lucrecia Martel logró llevar la experiencia del cine más allá. Es verdadero realismo virtual, si algo de eso existe o se llama así.

La recomendación impone una restricción fundamental: ver la película en el cine. No va a ser fácil: ya estrenó, y, excepto en alguna retrospectiva, no se encuentra ya en salas. Pero es requisito indiscutido. 

Zama no es una película. Es un viaje al centro de los sentidos. Por eso no describo sinopsis ni personajes. Viajen, descubran, disfruten este regalo del cielo salteño. Por películas como ésta, el cine no va a desaparecer nunca. 

Marina Eleonora Rubio

Cuando falta el agua

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La foto que ilustra el post, corresponde el afiche que promociona la película ‘El sabor de la sandía’, mejor traducida también como ‘Una nube errante’. A los dos minutos y medio del comienzo, sucede esta escena. La película, vale mencionar para quienes hayan asumido que se trata de una porno, obtuvo el premio de la crítica en el Festival de Berlín en 2005, y, en el mismo certamen, el Oso de Plata a la contribución artística (esto para quienes necesiten trocar la perturbación que provoca la imagen por la tranquilidad que suponen las instituciones).

Dirigida por Tsai Ming-liang, un director taiwanés del que habría que ver todas sus obras, reencuentra en esta cinta a dos personajes de películas anteriores. Los cruza para enfrentarnos al desasosiego, a la quietud de esos planos eternos que gritan lo solo que estamos, para enseñarnos a ver de una forma que muchos todavía no vieron. Erotismo en el planteo, cabalga por musicales delirantes de un planteo formal impecable, y lo mejor: no se apoya en ningún eufemismo para sopapearnos.

Atreverse al cine taiwanés (y coreano), es uno de los mejores atrevimientos posibles. No hay condescendencia con el espectador. Y eso es algo que siempre agradezco.

Marina Eleonora Rubio

Un cuento diferente

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Moll vive en la isla de Jersey, trabaja como guía en un autobús turístico, canta en el coro de la iglesia, es pelirroja, nunca se maquilla y suele vestirse de azul. Su padre está enfermo, su madre es estricta, sus hermanos la ignoran. El día que cumple veintisiete años decide escaparse de su fiesta para ir a bailar. Lleva un vestido amarillo y, horas más tarde, junto a un bosque, un cazador la salva de las garras de uno de esos lobos que abundan en las discotecas y los pubs. A partir de ese momento Moll no sabrá si se ha enamorado de un príncipe encantado o de un lobo de verdad.

Tras tantos cuentos clásicos —y tantas versiones— y tras tantas películas de suspense en las que la heroína no sabe si la quieren de veras o la quieren matar —aún no me ha quedado claro qué intenciones tenía Cary Grant con Joan Fontaine en Sospecha— es sorprendente, y muy gratificante, que una historia nos atrape como cuando éramos niños, transportándonos a un universo reconocible y captando toda nuestra atención. Quizá es porque entendemos muy bien a la protagonista y compartimos su necesidad de descubrir si ha de identificarse con Cenicienta, Caperucita, Bella o el monstruo. Si es víctima pasiva o heroína activa. Si es causa o pretexto de la trama. O cómo rellenar esos silencios —intensos y acertados— en los que se apaga la voz del narrador.

(Y aquí podría ir el enlace al tráiler, pero este es uno de esos casos en los que parece haber sido hecho por alguien que no ha visto la película, o que no quiere que otros la vayan a ver)

CV