The Kominsky Method

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La tercera entrada del diccionario de la RAE para la voz ‘recomendar’ reza “aconsejar algo a alguien para bien suyo”. Poético, con un deje arcaico.

Como en el caso de las autoridades parafrasear es seguir sus indicaciones, para el bien de quien lea esto le aconsejo que vea El método Kominsky. Es ‘otra’ serie de televisión concebida para y producida por Netflix, pero no se parece a ninguna. Ocho episodios de poco más de veinte minutos en los que se ríe y llora alternativamente, o al mismo tiempo, desde el primero. Aunque gran parte de los creadores, productores, actores y cameos son conocidos, lo hacen tan bien que eso se olvida al instante. Las metas que debieron plantearse al inicio del proyecto tampoco son evidentes. Lo que probablemente demuestra que las alcanzaron. Es posible que se propusiesen representar, con ambición y humildad, algo tan amplio y complejo como la vida. Eso que los mortales valoramos tanto, de lo que dependemos tanto, y que tanto nos cuesta comprender.  

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En un principio, fue The Wire

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No recomendé todavía la ciudad de Baltimore (y no me explico por qué) aunque ver The Wire, es empezar a amarla. Pocos saben que tengo el mapa de la ciudad con los puntos más representativos de la serie, esa que se hizo clásica solo con la emisión de su primer capítulo. Pero Baltimore es solo la excusa. 

Pasemos a la serie. Ser ‘la mejor serie de la historia’ estos días no significa mucho, coexisten miles en esa categoría. Los que creen haber visto una, deberían ver The Wire. Si algo la define, es la sutileza (algo que los creadores seriales fueron perdiendo en pos de de tramas complejas, efectos especiales superlativos, giros inesperados y bla bla).

The Wire no. Es una serie sobre policías que persiguen delincuentes. El argumento más trillado de la historia. ¿Qué tiene de diferente entonces? Que los personajes parecen personas. Que la historia no va sobre los personajes sino sobre el sistema. Que el protagonista no es una persona sino una comunidad. Que las historias pasan como nos pasan a nosotros las contradicciones, los conflictos y la insatisfacción. 

David Simon, su creador, hizo lo más difícil: trabajar con matices mínimos, centrarse en historias simples, escapar de victorias y redenciones dramáticas. 

Eso sí, dedíquenle tiempo. No es una serie para apurarse. No se puede adelantar: cada escena importa (inclusive cuando algún personaje, cansado, se queda dormido, porque eso le pasa a las personas con sueño).

Marina Eleonora Rubio

Un Londres borrascoso

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A pesar de que mis esfuerzos por recomendar Penny Dreadful no sirvieron para que nadie me hiciese caso —que si me da miedo, que si hay mucha sangre, que si la vi cenando—, y aunque todavía me choca de vez en cuando descubrir que hay cosas que a mí me hechizan y a muchos otros les repelen —pienso en Annihilation, en Melancholia—, realmente creo que es bueno compartir el entusiasmo. Por ello, y porque varios amigos la han visto y les ha gustado, aquí va una lanza por Taboo, serie de ocho episodios que Tom Hardy —ese actor que parece una bomba de relojería— produjo y protagonizó a partir de una historia escrita por su padre. Se estrenó a principios de 2017 y al parecer (léase lo siguiente con tono entusiasta) va a tener una segunda temporada.

En el año 1814 un hombre atormentado regresa a un Londres grisáceo que recuerda a un Mordor en el que la Compañía de las Indias sería la Torre Oscura y su presidente Sauron. Las visiones que le persiguen, sus tatuajes y el modo en que se mueve, habla y mira llevan a pensar que ha perdido la cordura. En realidad, él sabe lo que el espectador desconoce, y poco a poco se lo irá revelando como quien reparte por entregas las piezas de un puzle. Bailes, duelos, piratas, una África oscura y una América lejana; un amor prohibido; secretos mal ocultados; astilleros malolientes envueltos en la bruma; personajes dickensianos.

Si alguien alguna vez se ha preguntado qué hizo Heathcliff en los tres años en los que estuvo fuera de Yorkshire, Taboo ofrece una posible respuesta.

CV

Espías sesenteros

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En los años sesenta, en plena Guerra Fría, una organización internacional obliga a trabajar juntos a un espía ruso y uno norteamericano. Este es el sencillo punto de partida de The Man from U.N.C.L.E., remake de una serie de la época y una de mis películas favoritas. En su día (2015) fue un fracaso en taquilla y gustó poco a los especialistas. A quienes compartan la opinión de la crítica —que vino a decir, grosso modo, que la historia es insustancial e inverosímil— les diría que, precisamente por ser la trama simple y fantasiosa, el ritmo, los diálogos y el estilo tienen todo el protagonismo. Da igual que la hayas visto una o cien veces, que puedas adivinar lo que va a pasar o saber de memoria las letras de las músicas: en cada visionado The Man from U.N.C.L.E. transporta a una deliciosa idealización de la Italia de los sesenta por la que pasean, derrochando estilo y sentido del humor, espías a los que casi todo les sale bien, y acompañarlos es siempre placentero.

Algunas películas van haciendo carrera a medida que pasa el tiempo, y últimamente los actores están dejando caer que puede que esto se convierta en una franquicia. Mientras los grandes estudios deciden si compensa gastar un dineral en una secuela, y a la espera de que Netflix tenga a bien volver a ponerla en la parrilla, la misma plataforma ha producido Au Service de la France. Es Francia en vez de Italia, los espías son más torpes y al principio cuesta —a mí al menos— pillar el sentido del humor galo; pero también recrea ese mundo analógico en el que había menos cosas y menos gente, y lo que había era bonito.

CV

Los multimillonarios, la tecnología y una serie

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En este post voy a hacer una triple recomendación, por el precio de una.

Douglass Rushkoff es un profesor y escritor, colaborador habitual del Times y del New York Times, además de psiconauta y activista del cyberpunk. Lo traigo a colación porque la semana pasada leí un artículo suyo -a la sazón mi primera recomendación- donde habla de un tema que siempre tengo en mi cabeza: ¿Cómo piensan los ricos y multimillonarios? ¿tienen alguna clase de preocupación por esas cuestiones que nos preocupan a muchos de los simples mortales, como la desigualdad y la pobreza, el cambio climático y el deterioro ambiental, o los millones de personas que viven hacinados en campos de refugiados, por citar sólo algunas?

En el artículo citado (aquí el enlace) Rushkoff es invitado por un grupo de banqueros de inversión a hablar de escenarios futuros, especialmente ligados a la teconología. En ese encuentro el autor se da cuenta que esos multimillonarios son conscientes de los problemas por venir pero su solución dista mucho de la que podríamos pensar algunos de nosotros. En un parte dice que “eran conscientes de que necesitarían vigilantes armados para proteger sus instalaciones de las masas encolerizadas. ¿Pero, con qué iban a pagarles cuando el dinero ya no valiera nada? ¿Y qué impediría a su guardia armada elegir a su propio líder? Estos multimillonarios barajaban recurrir a cerraduras de combinación especiales para proteger el abastecimiento de alimentos, que sólo ellos controlarían. O poner a sus vigilantes algún tipo de collar disciplinario a cambio de su propia supervivencia. E incluso, crear robots capaces de servir como guardias o trabajadores, si es que daba tiempo a desarrollar la tecnología necesaria”. En síntesis, que si dejamos el futuro en sus manos la cosa no da para ser muy optimistas.

En el mismo artículo -y aquí la segunda recomendación- Rushkoff hace referencia a las series y películas que tratan estos temas distópicos, y en especial menciona una: Westworld. En esta -con algunos puntos en común con Blade Runner y que ya ha acabado su segunda temporada- los humanos construyen unos robots a su imagen y semejanza para satisfacer sus deseos más extraños -y oscuros- en una especie de campo de realidad virtual. La serie está impecablemente realizada y, en su desarrollo, las reflexiones filosóficas son permanentes, ya que como todas las buenas narraciones de ciencia ficción -desde la novela hasta el cine- se trata justamente de eso: imaginar un futuro para pensar el presente. Más abajo el trailer.

El futuro llegó hace rato, decían ya en 1988 Los Redonditos de Ricota, una de las bandas de rock más populares de Argentina. Una banda sonora perfecta como tercera recomendación para leer este post.

JB Chorch